Diarios de viaje – Un restaurante en Palermo – Surrealismo a la carta


[Viajes]

 

Por Marisa Ferrer P. 

 

Tardaré en olvidar, si lo llego a hacer, la cena de nuestro primer día en Palermo. El estado de ánimo con que viví la experiencia fue fruto, sin duda, de las últimas urgencias laborales, tan cercanas en el tiempo y tan lejanas en la mente por obra y gracia de los “pájaros de acero”. Su consecuencia, una agudeza en la percepción de un ambiente que en otro momento quizá no me habría parecido tan excepcional.

Recuperado el aspecto humano que una buena ducha y algo de reposo rescata de una dura jornada turística de pleno verano y a una latitud más cercana del Ecuador que del Polo, salimos del hotel en busca del restaurante seleccionado para esa noche el cual, según la recepcionista, estaba junto a la iglesia de San Domènico. Encontramos la plaza sin dificultad pues el templo fue de los primeros que pudimos admirar a la llegada: una hermosa basílica barroca pintada de blanco y amarillo. Mi imaginación entrevió fugazmente al príncipe de Salina apeándose de su carruaje para arrodillarse al paso del Viático, antes de seguir su camino hacia el gran baile de los Ponteleone…. Hasta ahí bien, pero el dichoso restaurante se resistía a dejarse ver. Coincidimos con un grupito de ingleses que también lo buscaban y juntos conseguimos encontrarlo. Un estrecho callejón medio a oscuras desembocaba por su extremo contrario a la plaza en otra menor y parcialmente escondida por un edificio de viviendas. Justo en esa esquina, varios parasoles de madera y lona color crema protegían, y no precisamente del sol, una docena de mesas arremolinadas junto a una puerta abierta que parecía evitar su dispersión, con la ayuda de varias macetas que las rodeaban.

Mientras la camarera confirmaba nuestras reservas y nos acomodaba, unos cuantos vecinos permanecían de pie pocos metros más allá en una actitud estática, comparada con la de varios más que se afanaban en un ir y venir nervioso, urgiéndose mutuamente para ocupar los coches que esperaban. Se podía deducir por los trajes masculinos y los tocados femeninos que algún señalado evento familiar reclamaba su presencia. Los comentarios y saludos a voz en grito entre los que se iban y los que se quedaban eclipsaban el ruido de los motores en marcha, hasta que otros motores acudieron en ayuda de los primeros y todos recuperaron protagonismo. Varios adolescentes, solos o por parejas, aparecieron cabalgando sus vespas sin tubo de escape en artísticas evoluciones que sorteaban con sabiduría a los presentes. El espacio disponible para sus piruetas no era lo que se dice amplio, la proa de un edificio de varios pisos en construcción emergía notoriamente por el lado de la placita opuesto al restaurante, con el muro de protección de la obra a guisa de mascarón. Los gases de la combustión sacudían las plantas y se expandían por toda el área tendiendo a ocuparla por completo como es su obligación en cumplimiento de las leyes de la física. Consultamos la carta que presentaba sugerentes nombres para cada plato.

Los coches empezaron a desfilar hasta desaparecer pero las motos, no. Iban y venían, pero ya mi atención se había centrado en la difícil elección de unos platos a cual más seductor. Al levantar la vista vi a un niño de unos seis o siete años de edad, enfrente del contenedor de basuras colocado junto a la valla del edificio en obras. La altura del artefacto, por cierto tan lleno ya que casi desbordaba su contenido, sobrepasaba con generosidad la estatura de la criatura pero eso no la amilanaba; una y otra vez saltaba al tiempo que blandía su paquete de deshechos con la pericia de quien está más que acostumbrado a hacerlo. Y la demostración fehaciente de su maestría fue que, al fin, su aportación quedó perfectamente colocada en equilibrio, eso sí, inestable, en la cumbre de los desperdicios. Esquivando con desenvoltura las motos que pululaban a su alrededor, se marchó con aire satisfecho, desapareciendo por una esquina.

