El Transiberiano – Problemas y complicaciones

 

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Llegamos a la estación y un chico, en perfecto inglés, se ofreció a llevarnos las maletas en un carrito. Nos dejó sentados en unas sillas al aire libre (tras desplazar las maletas 50 metros), quedó en regresar a las 14 horas y siguió trasladando maletas de otros viajeros. A la hora convenida volvió a cargar las maletas en el carro y las llevó al andén (100 metros). Los billetes del tren son nominales, incluyen el nombre, apellido y número de pasaporte. En el de Toñi uno de los números variaba (ponía 8 donde debía poner 0); explicamos mil veces que sólo era un error, enseñamos el plan de viaje conjunto, subrayamos el hecho de que el nombre, apellido y resto de los números del pasaporte coincidían, todo inútil. ¡Qué follón hacerles comprender que sólo era un error tipográfico!, por poco nos tenemos que quedar todos sin subir. Entre tanto, el chico (con otro compañero que apareció de repente) subió las maletas a los vagones. Yo le fui a dar 100 rublos (unas 500 antiguas pesetas) y me los rechazó pidiéndome 75 dólares. Discutí con él sintiéndome estafada, pero con miedo a perder las maletas, o algo más (esta sí que fue la misma sensación que la que tuvimos en el aeropuerto de Bucarest camino de Timisoara). Cefe tomó la sartén por el mango, nos mandó encerrarnos en los camarotes (con las maletas dentro) y le dijo al chico que 100 rublos o nada. El chico le amenazó: I am boxer, redujo la tarifa a 50 $ y siguió dentro del tren; pero al final se apeó ahorrándonos los 100 rublos.

Estuvimos quietos hasta que el tren salió y los porteadores se quedaban en tierra, y entonces empezamos a preocuparnos, cada uno por cosas distintas: cómo cerrar el camarote desde fuera para ir al restaurante o bajar en las estaciones (resultó imposible hasta para Macgiver); –qué y cómo íbamos a comer (eso fue lo que mejor resolvimos); –dónde estaba la ducha. Durante bastante tiempo me negué a creer que no había ducha (que en el camarote no estaba era obvio) y di vueltas por el vagón abriendo todas las puertas que «pudieran ser» la ansiada ducha. Nada, no había duchas en el único vagón de primera de todo el tren. Me recorrí entero el vagón restaurante (el único de hipotético uso común) y me pareció ver un mango de ducha en el lavabo, pero ni siquiera tuve tiempo de investigar cómo diablos acoplarlo al grifo. La zarinovska del restaurante (antipática en grado superlativo) me dijo claramente (aunque sólo hablaba ruso) que aquel baño era el de ellos, que yo sólo podía acudir a los baños de mi vagón y que le preguntase a la jefa del vagón cómo ducharme. Tuve que rendirme a la evidencia, la encargada del vagón sólo podía proporcionarme un cubo de zinc para mi ducha. Aceptado el hecho nos organizamos para la inspección del tren, que resultó demoledora.

