Siracusa – De los dorios a los romanos – Diarios de viaje

Fundada según la mitología por la náyade Aretusa y según la historia por los dorios, Siracusa llegó a ser la ciudad más grande del Mediterráneo en el siglo V a.C.

[Viajes – Historia] 

 

El origen mítico de Siracusa

Ortigia, en tiempos antiguos una pequeña isla cercana a la costa de Siracusa, fue motivo de admiración por la fuente de agua dulce que manaba justo en la orilla del mar.

La voz popular atribuía el hecho a la presencia de Aretusa, una náyade del cortejo de Artemisa, a quien la diosa convirtió en fuente para protegerla del acoso del río Alfeo, haciéndola viajar desde el Peloponeso hasta Sicilia.

Hubo quien afirmó que el río perseveró en su empeño y siguiendo a Aretusa acabó por mezclar sus aguas con ella, dando lugar a ese manantial inmune a la salobridad marina.

Siracusa - De los dorios a los romanos - Diarios de viajeFotografías: © Marisa Ferrer P.

El origen histórico de la ciudad

La investigación histórica habla de la llegada de los dorios, procedentes del norte, que después de derrotar a los aqueos y ocupar el Peloponeso, se dedicaron a fundar colonias por las costas cercanas, extendiendo la civilización griega y su comercio por el sur de Italia y Sicilia.

Estos territorios, a los que llegaron hacia los siglos VIII y VII a.C. fueron conocidos como la Magna Grecia.

En Sicilia ya se habían establecido en Naxos, cuando eligieron la pequeña Ortigia para fundar la segunda colonia de la isla, esto es, Siracusa, próxima a un pantano, Syraka.

Siracusa - De los dorios a los romanos - Diarios de viajeFotografías: © Marisa Ferrer P.

Siracusa gobernada por tiranos

Durante más de dos siglos, Siracusa fue regida por una larga lista de tiranos, interrumpida por cortos períodos de democracia.

La ciudad alcanzó su cénit bajo el control de Gelón I. Era rey de la vecina Gela, hasta que se le presentó una ocasión que no dejó pasar.

Los aristócratas siracusanos habían sido expulsados por sus conciudadanos y le pidieron ayuda. Gelón no sólo los escuchó sino que utilizó su poderío militar para conquistar la ciudad, reponer a los expulsados y trasladarse allí para convertirse en el primero de sus tiranos.

Atraer a gentes adineradas a la nueva capital, contribuyó a la prosperidad de la misma.

Consiguió el apoyo de sus nuevos conciudadanos al derrotar a los cartagineses en la batalla de Hímera, desbaratando el proyecto púnico de ampliar su influencia sobre la isla mientras los griegos continentales debían frenar a los persas.

Para conmemorar esa victoria, Gelón hizo construir un templo en agradecimiento a Atenea y un teatro para extender la cultura entre el pueblo.

 

Los templos

Fotografías: © Marisa Ferrer P.

Excavaciones de mediados del siglo XX, sacaron a la luz los restos del Templo de Apolo, datado en el siglo VI a.C.

De sus ruinas destacan dos columnas del lado sur con parte del epistilo, algunas del lado oriental y parte de un muro de la cella. Es el templo dórico períptero más antiguo de Sicilia.

Muy cerca del de Apolo se encontraba el Templo de Atenea, el cual quizá hubiera desaparecido del todo, de no ser por su transformación en templo cristiano en el siglo VII, convirtiendo la antigua cella en la nave central y rellenando con muros los espacios entre columnas de su perímetro, columnas que se distinguen perfectamente en la actualidad.

Los siglos siguientes fueron transformando su arquitectura bien para reparar estragos causados por los terremotos, bien por ampliaciones y adiciones, de todo lo cual quedan rastros aislados.

Una crátera griega de mármol del siglo II a.C. es la pila bautismal, adornada por siete leones de bronce del s XIII; un ábside del templo bizantino, sillería del s XV, platería del XVI, forja del XVIII, y así hasta culminar en el espléndido barroco del altar del presbiterio y de su fachada.

Un teatro en una cantera

Fotografía: © Marisa Ferrer P.

Desplazarse a la extensa zona del Parque Arqueológico de Neápolis tiene como premio la contemplación de uno de los mayores y mejor conservados teatros griegos, inaugurado con la representación de ‘Los persas’, de Esquilo, y reformado dos siglos más tarde por Gerón II.

