X – Un pequeño apunte: La madre soltera

 

[Ensayo] 

 

© María Donapetry

 


Si la madre con pareja ya lo tiene crudo, la soltera además va a tener que aguantar y enfrentarse con mucha más intolerancia. No hablo aquí sólo de la mujer que nunca se ha casado, sino también de la cada vez más frecuente madre divorciada.  La madre soltera, muy a pesar de lo posmoderno de la sociedad española, sigue llevando el “estigma del pecado” y los hombres siguen hablando de ella como de una tonta o de una puta o ambas cosas a la vez, y las instituciones (recordémoslo) funcionan de acuerdo con esa misma mentalidad. Así tendrá que llevar adelante su maternidad ya no sólo contra los mismos vientos y mareas que cualquier otra madre, sino también contra los huracanes de prejuicios aún más crueles mientras el padre de la criatura sigue haciendo de su capa un sayo o de su aparato reproductor una juguetería o un churro. En fin, como se quiera llamar al glamoroso varón de hábitos itinerantes cuyo sentido de la responsabilidad es sólo comparable al de la patata pero cuyo cerebro probablemente se considere el de un “listillo”, un “vivales” o, alejándome de eufemismos, “la quintaesencia del cabrón”.
               
Por su parte, la divorciada va a emprender su papel maternal no sólo sin una colaboración firme de su pareja, sino en muchos casos francamente a contrapelo de su ex-pareja. No me refiero a un monstruo de perversidad que ha abandonado a su suerte a la madre y al hijo, sino al civilizadísimo padre moderno, al que pasa puntualmente el dinero establecido para la manuntención de su prole, a ese dechado de virtudes que se lleva a los niños de vacaciones y acude a las citas para recoger o devolver a los niños a la hora que se ha decidido. Me refiero al padre que quiere profundamente a sus hijos. De nuevo, las leyes “favorecen” a la madre: le suelen otorgar la custodia, el privilegio de decidir casi todo lo concerniente a los hijos y la responsabilidad prácticamente absoluta de lo que les pueda ocurrir. La pregunta que me hago es la siguiente: ¿Cuál es el favor que le hacen a la madre soltera/divorciada? El que las autoridades competentes confíen en las habilidades de la madre para cuidar a los hijos sola puede que sea un honor pero en términos prácticos supone una falta absoluta de consideración hacia la calidad de vida de esa mujer.  O, dicho de otra manera, la confirmación de que el cuidado de los hijos es monopolio de la madre.
 
Los niños que se van de vacaciones o de fin de semana con su padre suelen pasárselo bomba. El padre en cuestión no escatimará ni esfuerzo ni dinero para que ese tiempo sea cualitativamente perfecto ya que cuantitativamente es incomparable al que la madre pasa con los hijos. Por su parte, la madre será quien se encargue de todos los asuntos domésticos y de las relaciones del día a día: los deberes, los horarios escolares y de diversión, el comportamiento aceptable, las comidas, las visitas al médico, etc. etc. Las paradojas, de nuevo, son irresolubles. Aunque ya hemos visto que se asocia a la mujer con los instintos y las prácticas “amateur” frente al control científico y riguroso del hombre, a la hora de considerar lo mejor para los hijos de una pareja separada, se deja lo “instintivo y amateur” del ocio en las manos del padre y el “control riguroso” en las de la madre.
 
Hasta que no nos convenzamos todos (hombres, mujeres e instituciones) de que la tarea  es más fácil si se reparte, de que un hombre sí puede criar a sus hijos, de que una mujer no es mejor madre por negarse a delegar cualquiera de las funciones que se le han atribuido con total arbitrariedad, el “favor” que se le hace a las madres solteras es el de condenarla a un ostracismo social y profesional.

 

Conclusión

Sigmund Freud consideraba que las mujeres que no encontraban satisfacción en la maternidad eran anormales de alguna manera. El problema, en mi opinión, no es cuestión de satisfacción o falta de la misma, sino de lo mucho o lo poco que una mujer, cualquier mujer, quiera y pueda adaptarse a una visión muy concreta de lo que es la “buena” maternidad. Lo que Freud no llegó nunca a aclarar es que lo que se conocía en sus tiempos y se sigue manteniendo como “papel maternal” no es natural, instintivo y universal sino contingente y cambiante. Freud se refería a una manera de ser madre que afectaba a un sector económicamente privilegiado de la sociedad, en el que la mujer no tenía ni siquiera la opción de aspirar a otra cosa que no fuera la devoción absoluta al hogar y a los niños. No admitir que ese papel ha cambiado según han cambiado ciertas circunstancias, es negar la evidencia. Hace una o dos generaciones enviar a los hijos a internados era una práctica común en la clase media. El cuidado y la crianza de una criatura es un tema complejo que afecta  a muchas más personas que la madre y su hijo. Las ideologías morales y políticas, el mercado laboral, los recursos de una sociedad, los cambios tecnológicos, los hombres, las leyes, las opciones y responsabilidades que se tengan son factores que determinan en un momento dado el concepto de “buena madre”.

Creo firmemente que la construcción de la maternidad como un atributo esencial psicológico y moral de la mujer debería abandonarse y cambiarse por una percepción que tuviera en consideración no sólo la dependencia material entre madre e hijo, sino también la autonomía personal de la mujer. Sé que mi punto de vista les resultará inaceptable a muchas madres, les sonará a ceder y delegar funciones que siempre han considerado propias porque se lo han enseñado así. Por otro lado, creo ser consecuente con lo que he escrito a lo largo de estas páginas: todas las labores que implica la crianza de un niño no son exclusivo deber y/o privilegio instintivo de la mujer. La maternidad, aunque sea signo inequívoco de ser mujer, no tiene por qué tomarse o entenderse como la anulación de la mujer como persona en cualquier otra faceta o función de su vida.

Si ya nadie se sorprende de ir al juzgado y encontrarse con una mujer presidiendo una sala, o de ir al hospital y que le opere una mujer, o de entrar en un aula y escuchar a una mujer dando una lección, seguramente tampoco le sorprenda a nadie saber que esas mujeres también son madres. Lo curioso es que las ideas sobre la capacidad intelectual y de trabajo de las mujeres y la mentalidad sobre la maternidad no han seguido marchas parecidas. Al contrario, parece como si cuanto más fácilmente se aceptara lo uno, con más ahínco se sostuviera la creencia de que la mujer necesita grandes dosis de control social e institucional para ser una madre pasable.

Las consecuencias de esta disparidad de actitudes no son deseables o, por lo menos, no deseables para un gran número de mujeres que se niegan a tener más de un hijo. No creo que ninguna sociedad tenga tendencias suicidas, así que al empecinamiento en prácticas contraproducentes suele seguirle un cambio que, por lento que sea, trae renovación. La capacidad de adaptación de cualquier sociedad es asombrosa tanto para bien como para mal. En el caso que me ocupa se trata de la maternidad y de hacerla más llevadera. Está claro que lo que se percibe como degradación del cuidado materno es, en realidad, una degradación de la consideración social hacia la mujer.

 

 

mdonapetry@yahoo.com

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Somos Mamas

 

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II. ¡Estoy embarazada! Pues mira que bien

III. Sexo, drogas y rock ‘n’ roll 

IV. El feliz acontecimiento o “poner a parir” 

V. Ahora empieza lo bueno: ¡ya eres mamá! 

VI. La policía láctea

VII. Hogar, dulce hogar

VIII. Guardería 

IX. Mater magistra

 

 

 

 

2 – 08-06-2014
1 – 17-07-2003