Rubén Duro – Lo que conocemos como vida empieza en una gota

 

Por Marina Torné, periodista

 

 

Rubén Duro es puntual a la cita y lleva boina. Me dice que es por el frío. Que con la prenda va la mar de calentito en invierno, pero que ya tendrá que ir pensando en abandonarla hasta la próxima temporada porque el calor empieza a apretar.

En una espléndida tarde de abril charlamos con el biólogo, ahora ya sin su boina, ajenos al movimiento del público que desfila lento pero constante; gota a gota, como un buen presagio, hasta llenar por completo la sala prevista para la presentación.

 

Pregunta: ¿Todo empieza en una gota?
Respuesta: Absolutamente todo. Todo lo que conocemos como vida, sí. Los científicos dicen que empezó en una gota. Una gota es como un símbolo, porque no tiene porqué ser en una sola, pero las teorías que actualmente funcionan dicen que la vida surgió en el agua que quedaba en las orillas de las charcas, en el océano de hace millones de años. No se necesita más para que aparezca la vida.

P. ¿De niño ya observaba el entorno con «otros ojos»?
R. Todos los niños son curiosos. Yo también lo era. Lo que pasa es que la curiosidad la orientas hacia la lagartija, el perrito, los pájaros… Pero no profundizas más porque no tienes, ni conocimientos, ni medios.

P. Pero a los dieciséis años…
R. Fueron como unas vacaciones. Empecé a trabajar con mi tío, Aurélio Pérez, uno de los naturalistas del equipo de Félix Rodríguez de la Fuente, mientras se rodaba la serie «El hombre y la Tierra». Me gustaba mucho y me lo pasaba estupendamente, pero nunca me planteé que pudiera dedicarme a ello. Fue después. A medida que vas creciendo vas ampliando tus intereses. Inicié los estudios de Biología… De hecho quería hacer Bioquímica, pero al final me decidí por Zoología. En la carrera empecé a hacer algo de divulgación, sobre todo escrita. Me llamaron también para algunas series de documentales de televisión (entonces trabajaba de naturalista, pero nada de cámara) y a partir de ahí comencé a pensar que a lo mejor, de esta manera, podría orientarme.

P. Los reportajes de Rodríguez de la Fuente, alabados, pero también criticados.
R. Yo lo viví en primera persona. Las críticas están muy bien, siempre y cuando sean fundadas y constructivas. La mayoría no tenían ningún sentido. Hay cosas en el cine de la naturaleza que si no las preparas no las ves porque es imposible: suceden, pero nunca delante de una cámara, ni con la luz adecuada; tienes que prepararlo. Pero «prepararlo» no quiere decir «falsearlo». En un documental de naturaleza lo que no haces es preparar algo que un animal nunca haría por sí solo. Simplemente, pones los medios para que lo haga en el momento adecuado. Todo lo que hacían los animales de «El hombre y la Tierra» lo hacían ellos de forma natural, lo único que se controlaba era que lo hicieran en los momentos en los que interesaba grabarlo. Nada más.

P. Como hace usted.
R. Claro. Yo tengo que extraer los organismos de su medio natural, porque estos trabajos de microscopia no puedo hacerlos de campo. Los organismos con los que yo trabajo funcionan exactamente igual tanto si estoy, como si no. No necesitan más espacio, pero no puedo acceder a su hábitat natural con los medios técnicos de que disponemos. Entonces tengo que extraerlos de su medio, mantenerlos en las condiciones adecuadas para que puedan vivir, y luego, fotografiarlos o grabarlos.

P. Sus hijos también montan guardia por si ocurre el momento esperado y usted no está.
R. Sí, pero eso son cosas muy puntuales. Por ejemplo cuando tengo que grabar procesos. La mosquita desde que pone los huevos hasta que nacen las larvas y vuelve a salir un mosquito adulto, pueden pasar hasta quince días. Durante ese período hay momentos concretos en los que tengo que estar ahí porque cuando se van a producir no hay ningún aviso. Entonces, si tengo que ausentarme, dejo a alguno de los niños y les digo: «Si ves que se mueve algo, dispara».