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Nuestro vagón era, con mucho, el mejor de todo el tren, en el siguiente los camarotes eran de cuatro personas, daba para atrás y ni digamos asomar la nariz en el vagón de 6 literas por camarote (todos los demás vagones eran así, lo fuimos descubriendo cruzándonos con el resto de los trenes porque decidimos que no seguíamos avanzando hacia atrás en el tren). Al otro lado estaba el vagón restaurante, ¿cómo podía decir el folleto: reservad segundo turno para disfrutar de la sobremesa? Aquello no era un restaurante, era sólo un almacén de cajas (que ni sólo ni prioritariamente contenían comida). En los cuatro días sólo fuimos nosotros y unos alemanes un día que no tuvimos tiempo de comprar comida en el rato de parada y que los del restaurante tuvieron a bien atendernos. Otro día, a las 20 horas, fuimos a cenar al restaurante; la zarinovska nos señaló el cartel (un folio amarillo con letras negras): 10-23 y nos dijo que no atendían. Le señalamos el cartel y nuestra hora en el reloj, pero no hubo manera, tuvimos que recurrir a la despensa. Hubo que pagar alquiler de sábanas y toalla (que ni el el bar de Goñi la usaríamos como trapo) y también de vasos con «jarra» para el agua caliente (había un depósito con grifo que permanentemente tenía agua caliente mediante un fuego de leña). Jamás hubiese subido al tren de saber cómo era, me sentía timada, preocupada y hasta amedrentada. ¿Cómo es posible que al organizar el viaje no hubiese preguntado si había médico a bordo del tren? ¿Por qué no me había informado de las estaciones que tenían aeropuerto? ¿Qué hacíamos si a Rosalía seguía doliéndole la cabeza? ¿Podríamos comprar comida en las paradas?, …. El panorama se presentaba negro oscuro, pero todo fue mejor a cada paso (no podía ir peor, ¡claro!). Cefe y Rosalía se volvieron expertos compradores de andén y creo que hasta engordamos con la surtida despensa: nescafé, leche condensada, yogur, quesitos, chocolate, pan, bollería, panes preñados (con salchicha, carne, col, …), huevos duros, patatas, fruta variada (arándanos, frambuesas, grosellas, ciruelas, guindas, manzanas, …), y si no tuvimos pescado fue porque no le dejamos comprar a Cefe (eso que puso empeño). En el restaurante sí que comprábamos cervezas y agua. Preparamos una botella de agua para vaso de ducha y yo al menos me echaba encima unos 30 litros de agua (10 vasos para enjabonarme y más de 40 para el aclarado). Eso sí, el agua podía ser caliente, pues con llenar menos de medio cubo de la que salía casi hirviendo te quedaba todo el cubo a temperatura óptima. Toñi ejerció de peluquera: lavado, masaje, secado y peinado; y de experta esteticién:  nos dejó unas manos … Rosalía aprendió a jugar al mus (muy rápido y bien) y jugamos grandes partidas. Hablamos de todo, hasta tuvimos clase semiprácticas de fontanería, foniatría, logopedia, asuntos médicos, …

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El tiempo pasó deprisa. No creo que sea un viaje recomendable, pero me alegra haberlo hecho: ¡Qué impresionantes bosques, tundra, llanuras inmensas y, sobre todo, ríos: Volga, Irtish, Obi, Yenisei, Angara, …! . ¡Qué cielo tan limpio y lleno de estrellas que parecen muy cercanas (nunca he visto tan grande la Osa Mayor)! Algunas de las ciudades del camino son muy grandes: Yekaterinburg, Tyumen, Omsk, Novosibirsk, Krasnoyarsk, Irkutsk; los apeaderos de pequeños poblados tenían encanto: las gentes del pueblo acudían a vender al andén productos que habían hecho en casa o que recogían por el bosque, los precios eran muy baratos y todo te invitaba a comprar (la vida no es fácil para los campesinos siberianos, pero para nada intentaban engañarte ni cobrar lo que hubieran podido; seguramente están acostumbrados a vender a sus propios vecinos, los extranjeros del tren éramos muy minoritarios). Los numerosos y pequeños huertos que pasaban ante nuestros ojos muestran que ahora los rusos tienen que confiar en sí mismos, no en el estado, y que sus productos son esenciales para la vida de mucha gente que depende de ellos. Al avanzar se iban notando los cambios climáticos, los distintos productos agrícolas y los rasgos diferentes en las personas, cada vez más mongoles y achinados. El horario en el tren y en las estaciones seguía siendo el de Moscú, pero cada día amanecía más de una hora antes (Irkutsk tiene 5 horas de adelanto respecto de Moscú y, en el verano, 7 respecto de España). Aquello era Asia, otro mundo en el que todo era posible, hasta mafias chinas atracando el tren (nos aseguraron que pasado Ulan-Ude eran frecuentes los asaltos al tren). La gente del restaurante no sé si era gente de una mafia, pero sí causaban una impresión extraña. El negocio no era el restaurante, nada hacían para vender comida, cargaban y descargaban cajas cerradas, iban 5 personas en el vagón restaurante sin cometido claro (dos de ellos parecían drogados) y daban miedo cuando pasaron a nuestro vagón a un camarote ocupado (por una noche) por dos tipos extraños y babosos. Decir que me lo pasé muy bien, que me alegro de haber cogido el transiberiano, suena a lo de la zorra y las uvas (o a síndrome de Estocolmo), pero es cierto. la prueba más clara es que superé lo de la «no ducha» sin esfuerzo alguno y sin darme cuenta. Me quedé con la pena de no haber podido disfrutar más del paso por los Urales porque era ya de noche cuando los cruzamos y porque el tren pasa por un valle (casi desfiladero) que no permite hacerte una idea de la altura de las cimas y de la amplitud de los montes. Novosibirsk me hizo especial ilusión, porque de niña lo estudiábamos en geografía por las bajas temperaturas que llega a tener, por los matemáticos de ahí que conozco (que me han hablado del límite de los -35 grados para la vida normal), por todo el referente de calidad en investigación que fue su universidad hace no tanto tiempo, hasta por el nombre y por ser la capital de Siberia. Se me han quedado grabados en la retina los ríos (más impresionantes que el Amazonas o el Nilo), los bosques y bosques que a derecha e izquierda acompañan las vías (me lo imaginaba más desértico) y la sensación de inmensidad y misterio (que supongo aún mayor en el largo invierno helado). Si ahora organizara el viaje, volaría de Moscú a Yekaterinburg, luego a Omsk, después unas horas de tren hasta Novosibirsk y de nuevo vuelo a Irkutsk. El lago Baikal es una maravilla que hay que ver, pero no puede pasarse por Siberia de un salto, sin recorrer con calma algo de ella.