Con la invasión de los vándalos se inició su abandono y progresivo deterioro hasta comienzos del s XIX, época del inicio de su restauración. Actualmente se utiliza todos los veranos para representaciones de teatro, música y danza.

Cuevas de doble uso

Fotografías: © Marisa Ferrer P.

En Neápolis se encuentra parte de las grandes canteras de piedra calcárea explotadas desde la antigüedad, llamadas latomías –del griego litos, piedra y temnos, corte-.

En la latomía del Paradiso destacan dos cuevas de grandes dimensiones, la Gruta de los Cordeleros y la bautizada por Caravaggio como la Oreja de Dioniso por la forma de su entrada.

La utilidad de la primera se debía a su humedad ambiente, que facilita el trenzado de las fibras con que se elaboraban las sogas; de la segunda se dice que era utilizada por el tirano Dionisio I, pues gracias a la buena acústica de sus paredes, podía oír las voces de los prisioneros confinados en ella y así frustrar cualquier intento de rebelión.

 

La llegada de los romanos

Etruscos, atenienses y cartagineses habían intentado hacerse con la ciudad sin conseguirlo. Hasta que llegaron los romanos y con ellos las guerras púnicas, los tres conflictos bélicos entre el Imperio Cartaginés y la República de Roma.

Al final de la primera, Siracusa seguía siendo griega, pero en la segunda, la ciudad pagó su alianza con Cartago con un duro asedio.

Vanos fueron los intentos de uno de sus más eminentes ciudadanos y sus máquinas de guerra. Siracusa perdió no solo su independencia sino también a una de las mentes más privilegiadas de todos los tiempos: Arquímedes.

Una nueva Siracusa

La Siracusa griega, gobernada por tiranos aclamados en los juegos, cantadas sus hazañas por Píndaro y Baquílides, objetivo de Platón para sus intentos fracasados de establecer el estado ideal, público fervoroso de Eurípides y Esquilo, aquella Siracusa, se acabó con la conquista romana.

Pero empezó otra. La que llamaría Júpiter a Zeus; Minerva a Atenea o Febo a Apolo; pero seguiría conservando su esencia mediterránea.

El anfiteatro y las catacumbas dan fe del paso de sus legiones. El famoso general Belisario, en nombre del Imperio Romano de Oriente, la recuperó de manos de los ostrogodos después de la caída del imperio romano de occidente, hasta la llegada de los árabes en el siglo IX.

En los siglos siguientes y como parte de Sicilia, gobernantes del Sacro Imperio, de la Casa de Anjou, de la dinastía Trastámara y de la casa de Borbón, rigieron su destino hasta la unificación de Italia bajo Victor Manuel II.

Fotografías: © Marisa Ferrer P.

Paseo por la ciudad  

El siglo XVII ha dejado espléndidos ejemplos de su arquitectura. Separado del Duomo por una pequeña calle, está el Palazzo Senatoriale, actual Ayuntamiento.

Construido a principios de dicho siglo, sobrevivió a un terremoto casi cien años después. El arquitecto de origen español Vermexio, apodado ‘lucertone’ -salamandra-, firmó con una escultura del pequeño anfibio, en el ángulo izquierdo de la cornisa.

La sencilla planta baja de la fachada, contrasta con la suntuosidad barroca de la noble.

Fotografías: © Marisa Ferrer P.

Al otro lado del Duomo, el palacio arzobispal, con fachada también obra de ‘lucertone’, alberga la biblioteca Alagoniana, conservadora de valiosos códices miniados.

Un armonioso conjunto arquitectónico para ese lado de la plaza, en un extremo de la cual la iglesia de Santa Lucía, dedicada a la joven mártir siracusana y ahora convertida en museo, luce una notable barandilla de forja y alberga la obra de Caravaggio, El entierro de Santa Lucía’, pintada después de su huida de Malta.

Siracusa - De los dorios a los romanos - Diarios de viajeFotografías: © Marisa Ferrer P.

Pero no todo son grandes palacios y monumentos antiguos; el encanto de las callejuelas sombreadas, el brillo del mar salpicado de velas blancas, la trabajada forja de los balcones o el detalle de un visillo de encaje merecen un lento paseo.

Fotografías: © Marisa Ferrer P.

Al final de la jornada, sentarse en un banco de cara al mar, da lugar a un momento de reflexión sobre lo visto, lo aprendido y lo imaginado.

 

 

 

 

 

 

 

Marisa Ferrer P.
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