P. Y cuando se produce el momento…
R. Pues es estupendo. Suerte que cuando trabajo con el microscopio, no grabo el sonido,  porque si lo hiciera ¡sería tremendo oír las exclamaciones!

P. Un momento inolvidable…
R. Con animales fue el trabajo con los desmanes del Pirineo. El desmán es un pequeño mamífero, un insectívoro acuático, que pertenece a la familia de los topos y que sólo vive en los ríos que están muy limpios.

Recuerdo que cuando se estaba grabando «El hombre y la Tierra» se hicieron unos planos de desmán y luego, cuando Joaquín Araujo estaba rodando la serie «Silencio roto», ahí me encargaron a ver si yo podía capturar uno; unos desmanes para poderlos rodar. Ese fue un momento muy feliz porque pude capturar tres. Precisamente esa captura fue la que me abrió las puertas para trabajar en la serie con el equipo de Joaquín. Me hizo mucha ilusión porque fue un poco como «a ver si el niño coge algo…»

P. El niño.
R. Sí, sí. Yo era «el niño», claro. El más jovencito de los equipos siempre era yo.
En cuanto a animales microscópicos… La primera vez que conseguí grabar en vídeo cómo pone huevos un rotífero…

P. Un rotífero.
R. Es un bichito que mide una décima y media de milímetro aproximadamente.

P. Comparado con un cabello sería…
R. Un poquito más grande que el diámetro de un cabello. En tres cabellos quizás cabrían dos y pico. No están hechos de una sola célula, sino de muchas, y ponen huevos. Cuando los estás viendo por el microscopio, como que son casi transparentes, ves que tiene el huevo dentro, un huevo enorme, y piensas: «Y esto, ¿cómo lo ponen luego?», porque parece que se tiene que romper.
Pues no, no se rompe. La primera vez que vi esto hubieron esas exclamaciones que nunca aparecerán en el audio porque no se graba el sonido, afortunadamente.

P. Y todo esto se grabó con el microscopio de trescientas mil pesetas que se compró después de su primer sueldo importante.
R. Me lo compré tras mi trabajo en «Silencio roto». Entonces estaba estudiando la carrera. Si había dinero para mí era una cosa extraordinaria.

P. También se compró un coche por ochenta mil.
R. Un coche de segunda mano, el primero que tuve y que me lo compré en Madrid.
El microscopio lo compré en Barcelona y me costó exactamente trescientas veinticinco mil pesetas. Cuando lo comentaba con los amigos me decían que estaba loco porque valía cuatro veces más que el coche. Este microscopio me ha acompañado siempre. Todavía lo tengo, pero ahora lo utiliza uno de mis hijos. La mayor parte de mis fotografías se han hecho con este microscopio. Ahora ya tengo otro un poco superior en cuanto a prestaciones.

P. La vida está en todas partes, bajo nuestros pies, en nuestra piel…
R. Sí, claro.

P. Pesadilla de científico poder observarla a ojo desnudo y toda a la vez.
R. No seria una pesadilla, sino un deseo, lo que anhelas. Evidentemente no puedes verlo todo, ni tampoco existen medios técnicos que te permitan verlo todo. Nada más puedes ver fragmentos de la realidad. Pero sí. La vida está en todas partes aunque hay sitios donde todavía no sabemos si la hay. Aquí, en nuestro planeta, la vida está incluso dentro de las rocas, sitios donde se pensaba hasta hace poco que no existía porque en su interior no hay ni luz, ni oxígeno, ni nada. Y un dato curioso: de todas las células que forman nuestro cuerpo, sólo el diez por ciento son nuestras.

