Samuramat o Semíramis- Reina de Babilonia

A Samuramat no le cabe duda alguna de que a una mujer no le es posible conseguir honores y gloria en el campo de batalla

[Relatos]

 

A los pies de Samuramat descienden los jardines en terrazas consecutivas y crecientes. Los mejores arquitectos de su corte no han ahorrado esfuerzos para complacerla y el resultado es magnífico.

Sus jardines colgantes se ven desde muy lejos y la escalonada silueta alerta a las caravanas de la cercanía de Babilonia, la ciudad superviviente.

La exuberancia de sus frondosos árboles se funde con el verdor de las magníficas plantas de las cuales emergen los mil colores de exóticas flores. Las semillas, traídas de las tierras más lejanas, han viajado días, semanas y meses hasta llegar al que la reina regente pretende que sea el lugar más bello de la tierra.

El murmullo del agua ofrecido por fuentes emboscadas en la vegetación, acarician los oídos de los paseantes, música de fondo para el zureo de las omnipresentes palomas.

 

La escapada de la reina

Como cada día a esta hora, Samuramat escapa de los deberes de la regencia para reflexionar a la luz del sol poniente, un arrebato de color distinto cada vez, en competición incansable y diaria con los tonos increíbles de las flores que la rodean.

Sus jardineros no conocen el descanso, el cuidado de los miles de especies traídas del confín del mundo conocido no les da tregua.

Han pasado muchos siglos desde que el sexto rey de la primera dinastía babilónica, Hammurabi, diera a su pueblo un conjunto de leyes, un código, que con su nombre habría de perdurar y ser conocido por las generaciones futuras.

Un rey que dio impulso a una pequeña ciudad sometida a otras más poderosas, formando alianzas de conveniencia hasta vencer incluso alguna vez a Asiria, y dejando a su muerte como legado el dominio de casi dos docenas de ciudades vecinas, que su hijo, Samsuiluna, se esforzó por conservar a costa de continuas luchas contra las sucesivas insurrecciones. Hititas y casitas acabaron haciéndose con el poder poniendo fin a la dinastía.

 

Fin de la dinastía

Babilonia nunca volvió a ser la que era, pero subsistió a través de los años y ahora es regida por asirios, quienes detentan de nuevo un poder fluctuante según las circunstancias, las alianzas o rencillas entre reyes, preocupados todos por retener el poder económico, el dominio sobre las tierras productoras de materias primas.

Samuramat, casada con el quinto Shamshiadad del linaje real, del que aprendió a gobernar sin ser percibida, siempre en la sombra, como correspondía a su condición, es consciente de su papel de esposa y madre, atendiendo a su sentido común que la guía en un mundo en el que los amigos de ayer son los enemigos de hoy, para volver a ser mañana amigos por un tiempo.

 

Semíramis

Samuramat - Reina de Babilonia

Es conocida como Samuramat, pero ella preferiría llamarse Semíramis.

Cuando era casi una niña, había oído de labios de un peregrino la historia de una atrevida mujer, llamada Semíramis, hija de una diosa y de un mortal, abandonada por la arrepentida madre, y salvada de la inanición por una bandada de palomas que la alimentaron y protegieron.

Un general de Ninus, rey fundador de Nínive, la tomó por esposa llevándola a sus campañas bélicas, complacido por la sabiduría de sus inteligentes consejos.

Durante una de esas expediciones, los esfuerzos por asaltar la ciudad de Bactra resultaban infructuosos ante la enconada resistencia de sus habitantes, hasta que a Semíramis se le ocurrió la manera de hacer caer las defensas, atrayendo así la atención del rey. Se decía que había matado a su marido el general para poder casarse con el monarca.

Ese relato, contado por un hábil narrador al calor de una hoguera cuyas vacilantes llamas anaranjadas iluminaban un círculo de rostros expectantes, como colgados de la nada en la oscuridad de una noche sin luna, impactó en su imaginación infantil para toda su vida.

A Samuramat no le cabe duda alguna de que a una mujer no le es posible conseguir honores y gloria en el campo de batalla, por lo tanto, siendo ella tan ambiciosa como es, solo le quedaba un camino. El mismo que siguió su admirada Semíramis, para después tener oportunidad de alcanzar su objetivo.

Sabe que el poder no es un regalo, que quien lo ambiciona debe carecer de escrúpulos y perseguir su objetivo sin vacilar. La muerte de su esposo le da la oportunidad de demostrar su valía, pero no se engaña, sabe que su victoria es fugaz, efímera, solo un corto tiempo mientras su hijo alcanza la mayoría de edad. Pero está dispuesta a apurar la copa del éxito a cualquier precio.

 

Samuramat y A-ki-til

Un ligero roce la hace llevar su mano a la empuñadura de la daga adherida a su cinturón de pedrería. Su regencia es posible gracias a la complicada situación política que reclama la atención de aquellos quienes podrían vetar su elección.

Pero los descontentos abundan y ha aprendido a defenderse con la ayuda de A-ki-til, el capitán de su guardia personal y amigo de la infancia.

