Los complejos en niños y adolescentes – Suelen tener su origen en la infancia y...

 

[Familia – Niños y Adolescentes] 

 

En el mundo de la psicología, un tema bastante complejo es, precisamente, y valga la redundancia, el que aborda los «complejos», término que popularizó el reconocido psicoanalista Sigmund Freud.

Los complejos suelen tener su origen en la infancia, se afianzan en la adolescencia y, si no se superan, se manifiestan abiertamente en la edad adulta. Su origen reside en múltiples factores: defectos físicos, choques emocionales o deseos no satisfechos. El resultado puede ser un individuo atormentado, amargado, que se siente incómodo y rechaza los cambios naturales de la vida, que se siente inseguro e inferior frente a los demás.

Se sabe que existen dos tipos de sentimientos de inferioridad: los innatos y los adquiridos. Con los innatos nacemos y conforman nuestra personalidad. Los adquiridos se crean con el tiempo y son fomentados por el entorno social y cultural, por estar demasiado pendientes del «qué dirán».

Según los expertos, hay casos en que el acomplejado suele procurar «disfrazar» su problema adoptando actitudes defensivas que se traducen en gestos altivos,despectivos y altaneros, insolencia, falta de respeto y tiranía hacia los demás. A veces recurre a la provocación con actitudes llamativas o ropas extravagantes.

 

El papel de la familia

El complejo se traduce en pensamientos irracionales, ya que quien lo padece está convencido de transmitir una imagen negativa de sí mismo, lo que le acarrea inseguridad y baja autotestima. Al tener una percepción distorsionada de su propia persona, el complejo supone un importante condicionamiento en la actitud y en la relación con los demás.

Los especialistas afirman que la familia es el primer factor determinante de los complejos. Se estima que, hasta los 8 años de edad, los padres forjan el 90% de los criterios con el ejemplo. La sobreprotección o la falta de apoyo, así como los reproches sobre determinados comportamientos o conductas del niño causan en éste, a la postre, una baja autoestima. Si en su propio entorno familiar el niño no se siente querido, valorado o respetado, su personalidad se tornará frágil e insegura.

 

Entorno escolar

El otro gran foco generador de complejos es el entorno escolar. Es ya proverbial la crueldad de los niños para mofarse de los defectos ajenos y bautizar a la víctima con el más sangrante de los apodos posibles. De ahí que convertir en complejo una característica física como la estatura baja o muy alta, ser obeso, tener las piernas torcidas o los dientes defectuosos, contar con una gran nariz aguileña o poseer grandes orejas, son rasgos que mediante la burla pueden derivar en severos problemas de autoestima.

Un tercer factor desencadenante de complejos es la sociedad que nos rodea, que suele marcar unas pautas de belleza o de vida que no siempre se ajustan a la realidad, de tal manera que quien queda al margen de tales cánones puede ser presa fácil del complejo.

Un sector de la población especialmente sensible a estas circunstancias son los adolescentes. Para ellos pueden cobrar una dimensión insospechada factores aparentemente tan inofensivos como la aparición de granos, el cambio de la voz, ganar peso o tener un busto pequeño. La inadaptación ante los constantes cambios físicos puede conllevar un sentimiento de inseguridad continuo en algunos adolescentes, etapa de la vida en la que la apariencia física pasa a ocupar un lugar primordial.

 

Sufrimiento interior

Los especialistas explican que, cuando un adolescente no logra superar un sentimiento de inferioridad, se genera en él un sufrimiento interior que puede devenir en una timidez muy acusada, en cobardía, rebeldía u otro tipo de conducta. Este sufrimiento les suele conducir, además, a buscar compensaciones inadecuadas y en cierto modo peligrosas, como reacciones violentas, estados depresivos, pasividad, melancolía, etc.

Para ocultar o disimular su supuesta inferioridad, el adolescente adopta de pronto la actitud del «tímido descarado», o para llamar la atención de los demás se viste de manera chocante, aderezado todo ello con un lenguaje soez y provocador.

Esta situación exige de los padres una actitud de franca colaboración para ayudarle a superar tales complejos, en primer lugar, mostrándole un comportamiento comprensivo y con capacidad para infundirle confianza, pero sin que perciba falta de autoridad, pues a veces es necesario imponer la cordura y no consentir determinadas»tonterías» a un hijo excesivamente preocupado por su aspecto físico.

 

Cómo superarlos

Es necesario, primeramente, descubrir las causas del complejo y autoconvencerse de que el complejo puede ser vencido. Hay tres normas básicas que permiten o ayudan a superarlos:

> tener un conocimiento de sí mismo y aceptarse tal como cada uno es,

> realizar un esfuerzo personal para superarse y, finalmente,

> iniciar una apertura social.

Lo más importante para superar un complejo es aprender a quererse uno mismo, aceptándose y valorándose, con virtudes y defectos. Ello requiere buscar los aspectos positivos de la propia personalidad y repasar las virtudes y cualidades que cada uno tenga.

La persona acomplejada jamás debe centrarse exclusivamente en algún defecto físico, psíquico o intelectual, porque además de los defectos una persona es otras muchas cosas. Una recomendación que ayuda a este respecto es apuntar en una libreta un listado con las virtudes y habilidades que se posean y repetírselas a sí mismo constantemente. Dichas virtudes y habilidades forman parte de la personalidad, por lo que es importante no obviarlas.

También se recomienda no intentar buscar la aprobación de los demás, sino actuar siempre de acuerdo con los propios valores y la forma que cada uno tenga de ver las cosas. Por ello es conveniente dar importancia antes a la propia opinión que a la de los demás, sin que ello implique necesariamente que haya que imponerla.

Tampoco es saludable en este caso lamentarse constantemente ante los demás de los propios defectos o limitaciones que se posean, pues ello refuerza la visión negativa que otras personas se hayan formado de uno. Nunca hay que despreciarse o infravalorarse ante terceros, si bien tampoco conviene recalcar lo contrario.

Hay que tener confianza en sí mismo y en los propios valores. Jamás se debe basar la conducta, el comportamiento, la vida en general, en la apariencia externa. Por eso es tan importante reforzar la autoestima con pensamientos positivos, pues de esta manera se gana confianza y seguridad en sí mismo, que son los factores que se pierden con los complejos.

En resumen, hay que valorarse por lo que uno es, y no por lo que los demás digan de uno, pero ésta no debe ser una actitud conformista o pasiva, sino que ha de verse como un punto de partida para la superación personal.

 

El Periódico de la Farmacia
Publicación de información sanitaria, año 3, nº 51
www.elperiodicodelafarmacia.com  

 

Ver:
El complejo de Antígona y otros complejos famosos      

Sección Familia      

 

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