IV – El feliz acontecimiento o “poner a parir”

 

© María Donapetry

 

 

¿Cómo se le ocurre a nadie llamar al parto “feliz acontecimiento”? “Feliz acontecimiento” es, sin duda, el nacimiento de un bebé, pero el parto, en la mayoría de los casos, puede describirse de cualquier manera menos “feliz” en sí. La felicidad seguramente se asocia con el término del embarazo y con la certeza de que el parto se acabará en algún momento. ¿Por qué y qué queremos decir con “poner a parir a alguien”? Como poco indicamos las ganas de hablar mal de alguien, cuando no indicamos que desearíamos para cierta persona algo tan “feliz” y con tanto éxtasis existencial como un parto. O sea, comparamos el dolor y la ansiedad de un hecho físico constatado con el dolor que querríamos que sufriera la persona a quien nos referimos. El lenguaje popular, en este caso, no es engañoso sino de precisión inequívoca, mientras que ese mismo lenguaje se llena de pretenciosos eufemismos cuando compara el parto con una fiesta o una celebración. ¿A que a nadie se le ocurre decir “voy a ponerte en trance del feliz acontecimiento” cuando le desea a alguien un mal a su persona o a su reputación?


La Guía Prenatal empieza hablando de que “antes”
(no precisa cuándo exactamente) “el parto era un acontecimiento natural como muchos otros, sin duda importante y doloroso, pero que se afrontaba con conocimiento y resignación y que, en la mayoría de los casos, se resolvía sin demasiados problemas”. Y sigue: “En todos los casos en los que se presentaban complicaciones, la situación se volvía dramática y a veces letal tanto para la madre como para la criatura. Para resolver estos casos, la medicina  se ‘adueñó’ del embarazo y del parto logrando garantizar una mejor asistencia a la parturienta y al recién nacido, pero también imponiendo ciertos costes”.  Y continúa explicando que los “costes” están basados primordialmente en el cambio de entorno físico (de la casa a la clínica o al hospital) y en la pérdida de control sobre el proceso (de comadrona y familiares conocidos a enfermeras y médicos no necesariamente conocidos para la parturienta). El hecho es que hoy la mujer que va a parir tiene que poner toda su fe en la tecnología y los conocimientos del personal del hospital para que todo vaya “bien”. Ahora vamos a ver que se entiende por “bien” en cuanto a parir se refiere.


Mucho antes del parto, en las visitas al ginecólogo
, hay personal especializado que sugiere modos de preparación para el parto: gimnasia, yoga, el método Lamaze (“parto sin dolor”), etc. Todos están pensados para hacer el parto más llevadero y menos traumático tanto físicamente como psicológicamente. Muy bien. Me congratula pensar que hay quienes de verdad no han sentido dolores insoportables o un miedo cerval durante el parto simplemente a base de jadear a un ritmo determinado o a base de encontrar una comunión espiritual placentera con su yo íntimo o el de su pareja. Sin bromas. Pero hay que reconocer que no todas las que hemos parido (o tenido una cesárea) hemos podido sublimar los dolores de dilatación y de parto tan deportivamente. Me interesa este último grupo, las que tienen la mejor voluntad del mundo para parir (no hay alternativa, de todas maneras), pero que las pasan canutas antes, durante y después.


El grito de guerra de muchas mujeres hoy día cuando se ponen de parto
es: ¡EPIDURAL YA MISMO!, y no le debería extrañar a nadie porque este tipo de anestesia le ahorra a la parturienta los peores y más agudos dolores.  La oferta de métodos o drogas que suavicen el parto es relativamente amplia, además del yoga y el método Lamaze ya mencionados, hay hospitales que tienen baños amplios de agua tibia, máscara de un gas que alivia, gotero, pequeños aparatos eléctricos que mandan diminutas descargas a la zona lumbar y anestésicos más o menos potentes.  Naturalmente, también tienen la posibilidad e parir “a pulso” o, para usar un eufemismo, “de forma natural”. Pero estas opciones no se le presentan a la parturienta totalmente exentas de carga moral, ni mucho menos.  Se asocian los anestésicos con la posibilidad de perjudicar al feto y “los métodos naturales” (Lamaze, baño, descargas eléctricas y ‘a pulso’) como los mejores y absolutamente inocuos para el feto. Ante la disyuntiva, ¿cómo va a sentirse la mujer completamente cómoda consigo misma y con la sociedad que la rodea, si va a tener que decidir entre ahorrarse dolor y “perjudicar” al feto o “morder la bala” y aguantar lo que se le eche encima “como una mujer”, o sea: calladita?