Desde niños, unieron sus fuerzas para sobrevivir en un mundo hostil, sin familia, sin amigos, cuidando el uno del otro, como hermanos. Es el único que la llama Semíramis.

Solo él la comprende, entiende las razones de sus actos. Ambos conspiraron para llegar al trono asirio. Mientras lo observa traspasar la entrada para llegar hasta ella, recuerda la ocasión que se les presentó, aún adolescentes, y que supieron aprovechar.

 

La hegemonía de Asiria

La hegemonía de Asiria en el territorio había vuelto a coger impulso después de unos años de retracción, de la mano de sus últimos reyes.

Su suegro, Salmanasar III, había conseguido volver al esplendor de antaño, a costa de convertir el reino en un enorme campamento militar; el control de sus extensísimos dominios requería de una constante atención bélica para mantener sometidas todas las ciudades que los conformaban, algunas de ellas lo bastante lejanas para sublevarse con frecuencia.

Shamshiadad, con el trono heredó las intrigas y discordias de los últimos tiempos de su padre, además de la violenta oposición de su hermano.

Cuando el rey asirio se había visto obligado a pedir la ayuda del rey de Babilonia, de cuya corte ellos formaban parte, el cerebro de Samuramat se puso en marcha y con la ayuda de A-ki-til, envolvió al visitante en una red de encanto, seducción, ingenio y misterio de la que el monarca no supo escapar.

Como esposa de rey, había aprendido a desenvolverse entre bastidores, atenta a los recovecos de la política; intentó ser de utilidad en una corte que no era la suya, pero a la que pertenecería su futuro hijo.

Había sido testigo de la virulenta pugna entre hermanos para ocupar el trono vacante, y esperaba evitar una situación similar, una contienda civil que había acabado con la súbita desaparición del rebelde, a pesar del apoyo de la mitad del reino.

Un suspiro escapa de sus labios al sentir el calor de otro cuerpo junto al suyo, el aliento en la nuca. Es él, su protector, gracias al cual salvó la vida más de una vez en el pasado y junto a quien aprendió el manejo de las armas, ejercitándose juntos durante las largas jornadas de caza.

Profundizaron en el arte de la guerra por puro instinto de supervivencia. A-ki-til se había convertido en servidor y consejero indiscutible de su marido, al cual ella siempre fue fiel, desoyendo los dictados de su corazón, anulados por los mandatos de la razón.

 

Samuramat, regente

Cuando la viudedad la obligó a proclamarse regente para defender el derecho al trono de su hijo, la ayuda del poderoso y respetado A-ki-til fue más que fundamental.

Quedaba un largo trecho por recorrer hasta que su hijo, Adadninari, fuera capaz de empuñar las riendas del poder en pleno cambio de siglo. Ella no dudó en demostrar su valía en el campo de batalla, ganándose el respeto de muchos, los suficientes para ganar tiempo.

La estrecha relación impuesta por los deberes de estado se reforzó por el peligro, haciendo desbordar el dique del deber conyugal por unos sentimientos soterrados demasiado tiempo y expresados ahora con libertad.

Ella y A-ki-til se convirtieron en un solo ser, con la única misión de conducir al que había de ser Adadninari III al trono.

Él la abraza mientras contemplan un día más el ocaso. Por unos momentos, olvidan las intrigas, los recelos, las batallas, todo lo que ha significado su vida en la cumbre del poder, amenazado ya por la presión del hijo, legítimo heredero del trono y con edad suficiente para tener conciencia de su rango y obligaciones. Y derechos.

Su hijo proclamado rey

Samuramat - Reina de Babilonia

Su última puesta de sol como reina. Solo faltan unas horas para que Adadninari III sea elevado al trono. Sus energías decrecen; ella y A-ki-til quieren descansar, disfrutar el uno del otro tanto tiempo como sea posible, sin responsabilidad, en el anonimato, desvanecidos entre los hasta ahora sus súbditos.

Han alcanzado su objetivo, han visto sus sueños cumplidos y esperan haber educado a un auténtico rey.

A pesar de ello, la conciencia de volverse invisible cuando su hijo sea coronado la abruma. Se consuela pensando en que alguna huella de su paso por el trono haya quedado en el Ezida, el templo de la Verdad, dedicado a Nabú, dios de la escritura, de los escribas y de la sabiduría.

Su tiempo ha pasado, pero ella espera que su nombre no quede del todo borrado por el viento inmisericorde del tiempo.

 

Marisa Ferrer P.

Página de origen de la imagen principal:
Óleo de Christian Kölher
Vemos la enérgica reacción de Semíramis al estallar una revuelta en Babilonia.
Siglo XIX. Galería Nacional, Berlín. Publicado en el Nationalgeographic.es
Páginas de origen de las imágenes de los jardines colgantes:
Wikipedia 
antrophistory
Página de origen de la imagen de Samuramat:
Wiki Culturalia
Página de origen del Templo de la Verdad:
diario centro america  
Página de origen del Dios Nabu:
Ancient History Encyclopedia

 

VER:
> Zenobia, la dama del desierto que admiraba a Cleopatra     
> Roxelana, del harén al trono    
> María y Juana de Austria – Hermanas y cómplices   
> Ninfa o Sirena