P. El resto son «huéspedes».
R. Bacterias. El noventa por ciento son bacterias.

P. Limitaciones técnicas para ver un poco más.
R. Ahora mismo se ve mucho. Hay microscopios electrónicos que te permiten ver hasta las estructuras atómicas. Más abajo, ya es difícil llegar a ver nada, porque la física cuántica, que pretende ver más allá, «ver», no ve. Ve rastros de cosas, pero no ve. Cuando yo hablo de la posibilidad de ver más allá de las limitaciones técnicas,  me refiero a ver, no tanto con aparatos que realmente no trabajan con luz, sino con los que se sirven de la luz. El microscopio óptico es el que trabaja con luz y es el aparato más potente que nos permite ver cosas pequeñas. La microscopia electrónica ya no es luz. Son haces de electrones, no son luz visible. Nosotros lo que hacemos lo hacemos con luz visible, porque nuestros ojos nos permiten captar luz en el espectro. Las otras frecuencias, no son luz. Y hasta allá no se llega, porque el poder de separación de las lentes no dan más. El límite es ése. Como a mí me interesa trabajar siempre con organismos vivos, trabajar con microscopia electrónica, no me sirve, porque en microscopia electrónica se trabaja con organismos muertos. Como forma, como mostrar estructuras, es muy interesante, pero lo que no puedes mostrar son procesos, y a mí me gustan mucho los procesos. La forma y los colores son bonitos, pero yo pienso que el proceso es lo que le da sentido a todo. Un organismo no está ahí y ya está, sino que está ahí haciendo algo, y eso que hace es lo que tiene importancia sobre todo lo demás. Esa es la limitación técnica: trabajar con luz visible.

P. ¿Debilidad por algún microorganismo?
R. Los científicos definen a las bacterias como «microorganismos». Los que no son bacterias, los que no son unicelulares, les llaman para diferenciarlos «organismos microscópicos». De bacterias, la verdad, no me cautiva ninguna, pero hay una que me hace mucha gracia por lo que hacen. La «Serratia Marcesens», por ejemplo, conocida también como la «bacteria milagrosa» porque libera una sustancia de color rojo que se llama «prodigiosina», que es la que hace que las estatuas «lloren sangre» y que se asocia a los milagros. Por eso la llaman la «bacteria milagrosa».

P. ¡Caramba!
R. Y esa bacteria me parece curiosa y divertida. Y luego, con respecto a los organismos microscópicos cito nuevamente a los rotíferos, que a mí me parecen unos bichos extraordinarios.

P. Y ¿cómo son?
R. La estructura es parecida a una batidora, pero con dos hélices; son magníficos. Luego existen algunos ciliados, que son organismos de una sola célula y que también me atraen por su estética extraña. De hecho pienso que si los que se dedican a hacer ciencia ficción, que ya sabemos que utilizan insectos, vieran algunos de estos organismos, seguro que los veríamos en más de una película de este género.

Imagino a Rubén Duro entre rotíferos, absorto en su trabajo de paciente observación. La «otra vida» en un segundo plano.

«Ni yo como divulgador, ni los científicos pueden encerrarse. No vivimos a espaldas del mundo. A mí me gusta tomarme una cerveza o un café con mis amigos, sentarme en una terraza… No te puedes encerrar y aunque quisieras, no te dejan. Todo lo que hablamos, lo que publicamos, está vivo, está directamente relacionado con la gente que lo lee, con la gente que está sentada a nuestro lado en la terraza de un bar… A veces, ellos no lo saben, porque es difícil. Es el tema de las luchas: hacer que  la gente en general, tome conciencia de que estas cosas de ciencia tan aburridas y tan raras, de tíos que estamos encerrados, teóricamente, que vivimos entre cuatro paredes, en nuestro mundo… pues no es verdad. Pregúntale ahora a cualquier investigador que tuviera una cátedra becada por alguna universidad, o algún centro de investigación, el mismo CESID, y pregúntale si le influye la sociedad actual. Los pobres están pasándolo muy mal, como todos, y nosotros, los divulgadores, también. Ten en cuenta que nuestro trabajo, en muchas ocasiones, depende de subvenciones o de dinero que quieran aportar las administraciones públicas y en estos momentos es complicadísimo».