Ahora que yo ya no tengo edad para enfrentarme con ese tipo de decisión
, el sentido común me dice que si se ofrecen ciertos anestésicos como verdadera alternativa, será porque funcionan y no perjudican a la criatura de manera apreciable o irreversible. No puedo creer que toda la comunidad científica considere aceptable una práctica nociva para la salud de la madre, del bebé o de los dos. Pero, como he dicho, yo no estoy en situación de decidir y no tengo a mi alrededor a nadie que quiera o pueda influir sobre mi criterio en este asunto. Este no es el caso de quienes no saben de qué dolor se trata y, por lo tanto, optan por cualquiera de los métodos sin conocimiento de causa. La mezcla de miedo y desconocimiento es explosiva porque se presta a todo tipo de manipulación física y psicológica. El remedio, dado que sólo la experiencia de un dolor concreto le hace a uno consciente de la intensidad del mismo y de la capacidad o incapacidad propia para sobrellevarlo, no está en las manos de todas y cada una de las mujeres que van a parir por primera vez, sino parcialmente en las de las mujeres que ya han parido y no mienten, y parcialmente en la comunidad médica. Cuantas más mujeres con experiencia en partos formen parte de esa comunidad, más probabilidades existirán de que el parto sea lo menos traumático posible


Como dije al principio, mi propia madre me describió el parto
como “tirar un muro con la cabeza”. Ella tuvo cinco muros que tirar con el método “natural” y los superó contenta y con ánimo pero sin amnesia. Cuando ella misma fue testigo de otro parto (el primero de su hija mayor) se desmayó de la impresión y no volvió a presenciar otro porque, según decía, “no sirvo para nada en esas circunstancias, más que para estorbar”. Realista al fin y al cabo.


Dicen que el “techo de dolor” de las mujeres es más alto que el de los hombres
. No lo sé. Lo que sí sé es que no comprendo por qué se ha convertido en una virtud algo que tiene todos los visos de ser una maldición. La capacidad de aguantar es estupenda cuando no hay otro remedio, pero se convierte en virtud moral y de carácter cuando se trata de madres. ¿Por qué? ¿Porque se considera “buena” a la madre sufrida y abnegada?, ¿porque tiene más mérito?  Ni idea al respecto, porque no puede entrarme en la cabeza el encumbramiento del dolor en sí. La religión católica, que es mayoritaria nominalmente en España, tendría mucho que decir a la hora de explicar la asociación entre dolor físico y mérito. Es precisamente la religión la que ha articulado durante siglos el modelo de madre y, sospecho, la que ha considerado el “parirás con dolor” como destino de la madre cristiana.  Pero no es la religión la única fuerza social e ideológica que traduce ese sufrimiento evitable en fibra moral admirable. Muchas mujeres se consideran a sí mismas acreedoras de un respeto y un poder exclusivo como resultado de haber sobrellevado los dolores de parto. Este respeto y poder lo imponen, o quieren imponerlo, no sólo sobre los hijos, sino también sobre otras madres de menor “calidad”, como si del dolor concreto dependiera la calidad de la maternidad. De nuevo, en este asunto, la retórica que triunfa es la de naturalidad y abnegación a cambio de¼ qué, ¿de que se reconozca que la mujer puede parir como las vacas?


Mi experiencia es limitadísima porque yo no parí, sino que me hicieron
una cesárea. Muchas mujeres me han comentado la “suerte” que había tenido en ahorrarme el parto. No sé qué decir en términos comparativos. Me limitaré a glosar mi experiencia y mis observaciones a ver si hacen eco en las de otras mujeres.


Se me anunció la cesárea 24 horas
antes con el consiguiente miedo a que algo no anduviera bien. La médica que me había observado me dijo que ya casi no tenía líquido amniótico, que eso pasaba a veces y que no se sabía porqué. Con un pánico incomparable a ninguna otra circunstancia en mi vida, volví al hospital esa misma noche a que me prepararan para la operación: dieta especial y afeitado del vello púbico. Aún no sé por qué nos afeitan todo el vello púbico o si en todas partes lo afeitan, pero es una molestia considerable teniendo en cuenta que, por lo menos a mí, me lo hicieron en seco y que luego, cuando vuelve a crecer el pelo, los picores son más que engorrosos y molestos.  Más tarde apareció el anestesista que iba a ponerme la epidural para la cesárea y le quedé muy agradecida por sus palabras de ánimo. Un par de horas más tarde me dijeron que me fuera a casa porque no había sala de operaciones para mi cesárea al día siguiente.  La pregunta que se me vino inmediatamente a la cabeza, pero que nunca llegué a articular, fue: ¿Pero no habíamos quedado en que mi situación no era normal, que mi niña corría peligro y que había que sacarla inmediatamente? Ante mi cara de desconcierto, y sin que a nadie se le descolocara ni un pelo, fue: no hay sala de operaciones.


