Diarios de viaje – Dublín o ‘Baile Atha Cliath’ – Lo mejor de la ciudad...

 

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Llegar a Dublín un sábado de finales de agosto, procedentes de la cálida Barcelona, representó un avance del otoño. El primer contacto con un irlandés fue con el conductor pelirrojo y de ojos verdes que vino a esperarnos al aeropuerto y al que no pude evitar hablar del tiempo, de la fina llovizna que nos recibía. Una media sonrisa y un “aquí es lo normal”, no hizo más que confirmar lo que todo el mundo sabe: si esa isla es tan verde, es porque llueve.

Y sí, llueve a cualquier hora y en cualquier intensidad; no importa si amanece el día con un sol deslumbrante, ni si lo hace con negros nubarrones porque, al acabar la jornada, puede haberse revertido la situación más de una vez y volver al hotel acuciados por la tormenta. A nadie extraña pues que los naturales del lugar y los visitantes previsores, no dejen de llevar nunca consigo al menos una prenda impermeable.

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Fotografías: ©2016 Marisa Ferrer P.

La decoración del vestíbulo de nuestra residencia temporal hace honor al uso de ladrillos rojos, muy usuales en la construcción de edificios. Lleva el mismo nombre que el mencionado por Joyce en Ulyses: North Star; la duda: ¿será el mismo? No es fácil. O si…

Nos atiende con suma amabilidad un joven recepcionista, que nos indica cómo llegar a nuestras habitaciones a través de un laberinto de pasillos, probable consecuencia de la adición de edificios contiguos y desiguales para ampliar la capacidad de sus instalaciones. Aunque por lo visto, la sala de fitness, contigua al restaurante donde sirven el desayuno, no debe gozar de gran acogida porque no hemos visto a nadie utilizarla en todos los días de nuestra estancia.

Provistos de paraguas, a pesar de que ha cesado de llover, tomamos contacto con la ciudad deambulando por las cercanías del hotel, situado en la orilla norte del Liffey, cerca de la vía del tren y del río. Vuelve a llover y arrecia un viento húmedo que nos desmonta los paraguas, pero eso no nos impide acercarnos a contemplar la estatua de Joyce, resplandeciente su oscuro bronce bajo las brillantes gotas de lluvia, que parece levantar la mirada hasta llegar a la cima del estilizado monumento a la luz, un estilete plateado de doce metros de altura, en cuya afilada cima centellea una luz roja.

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Fotografías: ©2016 Marisa Ferrer P.

Con la excusa de la lluvia, decidimos entrar a degustar nuestra primera pinta de la famosa Guiness en un pub, cuyo ambiente y servicio nos animará en días posteriores a repetir, antes de disponernos a buscar un restaurante para cenar, en el primer día de nuestro periplo por la ciudad inmortalizada en la literatura por James Joyce.

En los siguientes días nos dedicamos a recorrer esta ciudad asequible, donde todo cuanto tiene interés para el visitante se halla ubicado en el centro, en las dos orillas del río que atraviesa la urbe. Su nombre en gaélico, Dubh Linn, significa «laguna negra», probablemente el estanque donde nacía el afluente del Liffey, el Poddle. Me llama la atención el nombre que figura en las matrículas de los coches y por lo que he podido averiguar es su nombre en gaélico, Baile Atha Cliath, «ciudad del vado vallado». El gaélico o irlandés es el idioma oficial junto con el inglés y en los indicadores urbanos aparece en primer lugar, aun cuando no goza de su habla generalizada.

Cerca del hotel están los Docklands, antiguo barrio portuario donde se alza hoy en día un futurista edificio de cristal y cemento, el Centro de Convenciones, en la ribera norte del río, junto al puente diseñado por Santiago Calatrava y que lleva el nombre del famoso dramaturgo irlandés Samuel Beckett, alumno del Trinity, amigo de Joyce y autor de la famosa obra teatral “Esperando a Godot”.

Desde allí y en dirección a la Custom House, el edificio de la aduana, encontramos el Famine Memorial, un grupo de esculturas que reflejan con descarnado realismo la desesperación de las gentes que vivieron la gran hambruna que entre 1845 y 1849 diezmó la población, causando la muerte de un millón de personas y la emigración de otro tanto. Entonces un tercio de la población dependía del cultivo de la patata, y una sucesión de desastrosas cosechas fue la puntilla que desencadenó la tragedia. Una escultura que demanda unos minutos de reflexión sobre lo que debió ser para ellos pasar por un trance semejante.

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Fotografías: ©2016 Marisa Ferrer P.

Cruzamos el río por el Ha’Penny Bridge, el puente del Medio Penique, único peatonal en la época de su construcción, que debe su nombre al peaje exigido para cruzarlo. En la otra orilla pasamos por debajo del Merchant’s Arch, que nos introduce en el barrio de Temple. Imposible no detenerse a tomar una pinta en el Temple bar, mientras advertimos la presencia de otro Joyce de bronce, atento a la llegada de posibles contertulios, y a una gran efigie de Oscar Wilde encaramado en una de las mesas, en un gesto de arenga a unos parroquianos impasibles, sentados a sus pies y dedicados a saborear su cerveza o a leer el periódico, amenizados por la música irlandesa interpretada por los músicos acomodados en una pequeña plataforma rinconera.

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Fotografías: ©2016 Marisa Ferrer P.

No parece que seamos nosotros los únicos turistas a los que les cuesta recordar que allí se circula por la izquierda, porque en los cruces de las calles principales se pueden leer en el asfalto las frases «look right» y «look left», claro indicio de los sustos que se llevan quienes están acostumbrados a circular por su derecha. Las obras para unir los dos tramos ya construidos del tranvía producen un caos circulatorio que dificulta transitar por el centro, convirtiendo los alrededores del Trinity College en un batiburrillo de gentes, vehículos, vallas y perforadoras. Ello no repercute, sin embargo, en la sinfonía esperada de cláxones puesto que, según nos han contado, se tiene como una falta de consideración hacerlos sonar sin mesura.

