Una vez tuve un clavo, un clavo clavado en el corazón…

 

[Cultura / Relatos]

 

En algún  punto del camino, entre la realidad y el ensueño, se encontraron en mi mente una noche de verano, un loco, una demente y ella, Rosalía de Castro.

 

Concebía la autora gallega, precursora do Rexurdimento, en sus obras, universos nuevos. Mundos en los que se preguntaba continuamente sobre el sentido de la existencia humana, que le servían para mostrar su carácter reivindicativo y para expresar no sólo su situación personal, sino la de otros que como ella lo habían pasado o lo estaban pasando mal. Y esos espacios que describió y que nos logró transmitir a todos en sus libros, los reviví yo de su propio puño y letra en una de sus creaciones: Follas Novas. Un clásico que conseguiría transportarme a mis recuerdos un sólo segundo…

«…Pepe, mi Pepiño, un pobre hombre del barrio da Ponte Vella de Betanzos. Alto y guapo, tornero, casado y con una hija por nacer, que intentaba hacerse un hueco dentro de la realidad de los esquizofrénicos a pasos forzados inyectándose dosis de caballo de tranquilizantes cada mes en un psiquiátrico santiagués. Y ella, la señora Amable, una viejecita linda, de hermosos cabellos blancos y rostro entrañable, viuda de su marido, madre de sus hijos y abuela de sus nietos, que cada mañana salía a la calle ataviada con un confortable pijama verde para cumplir con su dura rutina laboral: barrer las aceras, dejar limpias las papeleras y contenedores, recoger las colillas de los cigarrillos del suelo y fregar con esmero los urinarios públicos. Y es que la señora Amable realizaba su labor cuan empleado público municipal, con nota, y por si fuera poco en equipo, acompañada siempre por un fiel amigo, el señor Alzheimer. Un compañero que la vida le obligaba a llevar a cuestas desde hacia más de dos años, y que poco a poco y sin darse apenas cuenta, la estaba recluyendo en la desmemoria, en el olvido de los suyos y de sus recuerdos, en la pérdida de su propia identidad…»

Por eso, por la lectura de aquel libro aquella noche cuando trataba de conciliar el sueño en mi casa de adulta en Santa Cruz, la imagen de ellos dos surcó repentinamente mis pensamientos entremezclándose cuan elementos de una masa informe con la de Rosalía. Sin saberlo, ella me iba a proporcionar todas las respuestas que un día pedí a gritos y que sin embargo nunca obtuve.

¿Por qué pensé durante una época que la vida había sido injusta y cruel con mi Pepe y mi señora Amable del alma?, ¿por qué me planteé insistentemente lo diferente que hubiesen podido ser las cosas si hubiese hecho algo que no hice en su momento por ellos?,  ¿por qué tenía que vivir el resto de mis días atormentada por la angustia, por la búsqueda de soluciones inexistentes a problemas que no tenían salida…? ¿Por qué?

Y en ese preciso instante vi la luz,  la de mi lamparita de la mesilla de noche y la de Rosalía; razonados remedios a lo que en otra época y en otro lugar habían sido para mí amargas torturas…

 

Unha vez tiven un cravo
cravado no corazón
e eu non me acordo xa se era aquel cravo
de ouro, de ferro ou de amor
Soio sei que me fixo un mal tan fondo
que tanto me atormentou
que eu día e noite sen cesar choraba
cal chorou Madalena na Paixón.
“Señor, que todo o podedes
-pedínlle unha vez a Dios-,
daime valor para arrincar dun golpe
cravo de tal condición”.
E deumo Dios, e arrinqueino
mais…¿quen pensara…? Despois
xa non sentín  máis tormentos
nin souben que era delor;
souben só que non sei qué me faltaba
en donde o cravo faltou,
e seica, seica tiven soidades
daquela pena…¡Bon Dios!
Este barro mortal que envolve o espírito
¡quen o entenderá, Señor…!

 

Los versos de Rosalía en Follas Novas son expresión directa de sus emociones. En ellos desahoga su corazón mostrando una visión desolada del mundo y de la vida. El sentimiento que predomina en toda la obra es el de la saudade (=soledad), término con el que se refiere al sentimiento derivado de la privación de bienes como el amor, la tierra o la felicidad. Y es precisamente como resultado de la profundización en ese yo, cuando la compostelana descubre un nuevo sentimiento, el de la soledad ontológica. Un sentimiento misterioso que tiene que ver con la radical orfandad en la que está inmerso el ser humano y que Rosalía percibe como el final de un proceso en el cual la desgracia marca la vida con sufrimiento y dolor. Un dolor inevitable que forma parte del individuo y de la sociedad en la que vive y ante el cual la única solución viable es la huida, la pérdida absoluta de la conciencia, la muerte o el suicidio.

“Un lugar en el cual no parecen existir valores  eternos y verdades absolutas y en donde el ser humano está radicalmente sólo. Una esfera en donde la agresividad, la insolidaridad y la moral egocéntrica conducen a muchos a la frustración, al  desfiladero…”

Me gustaría pensar que ese fue su caso, que esa fue la razón, que es por eso por lo que ocurren cosas en la vida que no queremos que sucedan. Y que si Pepe se tiró al tren aquel diez de marzo por lo que fuera que pasase por su mente trastornada y que si la señora Amable acabó sus días dejándose seducir por completo por el señor Alzheimer,  fue por lo que Rosalía me contó aquella noche de verano en Follas Novas. Por el tormento de un clavo de hierro, oro o amor clavado en sus corazones. Por ella, por Soledad. Creo que si así fuese, todo hubiese sido más fácil…

 

…Aquella noche dormí como nunca lo había hecho en mucho tiempo.

 

 

 

Gemma María Pardo
e-mail: realidadliteral@espana.es

 

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lr21.com.uy

 

 

 

 

 

2 – 09-07-2014
1 – 09-09-2005