Una piel inhabitable

Por María Donapetry


 


Las películas interesantes y buenas tienen, como mínimo, un buen argumento, unos actores capaces y los aspectos formales que le son propios al cine (visuales, auditivos y de movimiento). La falta de coordinación de cualquiera de estos elementos echa por tierra cualquier historia por muy buenas que sean las intenciones del director. Acabo de ver La piel que habito de Almodóvar y me pregunto por qué, si la fotografía es original y sugerente, la música estupenda (encuentren un clip con Concha Buika cantando “Se me hizo fácil” de Agustín Lara) y los actores (sobre todo Marisa Paredes) más que decentes, me aburrió tantísimo. Quizás haya sido que mis espectativas con respecto al cine de Almodóvar hayan caído irremisiblemente desde La mala (pésima) educación; o que, acostumbrada a disfrutar del irreverente humor almodovariano que dejaba sitio a  interpretaciones a cualquier nivel y profundidad, el intento de seriedad de esta última cinta me haya dejado perpleja. Pero no, no se trata de perplejidad sino de tedio y un ligero malestar por haber “matado el tiempo” yendo a ver esta película y haber pagado voluntariamente por el asesinato. 


Dice Julio Rodríguez Chico1 en su reseña que La piel  “no emociona ni arranca sentimientos hondos del espectador, que navega entre el esteticismo y la pretenciosidad formal y conceptual”,  y ya le está dando bastante crédito al apuntar un atisbo de navegación intelectual y emotiva de cualquier tipo por parte de quienes hemos estado sentados en el patio de butacas.  Los juegos de identidad de género son caballo de batalla habitual en el cine de Almodóvar y las leyes del deseo, paradójicamente, suelen ser la silla de montarlo. En películas como La ley del deseo o Todo sobre mi madre se celebra la transexualidad a través de la tragi-comedia y el énfasis en la vulnerabilidad y sensibilidad tenidas por esencialmente femeninas. En La piel, dado que la transexualidad no es escogida sino impuesta como castración a un putativo violador (aunque el director nos ponga en antecedentes a salto de mata literalmente), el espacio para la especulación humorística en la que cabe cualquier propuesta y su contrario es inexistente. Aun así, el montaje de la historia se esfuerza en que, antes de averiguar que la jovencita encarcelada (Elena Anaya) es en realidad un jovencito transexuado involuntariamente, las miradas penetrantes del doctor loco (Antonio Banderas) y de su sumisa paciente nos sugieran procelosas relaciones que nos enganchen con la espectativa de que algún tabú se rompa delante de nuestros ávidos ojos. Por desgracia, las respectivas intensidades oculares de este Pigmalión y esta Galatea parecen corresponderse a migrañas o a casos de obstrucción de píloro más que a dolores espirituales o existenciales. No merece la pena aventurarse a cuestionar otra vez lo que Almodóvar entiende por género o sexualidad aquí. Esta película, a diferencia de otras suyas, no desafía, ofende o corrobora nada en particular; el “habito” del título implica un “yo” que no surge en ningún momento como persona de un género u otro quizás porque la piel que Almodóvar le ha puesto es inhabitable.


 


mdonapetry@yahoo.com 
Galicia, 09-09-2011


Imagen: Cartel oficial de la película La piel que habito.


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1.  http://opinion.labutaca.net/2011/09/02/la-piel-que-habito-el-triunfo-de-las-formas-superficiales/