Diarios de viaje – Irlanda – Los acantilados de Moher

 

[Viajes]  

 

Cincelados por las aguas y los vientos, los acantilados de Moher se alzan desafiantes en la costa occidental de la isla esmeralda, celosos guardianes atentos a proteger las fértiles llanuras que se extienden a sus espaldas. Mucho más amenazadores si se los contempla desde el océano, en un día soleado y con el mar en calma no parecen tan grandiosos, y desde el sendero próximo al abismo, que conforma un mirador extraordinario, son dignos de ser contemplados. Sin embargo, y a pesar del brillante sol de mediodía y la calma aparente de las olas espumeantes lamiendo con suavidad la piedra, no cuesta imaginar el estremecedor espectáculo de unas aguas furiosas espoleadas hacia la roca por un temporal invernal, con negras nubes planeando en lo alto y una bruma que convierta en fantasmagóricas las abruptas formas de su perfil.

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Fotografías: ©2017 Néstor Navarrete 

Están situados en el condado de Clare y en su punto más alto se yergue la Torre de O’Brien, hecha construir en 1835 por Cornelius O’Brien, descendiente de Brian Boru, Gran Rey de Irlanda desde 1002 a 1014, año de su muerte en la batalla de Clontarf. O’Brien fue un terrateniente y abogado local, parlamentario por el condado de Clare y benefactor de los pobres especialmente durante la gran hambruna que asoló el país entre 1845 y 1852. Se le ha calificado como hombre adelantado a su tiempo, que supo ver los beneficios que la construcción de esta torre iba a representar como atractivo turístico para la economía de la región. Murió en 1857.

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Fotografía: ©2017 Néstor Navarrete

El extremo más meridional de la escarpadura es conocido con el nombre de Hag’s Head, Cabeza de Bruja, debido a una formación rocosa peculiar que puede parecer la cabeza de una mujer mirando al mar. Según la leyenda, es la bruja llamada Mal, que se enamoró del héroe irlandés Cú Chulainn, quien no correspondió a su pasión enloquecida. Huyendo del acoso, el guerrero viajó por toda Irlanda hasta llegar a ese extremo de los acantilados, donde ella creyó haberlo acorralado. Sin embargo Cú Chulainn recurrió a sus poderes mágicos y escapó saltando por las rocas usándolas como una improvisada escalera. La hechicera, pese a sus ardides, no fue capaz de seguirlo y evitar la caída por el despeñadero, destrozándose en mil pedazos al golpearse contra las rocas. Su sangre tiñó las aguas del mar.

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Fotografías: ©2017 Néstor Navarrete

Multitud de aves habitan los ocho kilómetros de quebradas paredes; frailecillos, alcas, gaviotas o araos comparten el espacio formado en el periodo Carbonífero, hace 300 millones de años, por los sedimentos fluviales arrastrados hacia el mar, endurecidos hasta formar las rocas actuales. Las capas sedimentarias, claramente visibles, son como las hojas de un libro de piedra, que ilustra a los estudiosos sobre las condiciones ambientales durante los millones de años de su lenta aunque perseverante formación, gracias a las propias rocas y a los fósiles aprisionados en su interior.

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Fotografías: ©2017 Néstor Navarrete

Esta poderosa mole, expuesta sin tregua a las fuerzas de la naturaleza implacable en sus ataques inclementes, proyecta una imagen de solidez no del todo real, ya que en ocasiones las embestidas de vientos furiosos, o la pertinaz acción del agua vencen su obstinada resistencia desgajando enormes pedazos que se precipitan al mar.

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Fotografías: ©2017 Néstor Navarrete

Paisaje espectacular, imponente, escenario de filmaciones cinematográficas y destino para millones de turistas deseosos de ver con sus ojos el resultado de la labor de los elementos durante millones y millones de años, es a la vez un lugar peligroso para quienes desoyendo las voces de la prudencia se arriesgan en su filo buscando la foto perfecta o la perspectiva insólita, olvidando que si una hechicera no pudo evitar despeñarse, más escasas son las posibilidades de un simple mortal.

 

 

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Marisa Ferrer P.

 

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2 – 12-12-2017
1 – 09-02-2017