Un pequeño cuento – El maltrato de Amparo

 

[Relatos

 

Por Cristina Fallarás  

 

He estado buscando este pequeño cuento, parte de un libro mayor que ya veremos. Lo escribí hace tiempo, pero últimamente ha conseguido una pertinencia especial.

Insisto en que es un CUENTO. Aunque ahora parece real. 
Amparo

Ayer vi en la tele un espectáculo maravilloso. La presentadora de la tarde, esa rubia que parece de cera con la boca de buzón, presentó ante las cámaras y el público a una señora gorda y vieja a la que llamaba doña Amparo, ¡Amparo, qué ironía!, y que comparecía con los ojos llorosos y todo el aspecto de no saber dónde estaba. La pobre doña Amparo, vestida seguramente con sus mejores galas, un horrible traje de chaqueta azul pastel que se le abría a la altura de la tripa, miraba a derecha y a izquierda, delataba sin darse cuenta a todos los personajes que, fuera de plano, esperaban lo que iba a suceder. Los miraba intentando agarrarse a ellos, aferrarse a algo. Pero allí la habían dejado, sola solísima, mientras la rubia de la tarde narraba sonriente su triste historia. Cuarenta años de matrimonio en los que, desde la primera paliza, la de la noche de bodas, no había dejado de recibir golpes ni un día, ni uno solo. La rubia, que parecía haber estado presente en cada una de ellas, las explicaba con todo lujo de detalle: cómo él le metía las manos en el agua hirviendo del puchero antes de obligarla a seguir cocinando con los dedos deshechos; cómo cuando empezó a engordar, solía pincharle con un punzón de carpintero en la tripa, los muslos o el culo para ver si así se deshinchaba, dejándole verdaderos boquetes que tardaban meses en cicatrizar; las vejaciones anales a las que la sometía cuando, tras follarla, no se quedaba satisfecho, según la rubia porque no se parecía a las películas pornográficas que él solía ver; etcétera etcétera.

Y la tal doña Amparo, allí, intentando asirse con la mirada a algún alma caritativa de los alrededores sin saber que se encontraba en el limbo de la crueldad sin alma. Tras el detallado inventario de vejaciones, no todas ellas físicas, quedó la desamparada Amparo en una esquina de la pantalla luchando por que el botón central de su chaqueta no saliera disparado contra alguna cámara y dieron la bienvenida, tachán tachán, sorpresa… ¡a su marido! Y lo que podía parecer en un primer momento un juicio popular al hijoputa aquel que ni dientes tenía, se convirtió en lo contrario. El tipo, de quien no recuerdo que dijeran el nombre, se permitió soltar un par de bromas groseras sobre su mujer –que le costaba alimentarla más que mantener a una piara, que si le metía el puño en la boca era para que sus ronquidos no despertaran a los vecinos y así–, que consiguieron que el público se mondara de la risa. Mientras, la desamparada seguía en su esquina, sin participar ni saber qué hacer con tantas manos y tanto vientre y la rubia buzón iba diciendo “ay, ay, ay, cómo es este hombre…”, y el éxito del programa la mantenía flotando en el aire. Era evidente que los de producción habían hecho un buen trabajo, no siempre se encuentran participantes que cuadren a la perfección con lo deseado. La única pena es que no podías olvidarte de doña Amparo, porque la mantenían allí flotando en una esquina de la pantalla, ahora mirando al suelo. Pero lo mejor, lo maravilloso, el éxito rotundo de la emisión fue cuando, por fin, la trajeron a un primer plano y la boca buzón enfrentó a marido y mujer, que en vez de mirarse, miraban al frente, a un público que la cámara no mostraba, y les dijo aquello de “bueno, pues yo creo que aquí alguien tendría que pedir perdón, ¿noooooo?” Y entonces doña Amparo levantó los ojos, llorosos de pura costumbre y dijo, mirando al cernícalo de su hombre un “lo siento” tembloroso que le salía del corazón.

 


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1 – 09-01-2008