I – Sola (y callada) ante el peligro

 

© María Donapetry 

 

Prefacio

La maternidad de la que hablo aquí no es, ni mucho menos, la de todas las españolas pero sí la de un grupo que cada día se hace más numeroso.  Se trata de las mujeres que tienen una profesión remunerada no doméstica para la que se han preparado con estudios más o menos largos en la universidad o en escuelas especializadas. Hablo sólo de lo que conozco y en lo que me reconozco. La maternidad de las que popularmente se conocen como “Marujas” me resulta desconocida porque no ha sido una opción para mí, pero creo que habrá más de una Maruja cuyas opiniones coincidan con las que expreso aquí.

Es cierto que parto de mi propia experiencia personal y que mi subjetividad se filtra en todo lo que digo y como lo digo. Es también cierto, sin embargo, que no me limito a constatar sólo lo que me ha ocurrido a mí sino lo que le está ocurriendo a miles de mujeres en circunstancias parecidas.  Al final de cada sección de este ensayo he publicado mi e-mail para quien quiera hacer comentarios. Lo he hecho precisamente para saber las opiniones de quien lea y esté de acuerdo o completamente en desacuerdo, para anotar anécdotas o sugerencias, para criticar, para lo que la lectora quiera decir.

 

De qué va esto

Los hombres dicen que llevamos una vida fácil, seguras en nuestras casas mientras ellos lo arriesgan todo ante la punta de una lanza. ¿Qué saben ellos? Yo preferiría entrar en batalla tres veces con escudo y lanza que dar a luz una sola vez.
Eurípides, Medea: 278-281

Esto no es un manual para ser la madre perfecta sino un eco parcial de las palabras de Medea. Y no es que Medea, como personaje, me parezca totalmente admirable, simplemente me parecen acertadas las frases que cito.  Esto es también un análisis de cómo “la madre perfecta”, como “la perfecta casada”, se ha convertido en un mito que “eleva” a la mujer que es madre al paraíso o, mejor dicho, al limbo de lo incorpóreo cuando, en realidad, hay pocas cosas en la vida que se refieran tanto al cuerpo de la mujer como la maternidad. Ese mito, a su vez, transforma y transmite la ideología sexista que tiene a las madres donde las tiene: en un pedestal, sin acceso a pensar o portarse como un ser humano con necesidades, aspiraciones, deseos, satisfacciones, dolores y alegrías como el resto de los mortales. Más que nada, mi empeño es el de dar voz a las preguntas que a cualquier madre se le plantean alrededor de aspectos de la maternidad y que casi nunca llegan a oírse, mucho menos a responderse.

Al haber aceptado implícitamente la maternidad como acto o serie de actos sociales, hemos tenido que aceptar también como incuestionables las batutas que orquestan todos y cada uno de los procesos de la maternidad. La sociabilidad de la maternidad parece haberse establecido como purga a las variaciones individuales. Adaptarse a unas exigencias sociales determinadas que desestiman lo que quieren y consideran apropiado las propias madres ha creado una situación particularmente inestable. La mayoría de las madres aceptamos la orquestación que se nos proponga totalmente convencidas de que así tiene que ser. Otras, sin embargo, aun obedeciendo,  somos conscientes de que hay varias preguntas que hacer antes de seguir o no las normas que nos dan.

Todos sabemos lo que es una madre, todos tenemos una idea de lo que es “una buena madre” y “una mala madre”, porque todos hemos nacido de una madre. Perogrullesco, ¿verdad? Pero no tanto. La maternidad ha estado y sigue estando envuelta en fantasías, silencios y códigos variables que, como poco, despistan, cuando no mienten sin ambages de ningún tipo. El hecho de que hoy en día la mayoría de las mujeres teóricamente podamos controlar nuestra fertilidad parece haber dado pie a una libertad inusitada en cuanto a ser madre se refiere, pero no es así, ni mucho menos. Bien porque la mujer se sienta aún más responsable de su embarazo (lo ha escogido ella, por lo tanto debe asumir todas las consecuencias), bien porque el patriarcado (consciente o inconscientemente) resienta que ese control esté en manos de la mujer, el caso es que la maternidad y sus implicaciones no son ni más fáciles, ni más llevaderas, ni traen mayor libertad a las mujeres de hoy que a las de generaciones anteriores.

