VIII – Guardería


© María Donapetry

 

cap8No todas las nuevas madres tienen a sus parejas con tiempo para cuidar al bebé, ni siquiera a familiares (su madre, su suegra, casi siempre otra mujer) o el dinero para contratar a alguien que lo o la cuide en casa, así que la guardería es la solución. Yo contraté a una señora que venía varias horas al día a cuidar de mi niña mientras tanto su padre como yo dábamos clases en la universidad. En cuanto yo terminaba mis horas lectivas, me iba corriendo a casa para ocuparme personalmente de ella. Recuerdo lo mucho que tenía que correr, particularmente los primeros meses, para dar mis clases entre toma y toma de pecho, pero recuerdo aún con mayor precisión las horas y horas de paseos solitarios empujando la sillita por el parque o el pueblo.  Cerca de mi casa había un parque en el que se reunían varias madres con sus respectivos rorros. En principio no me parecía una mala idea, pero después de un par de “reuniones” de este tipo, volví a mis paseos solitarios. Soy sociable por naturaleza pero tengo mis límites en cuanto a la cantidad y calidad de conversaciones inanes que pueda soportar. A la media hora de oir hablar exclusivamente de pañales, culos irritados, vomitonas, “me duerme/no me duerme”, etc., que es de lo que se componían ya muchas horas de mi vida casera, mi propia irritación superaba con mucho la de la suma de todos los culos de bebés a los que se referían las madres.

Lo que yo quería es distraerme un poquito y charlar de algo que no fuera exactamente lo que había hecho media hora antes y, seguramente, me tocaría hacer media hora después. Pero no cayó esa breva. También es verdad que vivía en un pueblo donde no tenía un sinfín de amistades. El caso es que el parque se convirtió en poco tiempo en símbolo y cifra de aburrimiento intenso.  Cuando por fin conocí a otra chica que tenía una niña de la misma edad que la mía y que se dedicaba profesionalmente a lo mismo que yo (era profesora), nuestras respectivas hijas ya iban a una guardería. Nuestra complicidad se basaba enormemente en lo mucho que aborrecíamos el parque y las conversaciones que solía conllevar y en lo mucho que nos había soprendido a las dos el rol materno. A las dos nos asombraba lo radicalmente que habíamos cambiado nuestras vidas y lo poco que habían cambiado las de nuestros maridos, lo mucho que nos habíamos acomodado a las exigencias de maternidad y profesión y lo poco que las instituciones estaban dispuestas a acomodarse a nuestras circunstancias. Al principio me sorprendió que hablase con tanta sinceridad y luego me sentí acompañada y contenta de no ser la única que echaba pestes del parque y su parafernalia.

Pero estoy adelantando acontecimientos. De lo que quería hablar es de las guarderías y, de paso, de las madres que están deseando volver al trabajo.  Las guarderías han sido ensalzadas o denostadas siempre en virtud de sus efectos o posibles efectos en los niños que asisten a ellas. Se habla de una “buena” guardería cuando se trata de un centro particularmente organizado, limpio y con un “curriculum” brillante de actividades para los niños y niñas. Suele ser cara y se vende a base de prestigio, uniformes, lugar selecto y un personal altamente cualificado. Hacen muy bien. La mayoría de las madres se van a sentir culpables de dejar a su niña en la guardería aunque sea el equivalente del Ritz, pero hará el esfuerzo que sea para conseguir la mejor según sus medios y situación y logrará paliar en parte ese sentimiento de “haber abandonado a su niño” que le pueda entrar. Cuantas veces le he preguntado a un padre si se sentía mal por dejar a su niño o niña en una guardería, me ha respondido que no y ha añadido: “tienes que comprender que mi mujer trabaja, tiene también una carrera, etc.”. Nunca se le ha ocurrido a ninguno decir: “es que tengo también una carrera, un trabajo, etc.”.Se sobreentiende que la persona que está “delegando sus funciones propias” es la madre y no el padre. Una ojeada a la noticia de que el ministro de Defensa Federico Trillo-Figueroa “anuncia guarderías en los cuarteles para facilitar la incorporación de mujeres” al ejército (El país 23-3-01) prueba que lo que digo no es una exageración. Las guarderías, en este artículo, están pensadas para que la madre pueda incorporarse al trabajo tras su maternidad, no para que el padre pueda hacer lo mismo porque, entre otras cosas, lo ha hecho siempre.