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Al llegar al lago te encuentras primero con el río Angara (al que confundes con el lago por su inmensidad) y te quedas sin palabras al contemplarlo ante ti (eso que lo que hemos visto es sólo un trocito). Es más grande que Holanda y Luxemburgo juntas, recorre más de 700 kilómetros en dirección noreste, tiene una profundidad de más de 1600 metros, contiene 1/5 del agua dulce de todo el mundo, tiene flora y fauna endémicas, está rodeado de preciosas montañas, tiene 300 ríos que vierten a él sus aguas y sólo un río (el Angara) por el que desagua, … Es siempre cambiante, sus aguas son cristalinas y permiten ver a más de 50 metros de profundidad (tiene unas bacterias que oxigenan y limpian, un cadáver desaparece del todo en tres días), tiene mareas como un océano y puede ser, un mismo día, lago en calma o mar embravecido (hubo fuerte marejada el segundo día de nuestra estancia). Absolutamente precioso y mágico (Cefe se hubiese quedado, una casita allí es un lujo).

En toda esta zona vivían tribus primitivas con religiones chamánicas, llegaron después los tártaros (turcos y mongoles) dando lugar a los «buriatos» y quedan restos de una cultura que mezcla ritos chámanicos y budistas (influencia China). Los colonos rusos se extendieron muy pronto por Siberia (llegaron hasta Alaska, que fue rusa durante un tiempo) llevando su religión (ortodoxa) y costumbres y dando origen a la Siberia blanca; les acompañaron muchos grupos peculiares, como los cristianos viejos (división ortodoxa por cuestiones tan nimias como santiguarse con dos o tres dedos, número de aleluyas, …) con sus prohibiciones de usar acero o metales, beber alcohol, …  Los zares enviaron a Siberia «lo mejor de cada casa»: ladrones, adúlteros, asesinos, fumadores de rape, … Hubo también ingleses que se establecieron cerca de Irkutsk con la idea de cristianizar China desde arriba y también algunos predicadores católicos. Los exiliados políticos de la época de los zares tuvieron gran importancia en el aspecto cultural y en la posterior conversión al comunismo. Los pocos que sobrevivieron a la muerte a la que les envió Stalin y algunos de sus familiares también han aportado su granito de arena a la constitución de lo que hoy es Siberia.