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Fotografías: ©2016 Marisa Ferrer P.

El Trinity, de visita obligada, la famosa y antigua universidad fundada por Isabel I y que ya va casi por su quinto siglo, no decepciona. Las grises piedras de sus edificios oscurecidas por la lluvia nos dan la bienvenida, circundando los jardines siempre verdes y la estatua de George Salmon, quien rigió los destinos de la institución a finales del siglo XIX y que parece cavilar sobre la manera de seguir impidiendo el acceso a las mujeres, que dicho sea de paso no lo consiguieron hasta principios del siglo XX. Se suceden las distintas dependencias: la capilla, el Graduates Memorial Building, el Rubrics Building, la Reading Room, el Exam Hall, … un conjunto de instalaciones que conforman el gran campus, rematado por la Biblioteca, la Library, que alberga unos tres millones de libros y unos dos mil manuscritos. Para los curiosos, sin duda lo más interesante, a pesar de estar vedada su consulta, es el famoso Libro de Kells, texto en latín de los Cuatro Evangelios, manuscrito copiado e iluminado por monjes hacia el año 800. Descansa en el interior de una urna protectora, y cada día varía la doble página expuesta a la curiosidad del público.

Excelente ampliaciones proyectadas en las paredes permiten apreciar la minuciosidad de sus coloridas miniaturas y la excelencia del trabajo caligráfico.

Abandonamos el campus y paseamos por los alrededores, donde abundan los edificios neoclásicos, como el Bank of Ireland, antigua sede del Parlamento irlandés hasta su abolición en 1800, o el City Hall. El Castillo, de alto valor histórico para la ciudad, construido en tiempos de Juan Sin Tierra como parte del sistema defensivo de la capital, está prácticamente reconstruido en su totalidad después de haber sufrido un gran incendio en el siglo XVII.

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Fotografías: ©2016 Marisa Ferrer P.

La Christ Church, la catedral anglicana de la diócesis de Dublín y Glendalough, remonta sus orígenes a principios del siglo XII, cuando el caballero normando conocido como Strongbow la hizo levantar sobre un templo de madera construido una centuria antes por un rey danés, Sitric. Richard de Clare, auténtico nombre de dicho caballero, es a su vez protagonista de otra leyenda, cómo no, que le atribuye la ejecución de su propio hijo en castigo por la cobardía mostrada ante el enemigo. La reforma del siglo XIX supo mantener su apariencia original, una mezcla de románico y gótico con predominio de este último. La oscura cripta alberga potentes pilares distribuidos por toda su superficie, soportando la estructura; un amplio espacio dedicado a exposiciones y por lo que parece a reuniones de algún tipo a juzgar por el grupo de personas que parecen estar de celebración. Junto a las tumbas de notables, atraen la curiosidad de los visitantes las momias de un gato y una rata, encontradas según se dice entre los tubos del órgano donde se dice quedaron aprisionados el cazador y la presa.

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Fotografía: ©2016 Marisa Ferrer P.

No muy lejos se halla la catedral de San Patrick, también de construcción normanda, en el lugar donde en el siglo V estaba la erigida por el santo evangelizador de la isla. Según la leyenda, el santo utilizó un trébol como ejemplo para explicar el misterio de la Santísima Trinidad, lo que dio origen a que se convirtiera en símbolo nacional. El templo, de considerables dimensiones, es también una mezcla de estilos y fue restaurado tras un gran incendio sufrido en el siglo XIV. Uno de sus deanes fue Jonathan Swift, del que se conservan la silla y la mesa que utilizaba, además del púlpito y la tumba.

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Fotografías: ©2016 Marisa Ferrer P.

Nos dedicamos a recorrer las animadas calles del centro, cuyos comercios y pubs rebosan de actividad. Por la calle O’Connell, la amplia avenida cuyo nombre se debe al primer católico que ostentó el título de Lord Mayor de la capital, circulan sin cesar vehículos y transeúntes apresurados hacia sus tareas junto a turistas afanados por no perder el bus que los ha de llevar de excursión. La calle Grafton, más bulliciosa si cabe por ser peatonal, acoge los comercios más elegantes y las actuaciones de artistas ambulantes, además del popular Bewley’s Oriental Café, cuyas bellas vidrieras modernistas llaman la atención del forastero.

Desplazada a una esquina cercana se encuentra la archiconocida estatua de Molly Malone, una vendedora de pescado de la que se cuenta murió de fiebres en plena calle, por donde voceaba cada día su mercancía de berberechos y mejillones, y sobre la que a finales del siglo XIX se compuso una melancólica tonada considerada como el himno no oficial de la ciudad. Según la canción, el fantasma de la muchacha sigue su actividad inacabable.  

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Fotografías: ©2016 Marisa Ferrer P.

Esta ciudad, donde museos y teatros comparten espacio con grandes parques, restaurantes y pubs, ha sido la cuna de grandes nombres de la cultura: literatos ilustres aparte de los ya citados, como William Butler Yeats, Oscar Wilde, George Bernard Shaw o Bram Stoker y actores de prestigio, como Colin Farrell o Gabriel Byrne, entre otros muchos.

Entre leyendas, pintas y fisch & chips, han transcurrido unos días de agradable estancia en esta ciudad, poseedora de una personalidad propia y cuyos habitantes hacen gala de un dominio de la hospitalidad apreciado por aquellos que la buscan bien por trabajo o bien por placer.

 

Marisa Ferrer P.

 

 

 

 

 

2 – 12-09-2017
1 – 07-10-2016