Diarios de viaje – Afrodita en Afrodisias – La primitiva diosa madre se fue metamorfoseando...

 

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A medida que los pueblos fueron convirtiéndose de nómadas en agricultores, las mujeres se encargaron de las labores de siembra y recolección, pasando así de ser un mero instrumento de reproducción a adquirir un papel preponderante dentro del grupo. Pasaron a ser visibles, por así decirlo. Los frutos de la tierra empezaron a asociarse con los frutos de la madre, las gentes empezaban a rendir culto a la tierra-madre y, en consecuencia, empezó a tomar forma una deidad femenina, asociada, mixtificada con la fecundidad, que empezó a infiltrarse entre los primitivos cultos animistas: la diosa madre. En época megalítica, esa aún indefinida diosa de la fecundidad, empezó a ser representada por figuras femeninas exuberantes, maternales. Posteriormente, las distintas tribus indoeuropeas, mayoritariamente dedicadas al pastoreo, generaron características vitales propias y diferenciadas que en cuestiones religiosas se concretan en ricas estirpes de dioses fundamentalmente masculinos, entre los que se infiltró la diosa primigenia, con diversos nombres pero similares advocaciones.

La Inanna sumeria, la asiria Istar, la fenicia Astarté, la Geratis sícula o la Isis egipcia, si bien con diferentes nombres y en distintas épocas no dejaban de ser la misma diosa protectora y maternal, en ocasiones incluso guerrera, que los pueblos antiguos fueron retomando de otros más antiguos aún y adaptando a sus propias necesidades de amparo, una vez abandonados los antiguos objetos inanimados de devoción, ídolos que podían representar una piedra, un árbol o una tempestad.

La primitiva diosa madre se fue metamorfoseando para adaptarse a las distintas culturas que la acogieron, refinándose a la par que aquéllas y definiendo cada vez más sus quehaceres, hasta que los griegos, padres de la moderna cultura mediterránea, la acogieron dándole un lugar preferente en el sagrado monte de sus plegarias. Homero ordenó y clasificó en sus poemas a la gran familia de deidades dándoles una jerarquía sometida al liderazgo del gran Zeus, en su papel, también heredado, de amo y señor del Olimpo. Un sincretismo religioso que federaciones de Asia Menor ya habían empezado a practicar.

Con el paso del tiempo, el común denominador de esas diosas, el pragmático concepto de fecundidad fue diluyéndose en el más elaborado de amor y belleza; surgió un nuevo nombre para la deidad heredera de las pasadas y olvidando sus orientales orígenes la adaptaron a la realidad de sus creencias. Esa diosa primordial tuvo un nuevo nombre, Afrodita, la síntesis de todo cuanto tuviera que ver con la feminidad, el amor y la belleza. Atrás quedaban sus antiguas presencias; su culto fue adquiriendo prestigio y su influencia llegó a todos los rincones del mundo griego.

En un lugar de la costa oriental mediterránea, en una ciudad construida sobre lo que había sido ya un asentamiento neolítico, la colonización griega introdujo su cultura y, por tanto sus dioses. Esa ciudad de la actual costa turca había tenido varios nombres, pero ninguno fue tan definitorio como el que se le dio a causa de esa diosa griega: Afrodisias.

Su época de mayor esplendor se dio durante le hegemonía romana entre los siglos II a. C. y V d.C. aproximadamente, quizá porque la deificación de los emperadores romanos hacía que sus súbditos los identificaran con los dioses venerados por ellos. Y ellos veneraban a Afrodita, en honor de la cual edificaron un magnífico templo, al que acudían fieles de todos los rincones del imperio para depositar majestuosas ofrendas. De ese modo, la diosa que según el mito nació en Chipre y fue madre de Eneas, el fundador de Roma, disfrutó de los privilegios imperiales, a la par que la ciudad que la había adoptado como protectora. El resplandor de Afrodita se difundió allí quizá durante más tiempo que en otros lugares, pero acabó apagándose en la época bizantina cuando su templo fue reconvertido en basílica cristiana y el nombre de la ciudad volvió a cambiar. Hoy en día, no obstante, sus ruinas vuelven a ser conocidas con el nombre de su periodo de mayor grandeza.

Abundantes restos de su pasado esplendor salieron a la luz en la segunda mitad del siglo XX y desde entonces no se ha dejado de trabajar. De las cuarenta columnas que soportaban el magnífico templo, solamente quedan catorce; el espectacular estadio ha soportado mejor el paso del tiempo y no es difícil imaginar la agitación y el movimiento de los treinta mil espectadores asistentes a las competiciones; de menores dimensiones es el teatro, cuyo inusual estado de conservación permite apreciar su casi intacta mitad inferior, incluidas las gradas con sus asientos preferenciales; el acogedor bouleterion, sede del consejo municipal, aun cuando ha perdido su cubierta, dispone aún de un bien conservado auditorio con profusión de ornamentaciones y varias gradas de mármol; en la zona que ocupaba el templo de Augusto, un bien restaurado Sebasteion, por medio del cual los emperadores de la dinastía claudio-julia expresaron su fervor, exhibe la excelente restauración de los numerosos relieves esculpidos en mármol; representaciones de emperadores, dioses o alegorías de todos los puntos del imperio llenan sus paneles, evidenciando la importancia y el bien ganado prestigio de la renombrada escuela de escultura de la ciudad que supo aprovechar el material que un monte cercano les proveía; cuatro pilares decorados con bajorrelieves señalan el lugar donde las termas daban servicio a los ciudadanos; el imprescindible tetrapylon vigila desde las alturas recordando el habitual punto de encuentro de las gentes en sus idas y venidas.

Junto a ese lugar, que marca la encrucijada entre caminos, en una discreta tumba reposan los restos de Kenan Erim, el arqueólogo turco que quizá sintió la llamada de Afrodita y decidió dedicar media vida a buscar los vestigios de la ciudad en la que se la honrró. Gracias a él viajeros de las generaciones ahora modernas, procedentes de todos los rincones de un mundo algo mayor que entonces, pueden contemplar lo que queda e imaginar lo que fue el reino de la diosa del amor.

 

Texto y fotografías: ©2013 Marisa Ferrer P.

 

 

 

 

 

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