Antes, hace medio siglo (para que nos entendamos), la mujer sabía que se había quedado embarazada porque sentía algo físicamente que se lo decía. Si había médicos a mano, iba al médico a hacerse una prueba y mantenía un contacto con él, si había algo de lo que hablar. Si el embarazo se desarrollaba con la normalidad que la mujer esperaba, pues no iba hasta tener un buen tamaño de barriga. Al fin y al cabo, iba a parir en casa con una comadrona y ya. ¿Por qué? Pues porque ya sabía lo que le esperaba y, aunque no lo supiera, salía adelante a pulso en la convicción de que ése era su papel y su destino en la vida: hogar y familia. Hoy la maternidad se considera opcional, aunque más del 90% de las mujeres que se casan o tienen una relación continuada tienen hijos, y combinable con una carrera profesional. Lo de “combinable”, sin embargo, es un eufemismo para referirse a un agotador juego de malabares en el que la mayoría de las piezas está en el aire, los manuales de instrucciones parecen pertenecer a otro juego distinto y la espada de Damocles pende sin tregua sobre esta mujer que en teoría “lo tiene todo”. La profesión es algo sobre lo que se cree tener control y orden, y el embarazo se ha encajado dentro de esos parámetros de orden y control: pruebas caseras, visitas regulares al médico, preparación física y psicológica, implicación de la pareja, etc. como si se tratara de una carrera. Uno de los muchos problemas es que la atleta, en este caso, y si el embarazo es voluntario, no va a poder dejar de correr por muchas ganas que le den de tirar la toalla en la mitad del recorrido. Se trata de un papel biológico para el que la mujer está preparada por naturaleza: concebir y parir. Sin embargo, la maldición bíblica “parirás con dolor” se toma como mito caduco en una sociedad secularizada. Mal hecho, porque es una verdad universal independientemente de que se asocie con la Biblia, con un manual de obstetricia o con las páginas amarillas.

La sociedad secularizada, a su vez, se siente con perfecto derecho a opinar sobre el embarazo desde el momento en que sabe que esa mujer está embarazada, aunque esa misma sociedad no esté de ninguna manera dispuesta a ayudar cuando la misma embarazada lo necesite. De hecho, se da una paradoja alarmante: se pone todo el peso del embarazo y su buena marcha sobre la mujer, a la vez que no se le permite decidir prácticamente nada sobre su propio embarazo.  La embarazada no se deja guiar por sus instintos sino por las normas vigentes “del buen embarazo”. Ella intenta seguirlas al pie de la letra y, cuando algo no sale según lo previsto, es culpable de lo que sea: haber engordado, no haber engordado lo suficiente, haber hecho ejercicio, no haberlo hecho, trabajar, quedarse en casa, lo que sea o su contrario. No importa que hoy día tanto hombres como mujeres sepan lo que significan términos como “dilatación cervical”, “epidural”, “presentación posterior”, etc. El relativo dominio de un vocabulario que normalmente sólo lo usa el personal de un hospital da la sensación de tener control sobre un asunto. Pero se engañan. En este caso, los conocimientos intelectuales y la experiencia guardan una distancia astronómica.