Me parece estupendo que pongan guarderías en los cuarteles. Si no fuera porque mi hija ya tiene nueve años, casi me dan ganas de apuntarme al Tercio. Lo que no dice el artículo pero está más que claro es la asociación automática entre “guardería” y “madre”. En este mismo artículo, y sin tener que ver directamente con las guarderías, se apunta que el mismo ministro “calificó de ‘aviso a navegantes’ la destitución del delegado de Defensa en Girona por menospreciar la capacidad de las mujeres para superar las pruebas físicas de acceso a la tropa profesional”. Obviamente el ministro ha presenciado un parto y, en cambio, el navegante no.

Por si alguien pensara que esto ocurre en España y no en otros países, tengo el consuelo de tontos a mano: un artículo sobre un estudio que se ha hecho en Inglaterra y en EE.UU. sobre los efectos en la criatura que va a la guardería. Parece ser que se ha demostrado que el 17% de estas desafortunadas criaturitas se vuelven más agresivas y problemáticas cuando crecen que las que se quedan en casa con sus mamás. Uno de los investigadores más importantes en este proyecto, después de haber oído las protestas ante las interpretaciones de los datos estadísticos que había obtenido, opina que las personas que no están de acuerdo con sus conclusiones “están tan ocupadas protegiendo a las madres de sus sentimientos de culpabilidad que han perdido de vista la ciencia” (LA Times, 19-4-01).

A lo que iba, el sobreentendido de que las guarderías son un recurso para las madres y no para los padres lo conocen bien quienes regentan las guarderías y, a veces, lo explotan. El horario de muchas guarderías no se adapta a la jornada laboral normal (8 horas al día) suponiendo que la madre va a dejar lo que quiera que sea para adaptarse al horario de la susosdicha guardería. Por otra parte, sin guarderías sería casi imposible para las madres tener un trabajo normal.

 Dejar a los niños en una guardería también suele tomarse como medida de la “buena” madre. Si eres una mujer de escasos medios económicos y te pones a trabajar lo antes posible después de parir, bueno, pues qué remedio. Si eres una mujer de clase media o profesional, empiezas a darte cuenta de que se espera de ti una explicación si vuelves al trabajo poco después de haber parido. Existe un doble standard no ya sólo entre padres y madres, sino también entre madres que necesitan trabajar por razones económicas y madres que no necesitan trabajar por las mismas razones. Estas últimas son las que tienen que dar explicaciones a una sociedad que juzga sin conocimientos y sin sutileza alguna en sus consideraciones. El “no necesitan” es la clave para designarlas como “malas” madres. Sólo se considera “necesario” lo económicamente “necesario”, lo relativo a la supervivencia material mientras que se desecha cualquier otra necesidad como veleidad típicamente femenina, egoísta y superflua.  Este doble standard es tan injusto que considera a la madre de escasos medios “una lacra social” si se queda en casa con su bebé y recibe beneficios de la Seguridad Social, y una “santa ejemplar” a la mujer de clase media que se queda en casa y deja un puesto de trabajo que le aportaría un sueldo considerable. Paradójico, ¿verdad? O quizás no lo sea tanto si consideramos que los puestos de trabajo de la madre “pobre” no los quiere nadie (ningún hombre) y los de la madre “profesional”  los quieren muchos.  Las madres “profesionales”, por otra parte, no son tan fácilmente echables de un puesto de trabajo como lo son las madres “pobres”, así que a las empresas les interesa mantener este múltiple standard e incluso seguir multiplicándolo.

 Además de esta situación, en la que el Estado debería intervenir y no lo hace ni eficaz ni efectivamente, también debemos considerar que muchas madres quieren volver al trabajo aun cuando económicamente pudieran sobrevivir sin trabajar fuera de la casa.  Como dije anteriormente, puede que haya mujeres que al tener un bebé no quieran hacer otra cosa que dedicarse a su bebé, y me refiero a las que tienen la opción de salir o quedarse en casa, pero hay muchas que consideran su profesión algo más que ganar suficiente dinero para pagar la guardería. Tener aspiraciones después de haberse entrenado en una carrera durante años, tener una vocación profesional o, simplemente, desear estar en un ambiente laboral diferente a la casa (y al parque) es perfectamente compatible con la maternidad.

 

 

mdonapetry@yahoo.com

 

Ilustrador: Juan Moreno

e-mail: beloncio@inicia.es

 

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2 – 15-01-2014
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