Un cuento estival

 

Por Cristina Fallarás

 

Frío

Es el primer frío del verano. Cuando la piel está ardiente de sol de junio pero en el cuerpo todavía es invierno sin que lo sepas. La piscina parece sin estrenar. El verano y la piel no lo es que lo parezca, están sin estrenar. A los 11 años, acometer a la vez bikini, verano y piscina duele en el pudor más íntimo y te quedas helada.

Cuando la niña decide al fin desenroscarse la toalla y tumbarse en la hierba, lo hace tan deprisa y tan avergonzadamente, que al lanzarse bocabajo sobre el guiñapo de tela en que ha quedado convertida la prenda, se raspa un codo contra la tierra y se golpea la barbilla. Sin embargo esconde la cara debajo del brazo y no se mueve, no se mira, no quiere respirar. Siente el corazón que le palpita en los oídos, contra el cráneo, en el vientre. Piensa que, un poco más allá, los mayores la han visto, que la siguen mirando, y que se dan cuenta de todos los cambios, se dan cuenta de lo de su cuerpo.

El bikini ha sido idea de su tía, tan moderna, una idea nefasta.

Hasta los siete, ella usó una simple braguita, como tiene que ser, decía su madre, sin parte de arriba, no como esas niñas horribles que quieren hacer de mayores antes de tiempo, las mismas que a veces aparecían con las uñas pintadas como si fuera un juego y se reían mucho y ganaban en las cuerdas y las gomas. Hasta los siete, braguita sin discusión, pero a los ocho algo que no se le había hecho evidente debió de cambiar, porque sus padres decidieron, sin discusión también, que nada de braguita aquel año, bañador de pieza entera. Y empezaron los veranos más extraños de su vida. Los de los ocho, nueve y diez.

Veranos de estupefacción, sin explicaciones, veranos pasmados como un primer día de colegio. Como el olor a goma de borrar.

Siempre los demás, los padres, los tíos, los amigos, los mayores en general, notando los cambios que ella no percibía en aquellos años de deformidad, años de cuerpo amorfo, ligero abultamiento en las tetillas, apenas perceptible. Desde luego, no por ella.

Un día que fue aquel día horrible su padre se acercó a su madre, y ambos la miraron. Con su bañador rojo y blanco de cuadritos vichy, la niña dejaba pasar la mañana junto a su hermano pequeño, sentada en la toalla, sobre el césped. Era evidente que pasaba algo. Intentó que no lo notaran, pero por el rabillo del ojo siguió toda la discusión. Una levísima discusión tensa, como todas las de sus padres, perceptible sólo por ella, que pareció quedar en nada. Y la mañana borró la incomodidad de sentirse objeto de charla, pero no, claro, quedaba el runrún del recuerdo.

Fue a la hora de comer. Al entrar en el porche, su padre empujó suavemente hacia adentro al hermano pequeño con el brazo y a ella la retuvo con un gesto determinante sobre el hombro.

¿Por qué su padre? Qué error de decisión, qué tontería, no podía ser su padre, no debería haber sido él, qué tontería.

Y entonces, visiblemente incómodo, en un tono que no era suyo sino un tono prestado de algún recuerdo del colegio de curas, de una charla de adultos sobre niños, de manuales imbéciles, le dijo, hija, cuando vayas en bañador, sin camiseta, tienes que tener un poco de cuidado, porque ya no eres pequeña, y adelantó la mano derecha, y desde la mano, el dedo índice, y señaló la entrepierna de la niña, allí donde los muslos aún tiernos, informes, infantiles, se juntaban con el pubis, tienes que tener cuidado de que el bañador no se te meta ahí. Ahí. Ella bajó la vista, que se le empezaba a nublar, hasta el ahí, todo sucio, ensuciado ya para siempre, y reparó en que el bañador rojo y blanco nuevo de aquel año se le metía en la rajita dibujando

una hendidura no muy profunda pero evidente. El pubis lampiño y el dedo de su padre. Qué error. Algo se rompió y cayó sucio al suelo y era para siempre.

Así suceden esas cosas, la edad, con rupturas terribles y continuas.

Casi recuerda ese episodio tumbada bocabajo, empezando a sudar a mares. No lo va a recordar, porque hay vergüenzas que de puro hondas se entierran, pero a la boca le vuelve una sequedad similar que si se atreviera, recordaría. Muy despacio, para evitar que se den cuenta del movimiento, vuelve la cabeza hacia el lado del codo que le duele como si le quemara, y se levanta lo justo para ver que ha sangrado bastante y ya no sangra. Más allá y borrosas, las risas de los mayores.

Y aún más allá, la algarabía de los chicos que siguen un partido de tenis en la pista común.
Sobre la hierba sólo queda ella. Las amigas ya juegan en el agua y seguramente no han reparado en su llegada, no han visto el bikini. Ellas sí tienen un cuerpo como para llevar bikini, un cuerpo liso, duro y flaco, aún de lagartijas.

En la piscina espera el primer frío del verano. 

 

 

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