VI – La policía láctea – Dar de mamar no tiene porqué convertirse en uno...

 

© María Donapetry

        

La  policía de la leche empieza su labor desde los primeros momentos de la maternidad.  Como dije al principio, a mí me tocó escuchar y seguir los consejos de La Leche League.  Esta es una organización internacional que se ha tomado lo de “la leche materna es lo mejor” como una cruzada, y llevan su mensaje con la misma vehemencia y celo que un testigo de Jehová. Pero La Leche League no está sola, ni mucho menos. Hay ahora una campaña por parte de los médicos y enfermeras en todos los servicios de maternidad de España que se han sumado al lema, a la retórica, a las actitudes y al furor ciego de La Leche League con consecuencias nada deseables para las productoras de la leche. El País del 16 de enero de 2001 tiene un artículo en la sección de Salud del todo revelador. Bajo el encabezamiento de “Neonatología” (¿Se han fijado en que no hay una sección que se llame “Neomaternidad”?) aparece el títular “Aprender a amamantar”. Entre otras cosas dice: “La Declaración de Innocenti, aprobada en 1990 (antes de que yo tuviera a mi hija y todavía hoy vigente) por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y Unicef, propone como meta universal la lactancia materna exclusiva hasta los cuatro o seis meses de edad. Los datos de la OMS en Europa, sin embargo, revelan que, salvo Suecia y Finlandia, el porcentaje medio de lactancia materna exclusiva en este periodo no supera el 16%. El principal motivo aducido por las madres para su abandono precoz es la producción insuficiente de leche (hipogalactia)”.  Más adelante en este artículo de El País se cita a las autoridades en la materia como el pediatra Luis Ruiz Guzmán, el ginecólogo José María Galán y el jefe del servicio de Obstetricia Y Ginecología Rafael Maroto. Si nos creemos lo que dice el artículo que “aducen” las madres, resulta que España es un país de “hipogalácticas”. La autora del artículo no parece interesarse por lo que a mí me parece obvio:”salvo Suecia y Finlandia”. Quiero decir que la cuestión es averiguar qué es lo que hace que las madres suecas y finlandesas sean “hipergalácticas”, ¿no? ¿No será, por casualidad, que en Suecia y Finlandia la sociedad entera se ha puesto de acuerdo para facilitar en todos los sentidos (físico, psicológico, laboral, legal, etc.) la lactancia? ¿O quizás que por esas latitudes haya autoridades con nombres como Luisa, María José o Rafaela?

Otro artículo de El País del 27 de febrero de 2001 aparece titulado “Los niños criados con leche materna tienen la tensión arterial más baja”.  El titular en sí pretende ser una forma de persuasión científica. Al seguir leyendo el artículo el tono toma carácter de urgencia: “La teoría no bien comprobada de que la nutrición en las primeras etapas de la vida influye en la tensión arterial en etapas posteriores ha recibido un espaldarazo con un estudio que publica la revista The Lancet.  Sólo en el segundo párrafo empiezan a desvelarse detalles concretos de este hallazgo científico: el experimento se había hecho en niños nacidos prematuros. De hecho, el final de estos párrafos es: “La conclusión de los investigadores es que el consumo de leche materna en los niños prematuros está asociado con una tensión sanguínea más baja cuando crecen”. Este debería haber sido el titular, pero no habría llamado la atención lo suficiente a gusto del periódico. Al final del artículo aparecen citadas frases de una investigadora norteamericana que aclara que los estudios en niños no prematuros todavía no son concluyentes.

Dar de mamar no tiene porqué convertirse en uno de los factores fundamentales para definir a la “buena madre”. Gracias a la investigación y la ciencia hay docenas de leches maternizadas que pueden alimentar más que adecuadamente a una criatura. Puede que la leche materna sea la de mejor calidad, pero esa leche no mana de un grifo ni se compra en una farmacia o supermercado: es la madre la que la produce y la que la administra, así que también deben tenerse en cuenta las consecuencias para esa madre.

Lo de dar de mamar, por muy natural que sea, no resulta tan fácil. Ya sé, la cosa no parece cuestión de logística, ni de ingeniería nuclear: hay dos pechos con leche y una boca dispuesta a succionar esa leche a más y mejor. Pero primero hay que asegurarse de que 1) se tiene leche suficiente, 2) se quiere dar de mamar “a la moderna”, o sea: tanto y tantas veces como al bebé le apetezca o una crea que le apetece, o “a la tradicional”, o sea: cada x número de horas grite o no el bebé.  Si no se da alguna de estas condiciones, tanto la sabiduría popular como la científica debería dejar a la nueva madre en paz en vez de atosigarla con la cruzada de la leche. No se es “peor” madre por no dar de mamar. Por desgracia, sin embargo, el énfasis en  este asunto es tal que no conozco ni a una sola madre que hable tranquilamente de no haber dado el pecho a su criatura sin añadir una justificación a su decisión o circunstancias. Las que “confiesan” no haber dado el pecho, lo hacen como si se hubieran salido con la suya en algo oscuro y reprochable, de ahí la inmediata explicación justificatoria. Las que no lo confiesan, más listas, probablemente se sienten culpables de algo, a lo mejor no, pero por lo menos no se sienten en la obligación de darle explicaciones a nadie.

¿Qué significa dar de mamar a un bebé? Quiero decir: ¿qué supone para la madre, qué implicaciones tiene? Ya sabemos que la leche materna es estupenda para el bebé. Ahora bien, ¿es igual de estupendo para la madre? En este respecto, ¿actúan la sociedad y las instituciones según lo que predican?, ¿se trata de algo tan lógico y beneficioso para las futuras generaciones que la sociedad entera celebra la lactancia?

