Escapada en pos del arte I – El Hermitage en el Prado

 

 

[Viajes]

 

A través de los áridos Monegros, primero, y de la extensa meseta castellana, después, el tren de alta velocidad nos conduce plácidamente hasta el corazón de la península. El sopor de la tarde adormece la atención y confunde al cerebro que ordena a los ojos ver un rojizo sol donde parecía haber habido una negra nube y laboriosas chimeneas donde antes se divisaban airosos campanarios; en la distancia, se alcanzan a distinguir aquellos descendientes de los desaforados gigantes del ingenioso hidalgo, sin nombre éstos al contrario que aquéllos y con otras labores que los primeros. En el ensueño, acuden a la mente sin haber sido convocados los versos antiguos aprendidos en épocas infantiles: … –polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga

Es la hora azul, aquélla en que las sombras difuminan los contornos y se enseñorean del espacio que la luz deja para seguir al sol. La neblina envuelve la moderna estación de Atocha, crecida al amparo de la antigua, en reposo restaurador tras los andamios que la ocultan. Los viajeros irrumpen en el río humano que, en pos de su quehacer diario, los engulle sin inmutarse; el traqueteo de las pequeñas ruedas de bolsas y maletas es absorbido al instante por el más intenso del tráfico rodado, mientras las siluetas de sus portadores se disuelven entre la multitud.

El paseo del Prado bulle de actividad y nosotros pasamos a engrosar las filas de viandantes. Un pequeño tumulto nos desconcierta a la llegada al hotel, a cuya puerta una compacta masa de gente expectante se apiña tras unas vallas metálicas. Como supimos después, no esperaban a ningún personaje ilustre. Eran devotos del Cristo de Medinaceli que guardaban turno para orar ante su imagen siguiendo una tradición centenaria.

A la mañana siguiente emprendimos la actividad que nos había llevado allí: la visita a la exposición organizada por el museo del Prado en colaboración con El Hermitage, de San Petersburgo.

Tras el cristal de un cartel publicitario, la mirada impasible de una elegante dama tocada con una pamela, la Mujer con sombrero negro, de Kees van Dongen, anticipa lo que nos espera dentro de las paredes del recinto. Un breve trámite nos conduce a franquear la puerta y nos evita la larga cola de quienes, menos previsores, van en busca de su entrada.

A modo de bienvenida, tres anfitriones de excepción, Catalina II, Pedro I y Nicolás I dirigen una altiva mirada desde los más de dos metros de altura de sus respectivos retratos a los visitantes, en una muda invitación a seguir adelante para, en seguida, contemplar un buen número de telas que de la mano de pintores locales muestran variadas perspectivas de las calles y plazas de San Petersburgo y de los salones de El Hermitage.

Bajo el título El oro de los nómadas de Eurasia, las piezas cinceladas por sus plateros compiten con las de sus colegas griegos, recogidas bajo el nombre El oro de los griegos. En ambos casos, delicados trabajos en oro y piedras preciosas, realizados entre los siglos IV a.C. y I d.C., decoran broches y peines, torques y vasijas con escenas de caza o representaciones de dioses y héroes.

Cambia el espacio y, en el nuevo, la pintura, la escultura y los dibujos desplazan a las joyas en la atención del observador, obligado a un esfuerzo de adaptación para ir siguiendo y situando aunque de forma somera lo que ve, labor harto difícil dada la cantidad y variedad de las obras que corresponden a maestros de los siglos XVI al XX. El tañedor de laúd, de Caravaggio, El almuerzo, de Velázquez, La Magdalena penitente, de Canova, La bebedora de absenta, de Picasso, El cuadrado negro. de Malevich

Y aunque la belleza ya contemplada y aún no digerida nos inunda por completo, queda un resquicio para repasar las otras salas del museo y volver a contemplar aquello que no vemos desde hace tiempo: la serie negra de Goya, Las meninas, de Velázquez, El jardín de las delicias, del Bosco… y una sorpresa: el restaurado cuadro de El vino de la fiesta de San Martín, de Pieter Brueguel, el Viejo.

Al final de la tarde, ahítos de arte, agotados y hambrientos, recalamos en el café Gijón para reponer fuerzas y para, desde sus ventanas abiertas al paseo de Recoletos, observar el ir y venir de las gentes, quizá como hace un siglo debieron hacer los intelectuales y artistas que allí debatían sobre esto y aquello, ejerciendo esa actividad antigua y en desuso que son las tertulias.

Amanece otra vez y es hora de desandar el camino para retomar la diaria rutina, aunque todavía queda tiempo para una parte de la retrospectiva de Chagall. Un nuevo ajuste de la mente que permita contemplar las obras multicolores de este fecundo maestro surrealista, originario de Bielorrusia y enterrado en Francia. Casas, violinistas, novias, rabinos o animales pueblan sus cuadros y litografías en expresión de sus vivencias y recuerdos transformados, por obra de su paleta, en vivas imágenes de fuertes colores.

Un final perfecto para una escapada redonda, con todos los elementos básicos que gratifican al cuerpo y renuevan el espíritu.

 

Marisa Ferrer P.
La exposición El Hermitage en el Prado finaliza el 08-04-2012

Todas las fotografías: ©2012  Marisa Ferrer P.