Antonio Saura – La obra gráfica 1959-1998

 

[Cultura – Pintura] 

 

 

Dar cuenta de una obra múltiple supone deslindar géneros y categorías. La obra de Saura se divide formalmente entre obra escrita, obra pintada o dibujada y obra impresa.

Cuando, muy temprano, Saura decide ser pintor, empieza por escribirlo. Pero sobre todo, dibuja, y no habría de interrumpirse jamás. Ya no dejará de escribir, de dibujar, de grabar y de pintar.

Escritor, Saura lo fue a carta cabal, sin lugar a dudas. Seguramente no a pesar suyo, pero tampoco con la pretensión de serlo. Escritor por necesidad interior, no cabe duda.

Para alcanzar la fama como escritor, Saura hubiese podido no dibujar ni pintar nunca. Su obra escrita consta de una parte teórica, de una parte critica, pero es también y ante todo un verdadero lugar de creación literaria, ora autónomo, ora inseparable de las demás ocupaciones y preocupaciones del hombre y del artista.

Para Saura, el acto de escribir, el de dibujar, de grabar o de pintar nunca se confunden. En apariencia, cada uno se despliega en su propio espacio. En realidad, todo está en todo.

Escribe, dibuja, graba y pinta con lentitud. Si el gesto es vivo y espontáneo, la reflexión que antecede es larga. A veces, el resultado anhelado requiere una ejecución rápida, pero este no es sino el último tiempo, que se juega en el filo de una espada, con el riesgo de echarlo todo a perder.

Saura se toma su tiempo -el tiempo necesario para la lenta maduración, el tiempo que impone la inmersión en aguas profundas-. Lentitud necesaria tanto para lograr el resultado idealmente buscado como para resolver las imposiciones creadas por el mismo artista a lo largo del camino, en todos los terrenos: material, técnico, formal, temático.

Muchas veces, llega a interrumpirse. No porque dude, sino porque quiere agotar las posibilidades, el potencial del objeto en que se empeña.

Antonio-Saura2Ante todo, Saura dibuja, permanentemente, frenéticamente. Sin embargo, su pintura no es la culminación de un trabajo previo sobre papel. Al contrario, ella le impone su respiro al dibujo, de la misma manera que, periódicamente, exige que se suspendan todas las demás actividades creadoras.

Las estampas cumplen la misma función que la pintura.

Para Saura, la relación con el papel es tan importante como el contacto con el lienzo. El papel es una verdadera pasión, nunca saciada. Todos los papeles. Su curiosidad le lleva a conocerlos todos por su nombre y a reconocerlos por el tacto.

Sus croquis y el menor dibujo tienen esto de sorprendente: están perfectamente acabados. Saura les pone titulo, acotaciones, apostillas, los ordena y los registra meticulosamente, en un orden sistemático, el del repertorio de las figuras y de los temas creados por él.

No son nunca «dibujos preparatorios», sino puntos de referencia para la memoria, una materia imaginaria, un material de trabajo. De hecho, en casi todas las estampas así como en los cuadros, se halla un vocabulario formal y asociaciones temáticas que llevan su propia vida en la obra sobre papel.

Saura no hace nada a medias ni, sobre todo, al azar. Crear una estampa es ocasión para someterse a la prueba de una nueva y total entrega. También es la necesidad de someterse a las exigencias de un trabajo de equipo y a las imposiciones de un entorno nuevo. Sin decir palabra, Saura dispone el material necesario…, y pone en movimiento a la cuadrilla de la que, muy pronto, obtiene exactamente lo que requiere. Su timidez le estorba, al mismo tiempo que seduce. Habitualmente grave, resueltamente sombrío, naturalmente tierno, la mirada viva, a veces picara, la boca risueña.

Su autoridad no solo precede de su naturaleza, o de su maravillosa inventiva; también le viene de su dominio poco común de todas las técnicas de la estampa. Se había impuesto la obligación de aprenderlas una por una, de tener de ellas el conocimiento más docto, instruyéndose en su historia, en la de sus maestros, con sus técnicas y sus realizaciones. Curioso del uso de cada instrumento, de la química de las tintas, de la física de los materiales, de las técnicas de la imprenta, de las reacciones del papel, prueba e inventa a la vez. De los maestros impresores, como a cambio de su creatividad y del interés que demuestra, recibe recetas, procedimientos; en una palabra, oficio.