Vamos por partes. Físicamente la nueva madre tiene que aprender a dar de mamar. Sí, aprender. Y, a veces, ni siquiera con las lecciones e instrucciones que se dan en el hospital la cosa va sobre ruedas. Hay pezones que resisten cualquier succión, pero los hay que se hacen trizas. En vez de seguir la “filosofía” de la policía de la leche, creo yo, ¿no sería mejor alternar con biberón hasta que los susodichos pezones se recuperen? Y si la cosa continúa por ese camino, simplemente dejar el pecho y dar biberones.  El lavado de cerebro de La Leche League en mi caso fue tan efectivo que seguí dando de mamar sin alternar aun con los pezones sangrando. La Leche League seguía empeñada en que aquello era “normal” y que se me curarían en un santiamén. Mi única manifestación de rebeldía silenciosa fue pedirle a mi marido que me trajera “de contrabando”  4 o 5 cubrepezones, porque el hospital se negó a dármelos. Pero mi rebeldía no era contra el sistema (a todas luces mal pensado) sino contra mi incapacidad transitoria de dar de mamar. Esto es: consiguieron convencerme de que si no le daba de mamar a mi hija, no era una “buena” madre. Podía escoger, pero ante el “buena” y el “mala” madre, opté por obedecer las reglas del momento, aun a sabiendas que eran exactamente eso: del momento, y que no contemplaban para nada el bienestar de la madre.

Dar de mamar es muy cómodo porque la leche siempre está lista y con la medida exacta. Sólo tiene un pequeño inconveniente: nadie puede darle de mamar al bebé más que su mamá. Esto supone estar prácticamente todo el día (a intervalos de 3 o 4 horas con suerte) pegada a la criatura. Para una mujer que trabaja, porque no tiene otro remedio o porque quiere trabajar (y ya hablaremos de los porqués), esta situación es poco menos que insostenible. Aquí las leyes van muy por delante de la realidad que vivimos. Por ley los empresarios tienen que darle tiempo libre a la madre durante el periodo de lactancia. La práctica, sin embargo, es muy distinta. Muchos empresarios se ven perfectamente justificados en no darle trabajo a la mujer en edad fértil por si a la susodicha mujer se le ocurre ejercer sus derechos laborales (¡Hasta ahí podíamos llegar!, no sólo se quedan embarazadas, vomitan, tiene mareos y se cansan, sino que también se toman su tiempo “libre” para parir y, encima, quieren más tiempo para dar de mamar).

Aun en el caso de las empresas que sí se atienen de grado a las leyes vigentes y que sí contratan a mujeres, cabe hacer un repaso de cómo se siente la propia mujer con respecto a lo que implica física y psicológicamente la lactancia. Cuando digo lo de “todo el día pegada a la criatura”, me refiero a las 24 horas del día y no sólo a las horas laborables.  Lo primero que se me viene a la mente es “sueño” o, mejor dicho, “falta de sueño”. Ni el bebé más bueno del mundo, de esos de los que “me duerme toda la noche”, deja de despertarse puntualmente cuando tiene hambre. Esto es: cada 3 o 4 horas necesita mamar. Al agotamiento del parto se añade la imposibilidad de dormir más de 4 horas seguidas. Estas interrupciones del sueño y del descanso producen un agotamiento crónico, particularmente cuando la madre trabaja fuera de la casa además de dentro de la casa. La hazaña es físicamente un logro merecedor de varias medallas olímpicas de oro. (Por cierto, si no te han dado un Oscar por parir, olvídate de las medallas. Es una metáfora). La madre que no trabaja fuera de la casa puede que no sufra de agotamiento crónico, si aprovecha las siestas de su bebé para hacer lo mismo. Pero no sería del todo descabellado pensar que le apetezca también salir a dar un paseo, ver una película, tener una actividad que no esté directa o indirectamente relacionada con el cuidado de su criatura. Estar en casa todo el día pendiente del bebé puede perfectamente convertirse en algo abrumador para quien está acostumbrada a actividades profesionales o intelectuales de cualquier tipo o, simplemente, para quien no se ha sentido obligada a pasar las 24 horas del día pendiente de otra persona. La lactancia, en este sentido, deja poco o ningún margen de tiempo para que la madre haga otra cosa. Es verdad que para el bebé todo su mundo suele ser la madre, pero es una falacia insidiosa el considerar que el bebé es todo su mundo para la madre. No dudo que haya madres felices de renunciar a otro mundo que no sea el bebé, pero mucho me temo que la mayoría no sintamos lo mismo por mucho que nos callemos.

Resumiendo: dar de mamar, no dar de mamar o alternar pecho y biberón debería ser una opción verdadera en vez de convertirse en una de las muchas medidas morales de la maternidad. A nadie debería asustarle dar el pecho o no dar el pecho. Todas deberíamos tener en cuenta las implicaciones, pero todas las implicaciones y no sólo las que un hospital, un médico o una política social decidan que son relevantes.

 

I. Sola (y callada) ante el peligro

II. ¡Estoy embarazada! Pues mira que bien

III. Sexo, drogas y rock ‘n’ roll 

IV. El feliz acontecimiento o “poner a parir”

V. Ahora empieza lo bueno: ¡ya eres mamá!


mdonapetry@yahoo.com

Ilustrador: Juan Moreno
e-mail: beloncio@inicia.es

 

Página de origen de las imagen:
con mis hijos

 

 

2 – 21-03-2013
1 – 12-05-2003