P. Ahora «Nacer en una gota». ¿Y después?
R. Me gustaría hacer cuatro libros más. Las tres funciones básicas que son: nacer, comer, y…

P. ¿Dormir?
R. ¡No! Nacer, comer y moverse en una gota. La cuarta: las formas y los colores. Y, aunque no es una función como tal, creo que sería interesante divulgarla para los no especialistas, no para los científicos porque ellos esto ya lo conocen. El mundo microscópico tiene una cantidad de formas y colores espectaculares y que son totalmente desconocidos para el gran público.
«Nacer en una gota» sería la primera entrega y luego faltarían las otras tres.

P. Si fuera daltónico no podría hacer este trabajo.
R. Pues, de hecho, soy daltónico.

P. ¡No me lo puedo creer!
R. Sí, sí. Lo soy. Daltónico pero que no quiere decir ser discromatópsico.

P. ¡No me lo puedo creer! ¡Y yo que no lo he leído en ninguna parte!
R. Nadie me lo había comentado, pero no tengo ningún problema en decirlo.

P. El verde…
R. Pues lo veo verde y el rojo, lo veo rojo.

P. Y este azul…
R. Azul. Hay diversos tipos de daltonismo. El daltonismo no es algo absoluto. Hay diferentes grados y diferentes tendencias. Existe el «deutan» y el «protan». Yo soy «deutan». Hay daltonismos que confunden el rojo con el verde, como yo, y otros que confunden el azul con el verde. Esto no quiere decir que no diferencie los dos colores, pero con los matices o tonos de color…

Inicio con Duro, sin él saberlo, claro, un juego infantil. El mismo que siempre me fascinaba y que parecía no tener fin: preguntarle a mi abuelo por los colores de las cosas. Y como los niños son insaciables, cuando el abuelo respondía «mal» por enésima vez al pantone que le presentaba, liquidaba la cuestión con un rotundo y hastiado: «No lo sé». Y así, hasta la próxima.

P. Naranja…
R. O fucsia…

P. Aquel verde, de aquel otro…
R. Yo los veo distintos pero si me pusieras este verde en un entorno marrón, puede que no notara la diferencia. De hecho he llevado jerséis de rombos, pero nunca he visto los rombos. En casa me han dicho: «Ponte el jersey de rombos», y yo ir al armario y preguntar que cuál es ese jersey, porque yo no lo encuentro.

P. ¡Caramba!
R. O ponerme camisetas rosas pensando que eran blancas…

P. ¡…!
R. Aunque no sea capaz de diferenciar los colores o no verlos como los veis vosotros…

P. Nadie sabe cómo los percibe el otro.
R. Claro. Me parece que una paloma es capaz de diferenciar más de cincuenta tipos de tonos de verde. Como eso depende de la proporción de conos y bastones, de la proporción de moléculas receptoras de esa radiación, a esa longitud de onda que tengas en los conos, pues cada uno los ve de una manera. Dentro de esa normalidad, hay gente como yo, que estamos ahí, en los extremos, allí perdidos… Aunque sí que veo formas y contrastes, eso sí. Lo que pasa es que muchas veces para la edición de documentales y cosas así, necesito ayuda. Le pregunto a mis hijos o a mi mujer: «¿Esto es de ese color?»

 

Al término de la entrevista nos dirigimos hacia el Jardí Mercé Rodoreda para tomar nuevas instantáneas, en el piso superior del Institut d’Estudis Catalans. Desde allá arriba, entre magníficas rosas, margaritas y otras especies que sin duda alguna Rubén Duro conoce bien, nos contagia su entusiasmo. Pienso en su anhelo: «Poder verlo todo». Por mi parte, me conformo con el espectáculo que diviso desde el jardín en esta calurosa tarde de abril: una gota más en el océano de los días que confortan mi «proceso». O una gota menos, según se mire.

 

 

 

 

 

marina.torne@gmail.com
Esta entrevista fue realizada en Barcelona el 09 de abril de 2013
durante la presentación del libro.

 

Fotografías:©2013 Leonor Sedó
Las imágenes de microorganismos han sido cedidas por la editorial 3.14