Otro día de miedo y nerviosismo. Volví al hospital la noche siguiente
a que “me prepararan”. La mañana de la cesárea empezó con un desayuno eufemístico: no desayuno. Bajada a la sala de anestesias donde estaba otro anestesista a quien le gustaba la música de ascensor. Ya que tenían que ponerme una pequeña anestesia en la espalda para ponerme la epidural, e iba a llevar algún tiempo, le pregunté si la música era parte del proceso de la anestesia. Dijo que no y, entonces, le pedí que la cambiara a algo más potable.  Por fin me puso la famosa epidural y, a los minutos del pinchazo, empecé a temblar como si me hubiera dado un ataque de miedo y de frío a la vez. Aquello parecía más un estado de convulsión que una temblona. Me tocó un anestesista gracioso (de verdad) y me preguntó que si tenía miedo. Le dije que sí, que estaba aterrorizada. Me calmó diciéndome que las convulsiones eran “normales”. Cuando por fin dejé de sacudirme, ya no sentía nada del pecho para abajo. Ya estaba lista para la operación.  En el quirófano, además del personal directamente implicado en la operación, estaba mi marido con una bata verde que hacía juego con su cara.  Por cierto, ¿de dónde viene esto de que el marido o progenitor esté en la sala de partos? Ya sé que hay mujeres a las que les apetece tener un “cheer leader”, un animador que articule las consignas apropiadas (“empuja, empuja”, “respira así o asá”, “dale, ¡campeona!”) y tal, pero lo de la “participación activa en el parto” me parece una tomadura de pelo sin precedentes, y eso de que “participe” cortándole el cordón umbilical a la criatura me parece aun más idiota.  En fin, en lo que estaba: la incisión se iba a hacer de forma transversal “para que no se viera la cicatriz cuando me pusiera bikini”.  Preguntas: ¿Realmente es mejor cortar el vientre transversalmente?, ¿no se cortan más músculos así?, ¿en qué bikini están pensando?, ¿por qué no me preguntaron si la prefería tradicional (vertical)?, ¿por qué no me dijeron nada sobre las consecuencias de cortar de una manera u otra excepto darme la nota chic sobre “la línea del bikini”?, ¿o es que realmente creyeron que lo único que podía importarme en ese momento era el tamaño de mi próximo bikini?


Durante la operación una no se entera más que de sonidos
que sabe que proceden de actuar sobre el propio cuerpo pero que no se sienten.  Incluso antes de succionar de todo y coserte, la criatura está ya fuera y el pediatra comprueba el estado de salud de la misma. ¡Felicidades!, es una niña preciosa y está estupendamente.  Poco a poco vuelve la sensibilidad al cuerpo. Una sonda bien metidita para mear, una bolsa de plástico con analgésicos y todo directamente conectada a la vena y un bordado con dos botones en el bajo vientre.  Comparado con un parto, la cosa parece un paseo militar.  Pero no.  La recuperación de un parto normal, y lo digo porque veía a mis compañeras de sala, duraba un día o día y medio. La cesárea tarda mucho más y los dolores son de caballo. Pero no quiero adelantarme y empezar a hablar de los primeros días de ser madre sin haber hecho un repaso del “adueñamiento” del parto por parte del hospital y su personal.


No en todos los hospitales ofrecen la epidural.
En algunos no la ofrecen porque el anestesista y el o los ginecólogos hacen las guardias con el móvil, no en el hospital, de modo que la mujer en cuestión se pone de parto “a deshora”, tiene muchas posibilidades de que el parto sea a pelo, a la brava, a gritos o de forma “natural”. Mientras la parturienta se queja con mayor o menor nivel de decibelios diciendo cosas como “no puedo” o “me muero”, la comadrona apostilla “sí puedes, mujer”, creando así una tensión más en la parturienta a quien, si tuviera fuerzas para ello, le gustaría abofetearla. Si, además, se le ocurre a la enfermera o a la comadrona decir algo como “es que está muy nerviosa” como explicación aguda de un proceso del que sólo ellas entienden, la parturienta bien podría contestar que sí está nerviosa porque nunca ha hecho anteriormente lo que está haciendo pero, además, le duele todo el cuerpo de manera insoportable y ni su cerebro ni sus riñones saben cómo encajar el dolor. Por otra parte, cuando una está nerviosa por cualquier motivo, no le duelen los riñones ni piensa que se va a rajar por la entrepierna. Así que el comentario “es que está muy nerviosa”, además de inútil, es contraproducente. Creo que cualquier parturienta agradecería que no se hablara en su presencia de ella misma como tercera persona. Creo también que la información verdadera y no enjuiciada sobre el proceso y sobre el dolor es aceptable y ayuda, en vez del comentario prejuiciado o banal.


Los dolores de parto no se olvidan
, se perciben a posteriori como justificados cuando se ha tenido a una criatura sana. El argumento filosófico para este “olvido” del que tanto se habla y sobre el que tanto se miente es que mereció la pena, como si el dolor fuera el pago por el premio. Pero ya sabemos que las cosas no son, o no deberían ser, así.

 

Capítulo I – Sola (y callada) ante el peligro

Capítulo II – ¡Estoy embarazada! Pues mira que bien

Capítulo III – Sexo, drogas y rock ‘n’ roll 

 

mdonapetry@yahoo.com

Ilustrador: Juan Moreno
e-mail: beloncio@inicia.es

 

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elpartoesnuestro.es/blog/2011/11/14/imagenes-que-nos-hacen-pensar-panos-verdes

 

1 – 10-04-2003