‘La mejor madre del mundo’ – Nuria Labari

 

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Librería +Bernat, Barcelona
Presentación del libro ‘La mejor madre del mundo’ de Nuria Labari
26 de septiembre de 2019

Fotografías ©2019 L. Sedó

La pintora Paula Bonet, y la editora Patricia Escalona, han acompañado a Nuria Labari en la presentación de su última obra: ‘La mejor madre del mundo’, editada por la editorial Literatura Random House. Es un relato donde convergen la ficción, la autobiografía y el ensayo. Rompe muchos mitos y convenciones sobre los que pocas mujeres se atreven a hablar. Una historia en la que la autora es implacable con la prostitución y con la gestación subrogada. No es un escrito amable sobre la maternidad y la autora es escéptica frente a ella.

 

La autora

Nuria Labari (1979), escritora y periodista, estudió Ciencias Políticas en la Universidad del País Vasco y Relaciones Internacionales en el Instituto Ortega y Gasset. Ha colaborado con los portales digitales de ‘El Mundo’ y Telecinco, medio en el que fue redactora jefe. Hizo su primera incursión literaria con el libro de relatos ‘Los borrachos de mi vida’ (Lengua de trapo, 2009), ganando el VII Premio de Narrativa de Caja Madrid. Apareció en la selección de relatos ‘Pequeñas resistencias 5: Antología del nuevo cuento español’ (Páginas de Espuma, 2010), editado por Andrés Neuman. Hace tres años, Círculo de Tiza, publicó su primera novela ‘Cosas que brillan cuando están rotas’.

Fotografías ©2019 L. Sedó

El libro

La protagonista de ‘La mejor madre del mundo’ es una mujer de treinta y cinco años que no puede tener hijos. La idea de ser madre la va obsesionando pero al cabo de cinco años y de haber tenido dos hijas, aborda su maternidad como si estuviera diseccionando un cadáver para conocer la anatomía de lo que es ser madre.

Sobre cómo llegó a escribir este libro, la autora explica: “En mi anterior libro creo que llegué a un sitio complejo. Era sobre los atentados del 11 de marzo, un tema muy político y muy doloroso para muchos, un tema del que se habían escrito muchas falsedades. Fue complicado, lo escribí dándo de mamar. Cuando lo terminé me dije: ‘cuando vuelva a escribir va a hacerlo una mujer de mi edad, que tenga los hijos que yo tenga, que viva donde yo vivo y que va a decir lo que le venga en gana’.”

“Este libro fue un reencuentro con la escritura y esto fue lo mejor para mi. Me dí cuenta de que me escapaba de mis hijas para escribirlo y a veces me sentía muy mal. Había esta pelea entre madre y escritora”, añade.

Con respecto a lo que sintió al ser madre, recuerda: “cuando tienes tu primer hijo, en el hospital además de nacer un bebé, nace una madre. Ahí es cuando te dices: ‘ya soy madre, lo tengo que hacer bien’. Además todo el mundo te lo recuerda: ‘ya eres madre’. Me di cuenta de que la madre es algo muy potente, de pronto eres consciente de lo que te pones encima que tu no sabías. En reanimación ya sabes que estarás dispuesta a vivir por esta persona y que darás tu vida por ella si es necesario. Sabes que en adelante ya nunca serás la primera”.

En el relato vemos que existe una batalla entre la escritora que fue y la madre en que se ha convertido. Si gana la madre, el libro será un diario sobre su maternidad y una parte de la escritora morirá en el intento. Si gana la escritora, la ficción le arrebatará su propia historia al elevar su maternidad a lo universal. En ese caso, será la escritora quien destruya a la madre.

 

Fragmentos del libro

Recuerdo muchas conversaciones con MiMadre mientras intentaba quedarme embarazada, todas irrelevantes. Es imposible hablar con la propia madre porque las madres son cotorras mudas: nunca se callan, aunque no tengan nada que decir. MiMadre no para de hablar, suelta las palabras a borbotones, los mismos mensajes un día tras otro, un año tras otro. Las mismas historias. Su parloteo es una música en mi nuca, como un revólver. Y, sin embargo, es también una forma de consuelo. No es el diálogo lo que busco cuando hablo con ella, tampoco sus ideas, es el arrullo. A veces solo el sonido de su voz diciendo lo que sea que tenga que decir y que ya habré oído muchas otras veces. Antes me desesperaba su parloteo incesante. Quería que hablara con una dirección, pensaba que no tenía las ideas claras, que podía hacerlo mejor. Ahora creo que es así porque es MiMadre, una madre, y eso significa que sabe que esa música es lo único que me quedará cuando ella muera. Porque no quiere dejarme sola.

El medio es el mensaje y hace mucho que las madres del mundo decidieron que estaba todo dicho. Por lo demás, nunca nadie las ha escuchado.

El problema es que desde hace cuatro años yo también soy una madre. Y lo que es peor: no he encontrado mi melodía. Por eso estamos aquí, en este libro que será mi fracaso y mi desaparición como madre y como escritora, cuando ni siquiera he llegado a consolidarme en ninguno de los dos campos.

Soy una madre amateur y ya estoy acabada: escribo a espaldas de mis hijas, como si ellas no fueran suficiente. Escribo cuando debería estar jugando con ellas o contándoles un cuento o preparando un bizcocho. Y cuando esto termine, ellas lo sabrán.

Por otro lado, tampoco soy lo que se dice una escritora. He escrito varias docenas de cuentos —me dieron un premio local por uno de ellos—, una novela que no he conseguido publicar y otra que no conseguí terminar. Me gano la vida como directora creativa en una agencia de marketing digital. Se me da bien, me pagan bien, me lo paso bien. No tengo ninguna coartada para emplear mi tiempo de crianza escribiendo sobre ninguna cosa y mucho menos un libro sobre maternidad, que será la confirmación definitiva de mi falta de ambición literaria. Porque no creo que se pueda ser artista y escribir como una madre.

Las artistas con talento son hijas, siempre hijas de sus madres por mucho que tengan descendencia. Las buenas escritoras escriben sobre la hijidad o sobre cualquier asunto donde su punto de vista pueda ser el centro del mundo. Como cuando Vivian Gornick escribió ‘Apegos feroces’, una autopsia sobre la maternidad donde, por supuesto, ella era la hija, porque Gornick es una creadora. En cambio, una madre es el satélite de otro ser más importante. Una madre es la antítesis del yo creador. «Las madres no escriben, están escritas», sentenció la psicoanalista Helene Deutsch allá por los setenta. Y hasta hoy.

 

Equipo Torrese
Barcelona, 26-09-2019

 

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