Visita al Museo del Ferrocarril – Vilanova i la Geltrú, Barcelona

 

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Visita al Museo del Ferrocarril
‘A todo tren’

Vilanova i la Geltrú, Barcelona


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Fotografías: ©2016 Marisa Ferrer P.

Para muchos, la palabra tren es sinónimo de viaje. Pero viaje en mayúsculas, no un simple desplazamiento de un lugar a otro, un inicio y un final al que llegar con un objetivo concreto, sino un trayecto hacia lo desconocido, una experiencia en sí misma, una oportunidad de conocer y conocerse. Si bien es cierto que ese sentimiento tenía mucho más sentido hace decenas de años, aún lo sigue teniendo para quien no cierra su mente y observa con ella cuanto desfila ante sus ojos a través de la ventanilla, y contempla escenas cuya rapidez en desaparecer de la vista apenas dejan entrever imágenes fugaces, permitiendo fijar en la retina tan solo aquéllas inmovilizadas por la lejanía.

Y es con esta disposición que debe uno desplazarse en tren hasta Vilanova i la Geltrú, esta dinámica población costera que ha sabido conservar parte de la historia del ferrocarril en su museo, donde gran cantidad de locomotoras de tracción a vapor reposan como mudos testigos de la gran revolución que representó para la humanidad descubrir esa nueva forma de generar energía. La aparición de la máquina de vapor superó con creces cualquier invento anterior para transportes pesados a grandes distancias, desplazando con rapidez los antiguos sistemas impulsados a fuerza de músculos humanos o animales.

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Fotografías: ©2016 Marisa Ferrer P.

El recinto sede de la instalación fue el primer depósito de locomotoras de la población hace un siglo, por lo que cuenta con un puente giratorio y una rotonda, bajo la cual se concentran curiosos vagones, que traen a la memoria del visitante veterano recuerdos de infancia, y para los más jóvenes suponen un testimonio directo de aquellas máquinas vistas, quizá, en fotografías o películas antiguas, y que en su escala más reducida fueron para sus mayores un entretenimiento codiciado para sus tardes infantiles, inasequible para muchos bolsillos y relegado hoy por otros ingenios lúdicos impensables tan solo hace unas décadas.

Vetustos vagones de madera comparten espacio con el tren real usado por Alfonso XIII, y un vagón de funicular sorprende por su insólita posición descansado sobre un suelo horizontal, harto inadecuado para su función escaladora, y que lo hace aparecer como un intento fallido de vagón convencional. No muy lejos, un vehículo que de lejos parece una furgoneta, es un ejemplo de vagón con el que los mecánicos acuden a solventar incidencias técnicas.

Ruedas metálicas descomunales, se ven perdidas sin un tren al que soportar, y más allá otras más pequeñas colocadas sobre raíles parecen indecisas sobre la dirección a tomar, a pocos metros de un cambio de agujas solitario y sin vías que controlar, más parecido en su abandono a una herramienta agrícola que a una de las más cruciales en la actividad ferroviaria.

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Fotografías: ©2016 Marisa Ferrer P.

Palabras como raíl o balasto siguen siendo utilizadas a diario, pero otras, como ténder o caldera, reaparecen solo cuando aficionados y profesionales ociosos recuperan aquella actividad para disfrute propio, de los amantes del tren, recorridos turísticos o conmemoraciones varias.

La mayoría de las locomotoras que se alinean a un lado de la explanada son de vapor, cíclopes metálicos observando con su único ojo vidrioso el panorama que los envuelve, ajenos a la poca actividad que se desarrolla a su alrededor, tan distinta de la que los rodeaba en su época gloriosa, cuando entre el vapor expelido por sus costados abalanzándose sobre los apresurados viajeros, atravesaban los tímpanos con su agudo silbato anunciando su inmediata partida.

Esas moles, jadeantes en reposo, semejantes a un monstruo renqueante al comenzar a moverse las ruedas obedientes a las bielas, adquirían su verdadero carácter cuando la fuerza del vapor las inundaba convirtiéndolas en verdaderas bestias, rugientes mastodontes brillantes que hendían el aire con su oronda panza, sembrando el pánico entre quienes las contemplaron por primera vez.

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Fotografías: ©2016 Marisa Ferrer P.

Impávidas bajo el brillante sol o la intempestiva lluvia, como un compacto pelotón listo para pasar revista, parecen contemplar con displicencia a sus compañeras más modernas, quizá no mucho más pequeñas, pero más coloridas, con sus chatos morros las diésel y su gráciles pantógrafos las eléctricas o su afilada silueta articulada.

Detalles inadvertidos en una contemplación general, adquieren un relieve insólito al observarlos por separado, como el parecido con aquellas llaves indispensables para dar cuerda a ciertos juguetes, producto quizá de un recuerdo inconsciente o un deseo de homenaje,  

Al salir del lugar una vez finalizada la visita, ya a bordo del tren de vuelta, es inevitable recordar a Zola [… cruzóse con otra máquina… cual solitaria viajera, con sus cobres y sus aceros relucientes, fresca y gallarda, para emprender el viaje…] […no existía más que el trueno de la máquina, abriendo sus purgadores y arrojando chorros de vapor blanquecino…] […era una de esas máquinas exprés, de una elegancia fina y gigante, con sus grandes ruedas ligeras reunidas por brazos de acero, su ancho pecho, sus riñones alargados y poderosos…].

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Fotografías: ©2016 Marisa Ferrer P. 

Los trenes modernos alcanzan velocidades de vértigo, pero su eficacia no tiene el encanto de aquellos otros cuyos vagones seguían con docilidad la estela del vapor de las locomotoras, persistentes en su resoplar y constantes en su quejido metálico anunciando a los cuatro vientos la inmediatez de su paso. Los nostálgicos, decrecientes en número cuantos más años los alejan de aquella época, rememoran escenas vividas o recreadas por la magia del cine, puede que añorando no tanto las sensaciones como la edad que tenían cuando las sintieron.

Pero algo debían de tener aquellos negros monstruos metálicos, cuando no son tan aislados los intentos por recuperar algunos trayectos impregnados de romanticismo, a los que concurren turistas ávidos de remembranzas que, aunque podrían calificarse de artificiosas y forzadas, proporcionan a quienes huyen del tráfico rodado y aéreo unas jornadas apacibles y con sabor a calma.

 

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Marisa Ferrer P.
Vilanova i la Geltrú, Barcelona,  agosto 2016