Incansable. De pie, sin tregua, durante horas, siempre inclinado hacia adelante, la cadera afianzada en la mesa del taller. La mano izquierda sirve de apoyo o sostiene un bol de tinta; la derecha, un pincel o una aguja de grabar. Durante días, a veces semanas, por ejemplo cuando se realizaron las «Tres visiones de Quevedo».

La litografía es la primera técnica de estampa que Saura aborda (1958). Mas tarde (1977), el dibujo en la piedra litográfica dejara paso al trabajo sobre cine y a los procedimientos afines. 

Con la serie de las Pintiquiniestras, Saura da toda la medida de su talento. Lleva hasta la perfección los temas y motivos que de ahora en adelante volverán a aparecer en toda su obra, a la vez que resuelve en un santiamén las dificultades particulares que su arte plantea a la litografía. Por ejemplo, obtener la imagen deseada ya en el primer pase, renunciando a la facilidad que supondría proceder a otros pases, o también buscar cierta calidad de negro, cuando, a sus ojos, el negro nunca es lo suficientemente negro.

Con la serie Historia de España, el negro cede el paso al derroche de colores «puros y estridentes». Él escribiría: «Esta serie constituyo una saludable desintoxicación, una ‘ascesis’ de color dentro del delirio del blanco y del negro». Trátese del negro o del color, del delirio o de la ascesis, lo que él busca siempre es el estado extremo, el único propicio.

Antonio-Saura1Entre 1960 y 1961, realiza varios linograbados, de los cuales sólo tres llegarán a tener tirada. Entonces graba el único autorretrato que apunta a una semejanza. En estos linograbados, se advierte la admiración que profesaba por Max Beckmann y los grabadores del Blaue Reiter.

En 1960, realiza su primera serigrafía. Esta técnica conoce entonces importantes desarrollos, y, por ello, tan sólo en 1963 lleva a cabo una primera e importante serie  titulada Diversaurio.

El artista queda inmediatamente fascinado por las múltiples posibilidades que ofrece la serigrafía. En efecto, un dibujo o una pintura sobre papel pueden ser perfectamente reproducidos, y también pueden ser transformados en el transcurso del proceso, así como puede surgir una obra nueva. Saura explorará todos los procedimientos. Cuando empieza a dedicarse a la serigrafía, irrumpe y trastorna las técnicas. Realiza superposiciones de materias y collages hasta entonces inéditos, como lo hace notar Rainer Michael Mason, quien subraya que «la serigrafía, medio tradicional de la multiplicación plana, accede con Saura al estatuto del espesor».

La visión retrospectiva que permite la catalogación hoy definitiva de la obra impresa impone otra constatación: con Saura, la serigrafía accede plenamente al estatuto de oficio artístico. En efecto, Saura interviene en todas las etapas del proceso de elaboración de la serigrafía.

Si le otorga a la serigrafía una proporción tan importante de su obra impresa, es porque mejor que las otras técnicas de la estampa, esta permite acumular y usar conjuntamente materiales nuevos y variados, y entre otras cosas, permite la recuperación de imágenes rasgadas y la recomposición de fragmentos de imágenes.

En 1963, aborda el grabado. El primero de sus aguafuertes es un homenaje a Dubuffet, la segunda prefigura la magnifica serie que iba a dedicar a la ilustración de Los sueños de Quevedo. Esta serie es en si una obra maestra, a la vez que da testimonio de su perfecto dominio del oficio de grabador. En fin, Saura dedica a la ilustración una parte esencial de su obra pintada sobre papel y de su obra impresa. Logra ceñirse al texto sin dejar de usar exclusivamente imágenes de su propio repertorio. Lo cual significa que reconoce y revela en cada obra que decide ilustrar la materia de su universo personal.

De esta manera, Saura ha logrado multiplicar las posibilidades de representar sus temas y sus motivos, sin menoscabar la excepcional coherencia que, simultáneamente, demostraba la obra pintada.

 

 

Olivier Weber-Caflisch

Traducido del francés por Edmond Raillard

Fuente:
Sala Municipal de Exposiciones del Teatro Calderón, Valladolid (España)
Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid

Biografía

 

Página de origen de la imagen principal:
fundacionantoniosaura.es 

Ilustraciones cedidas por la Sala de Exposiciones del Teatro Calderón

Autor: Antonio Saura  

1 – 20-04-2006  
              Del 19 de abril al 28 de mayo