La espera del primer plato me permitió observar el edifico que me quedaba justo enfrente. Desde la altura de su cuarto o quinto piso, el ojo vacío de una ventana semiderruida proclamaba la vetustez del estado general de la casa. El mapa de grietas de la fachada, la herrumbre de los metales, el desconsuelo de las maderas…. toda una sinfonía de decrepitud emanaba de esta antigua construcción otrora reluciente. Una casa lista para derribo, supuse, aunque de pronto, una mujer apareció por un pequeño balcón del primer piso. La distancia no me permitía apreciar sus facciones pero su actitud corporal reflejaba cansancio o, quizá, melancolía. Siguiendo su mirada descubrí a una muchacha que me había pasado desapercibida debido a la barrera de coches aparcados. Estaba acabando de limpiar el acceso al portal principal de la casa y después de cruzar unas palabras con la otra, desapareció en su interior, al igual que la mujer. Un mínimo de limpia dignidad ante el acoso de la decadencia, pensé.

Las imaginativas ensaladas y creativos antipasti a base de sardinas con los subsiguientes comentarios acapararon mi atención durante unos minutos pero, de nuevo, unos gritos cercanos me volvieron a sustraer de la conversación. No era capaz de entender nada aunque podía deducir que se trataba de la típica conversación madre-hijo poco antes de la cena. El chico, en la calle con los amigos, buscando en el fondo de su mente con qué nueva excusa podría retrasar el momento de obedecer y presentarse a regañadientes a la mesa familiar. Ese diálogo o la necesidad de obtener algo de fresco, hizo reaparecer a las dos mujeres en su balconcillo, cuya altura les daba una visión de conjunto de todo cuanto sucedía a sus pies. Ahora fue un padre el que me hizo desviar la mirada. Esta vez, la criatura no tendría mucho más de cinco años y también concentraba sus cinco sentidos en la tarea que lo ocupaba; la pequeña bombilla de luz roja que alertaba del saliente del andamio colgaba, indefensa, del último nivel de éste y ejercía de diana para las piedrecitas que el angelito le lanzaba intentando acertar de lleno. Sin embargo, no obtuvo el éxito que buscaba debido a la aparición en escena del papá iracundo, quien sabe si molesto por el comportamiento del hijo o por el espectáculo que representaba para los turistas bronceados y acicalados que contemplaban la representación entre bocado y bocado. No se lo llevó tirándole de una oreja como hubiera sido lo clásico, solamente le calentó los oídos con un rosario de frases amenazadoras, al tiempo que lo empujaba hacia el fondo de otra calle lateral.

Durante un rato el protagonismo lo recuperó la sabrosa y sofisticada cena que ya iba por el tonno a la palermitana y la pasta con frutti di mare, hasta que  me llamó la atención un nuevo grupo de vecinos que se habían bajado sillas y taburetes para contemplar, a su vez, el panorama de los comensales. Serían los exquisitos postres o los efectos del excelente vino, pero tuve la sensación de que nosotros pasábamos a ser los observados y por un instante, intenté ponerme al otro lado del espejo… Ya he acabado de cenar, y como en la televisión pasan los mismos programas estúpidos y las manidas películas de siempre, elijo bajar a la calle con mis convecinos para, mientras digerimos los tallarines a le vongole, comentar si hoy la clientela de ese restaurante tan ridículo, que solamente tiene una docena de mesas en la calle y ninguna en el interior como sería lo normal, donde solamente sirven raciones minúsculas de viandas irreconocibles, será la de españoles, ingleses y franceses de siempre, o habrá también alguien venido de algún otro lugar del mundo.

Si eso no es surrealismo, que baje Fellini y lo vea.

 

Todas las fotografías:
© Néstor Navarrete

 

 

 

 

 

 

 

6 – 25-04-2017
5 – 04-07-2015
4 – 20-09-2013
3 – 01-11-2012
2 P. 22-02.2012

1 P. 26-10-2008