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Es una tierra dura y difícil, rica en recursos, con gentes muy diversas y clima inhóspito. Ahora es, además, una zona inestable en la que abunda la delincuencia. El mismo tren, el pueblo de Lystvianka y la ciudad de Irkutsk muestran a las claras la decadencia (no sé si idealizo situaciones anteriores, pero sí es seguro que la zona conoció mejores tiempos), la economía está tambaleante y con ella todo lo demás (en la universidad de Novosibirsk sólo permanecen los investigadores que no han podido marcharse). La ciudad de Irkutsk fue fundada en 1661 y fue muy bella en la época en la que la habitaban los magnates del oro y los traficantes de pieles. Quedan en pie hermosas casa de piedra y ladrillo, pero la ciudad antigua parece fantasmagórica y vacía. En la zona nueva hay mucha animación y también gentes extrañas. Se percibe que hay mafiosos y estafadores (recuerda un poco a lo que en las películas de la conquista del oeste se suele ver). Coches fastuosos por las calles, contrabando de todo tipo de artículos, sensación de que la vida no vale demasiado, leyes permisivas con los ricos, mucho alcohol, … Produce una sensación extraña, eso que tuvimos mucha suerte con el restaurante (la comida fue excelente y barata, aunque ponía en la carta de postres: ciruelas con chocolate y chocolate elaborado y lo que nos sacaron fue: una caja de bombones y una tableta de chocolate) y con las compras (marcas más o menos legales a precios de ganga, y hasta encontré oro comprable). Daba miedo pasear por la ciudad de noche y el hotel era la prueba más evidente de que algún día fue magnífico, pero ahora es sólo viejo. Los 60 kilómetros de Lystvianka a Irkutsk te trasladan de un paraíso natural (aunque no sé si los lugareños lo perciben así) de 2500 habitantes muy esparcidos, a una ciudad de unos 750000 habitantes a la orilla de un río, también precioso y enorme; pero a un mundo que parece bastante corrupto y duro (aunque la gente fue amable con nosotros y no presenciamos ni robos ni peleas). Nada tiene que ver con Moscú o San Petersburgo, están demasiado lejos. Irkutsk es casi fronterizo, está muy cerca Mongolia y China, se comunica sobre todo por tren y por ella pasan: transiberiano, transmongoliano y transmanchuriano. Es más barata y está mucho más llena de «capitalismo» que otras ciudades rusas, pero también está más abandonada (económica, política y culturalmente) y no tiene demasiado clara su identidad (estuvo en tiempos aquí el núcleo fuerte de la independencia siberiana, pero ahora tienen urgencias más acuciantes que la de la posible independencia). Me hubiese gustado tener unos cinco días más para subir hacia el Ártico por la ribera del lago, pero habrá que dejarlo para otra ocasión.

Estos son algunos de mis recuerdos (tengo muchos más) de un viaje maravilloso que ninguna agencia puede proporcionar: los amigos son un misteriosos regalo que he tenido la suerte de recibir. He recordado la frase de Cefe: «las francesas nos perjudicaron» y he descubierto que a mí me perjudicó (y de rebote a todos) la temeridad con la que suelo actuar (sobre todo en los viajes). No os hagáis ilusiones, no voy a tener que poner 10 euros más porque ya me callo. Supongo que un viaje sería perfecto si:

– Elena y Toñi organizasen el itinerario, viajes y alojamiento.

– Rosalía y Cefe respondiesen del avituallamiento y las compras.

– Felipe hiciese las maletas y aprendiese el idioma correspondiente.

– Yo me limitase a sugerir lugares y a montar, como mucho, una excursión a la que acudir como niños: sin saber cuán largo y cómodo es el viaje, si estamos en el final del recorrido o sólo en un punto más, si nos toca glotonería o ayuno, …

 

¿Estáis de acuerdo en que algún problema y un poquito de emoción no están mal? Doy por hecho que me vais a contestar que sí, aunque sea para no desanimarme; pero ¿vais a dejar que organice otro viaje?

 

Ver:
El accidentado viaje a Rusia  

 


Maria J. Asiain
Dpto. de Matemática e Informática
Universidad Publica de Navarra (España)
E-mail:
asiain@unavarra.es


Páginas de origen de las imágenes:
billpfeiffer.org
enclaseturista.com
modestino.blogspot.com
russiatrek.org
fotopaises.com
innsbruck.info

 

 

 

 

2 – 07-02-2015
1 – 06-11-2005