Cuando mi madre me habló por primera vez, no ya de la maternidad en general, sino simplemente del parto, me dijo que era algo “como romper un muro con la cabeza”. Me dejó atónita y asustada. No me esperaba ese símil. Los cuentos, las novelas, las películas, las revistas, la publicidad e incluso la religión se referían al parto como una experiencia casi mística en la que el dolor era pecata minuta comparado con el éxtasis que venía a continuación. Muchos años después me di cuenta de que “romper un muro con la cabeza” es una de las metáforas más acertadas para referirse tanto al parto como a sus consecuencias. Uno puede romper un muro con una cabeza anestesiada, pero los chichones van a aparecer.

En los manuales se habla del parto como la culminación de un proceso. Sin duda, es la culminación del embarazo. La mujer ya no es una creando a otro ser, sino una con otro ser humano a su lado. Pero, lo que no dicen los manuales es que es el principio de otro maratón. Y este segundo maratón es para toda la vida: la maternidad. Si el embarazo ya separa a la mujer embarazada del resto de los mortales, la madre se separa aún más de quienes no lo son. A los pocos momentos de parir, se da cuenta de que no hay marcha atrás ni física ni psicológicamente, que nunca volverá a ser ni actuar con la individualidad que la caracterizaba antes. Puede que le resulte fácil o difícil su adaptación a su nueva identidad (porque es un cambio en el ser y no sólo en el estar), pero tendrá que vérselas con el cambio de todos modos. De nuevo, los manuales para las madres y sus bebés ignoran olímpicamente la profundidad del cambio limitándose a describir y prescribir prácticas y sentimientos que la mayoría de las mujeres intentan de buena fe seguir para no sentirse terriblemente culpables. El dicho “cada maestrillo tiene su librillo” no parece rezar para la maternidad. Se confunde el hecho de que la madre es todo para su bebé con que el bebé sea todo su mundo para la madre. Por si fuera poco, los éxitos y los fracasos de los bebés se los atribuye la propia madre: “me come de maravilla”, “me vomita todo lo que le doy”, “me saca unas notas de cine”, “me ha suspendido matemáticas”. Y de esto también hay que hablar, de la complicidad que las propias madres hemos aportado al silencio sobre el embarazo, el parto y la maternidad.

Yo misma me callé cuando el ginecólogo me dijo que ni se me ocurriera engordar “de más” durante el embarazo y, después del parto, pesaba menos que antes de quedarme embarazada. Me callé cuando me hablaron de las opciones para minimizar el dolor del parto y mi ex-marido tomó la decisión por mí (no le valió para nada porque tuvieron que hacerme una cesárea con epidural). Me callé cuando las enfermeras del hospital me dijeron que empezara a caminar y a ocuparme de mi bebé al día de haber tenido la cesárea. Me callé cuando se me caían lágrimas de dolor y de desolación cuando empecé a darle el pecho a mi hija y tenía los pezones destrozados porque la representante de “The La Leche League” de mi hospital (deberían llamarla “La Leche que les Dieron League”), quien no había tenido hijos, me decía que era lo mejor para mi niña. Y seguí callándome algunos años más porque lo que me decían que era mi deber como madre y mis instintos iban por caminos completamente separados. Me niego a seguir callándome ni un día más. No por mí solamente sino por las que vengan detrás, particularmente por mi propia hija.

 

Todos los capítulos:

I. Sola (y callada) ante el peligro

II. ¡Estoy embarazada! Pues mira que bien

III. Sexo, drogas y rock ‘n’ roll 

IV. El feliz acontecimiento o “poner a parir”

V. Ahora empieza lo bueno: ¡ya eres mamá!

VI. La policía láctea

VII. Hogar, dulce hogar 

VIII. Guarderia

IX. Mater Magistra

X. Un pequeño apunte: La madre soltera 

 

mdonapetry@yahoo.com
 

Ilustrador: Juan Moreno
e-mail: beloncio@inicia.es

 

Página de origen de la imagen:
jangadeiroonline.com.br/ceara/gravidas-devem-escolher-o-tipo-de-parto-mas-medicos-podem-aconselhar

 

 

 

4 – 15-10-2011
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2 – 19-04-2005
1 –      02-2003