Sueños VII – Nuria, una periodista en ‘El Horno de Llesp’

 

[Relatos

 

Pan y noticias

© Marisa Ferrer P. 

 

Amanecía en el valle. Los rosados dedos de la aurora homérica se desplegaban perezosos sobre el verde oscuro de la cumbre vecina y los incontables diamantes engarzados hasta entonces en el oscuro terciopelo del firmamento se retiraban veloces ante la llegada que se presumía inminente y grandiosa del astro rey, puntual a su diaria cita a la que acudía engalanado de riguroso verano. El hermano termómetro se esforzaba por espabilar a su mercurio que durante la noche se había ido deslizando cada vez más abajo en lo que podría parecer un intento de despistar a las altas temperaturas, que sin embargo no se habían dejado engañar y se preparaban alborozadas para imponerse tan pronto su aliado asomara la corona.

Algún gallo madrugador ya había dejado oír su canto estridente y los pájaros replicaban con su algarabía de patio de colegio, como simulando haber sido sorprendidos en una travesura. Varios mirlos, petirrojos y algún que otro jilguero intercambiaban trinos bajo el vuelo de las palomas torcaces superadas en altura por un gran buitre, leonado y majestuoso, en busca de su desayuno. Todos saludaban con júbilo al nuevo día pero no eran los primeros en despertar ya que, en un recodo de la carretera que asciende cautelosa en busca de la cima, acompañando al Camino del Agua que discurre algo más abajo, se oía un ruido sordo y tenaz, un latido mecánico y poderoso que parecía surgir del fondo de la tierra. Era el Horno de Llesp que iniciaba su jornada.

Desde la ventana de mi habitación, mientras oía ese rítmico batir, contemplaba absorta el espectáculo de un amanecer veraniego en el valle de Boí, un paraje que me traía recuerdos muy gratos y al que hacía más de veinte años que no había vuelto. La invitación de Nuria me había dado la oportunidad de rememorar los tiempos anteriores a las pistas de esquí, cuando descubrí el tesoro que guarda esa zona de los Pirineos leridanos donde las diversas iglesias románicas, conscientes de su importancia, han erguido orgullosas sus torres perforadas desde hace muchos años, tantos como para que las historias se conviertan en leyendas y las gentes en mitos.

Enclavado en la parte baja del valle, Llesp es un pueblo de reducidas dimensiones y larga historia, presente ya en los anales escritos desde el siglo XI. En ese punto la carretera discurre a un nivel más bajo que el de sus casas formando un recodo y es ahí, en una especie de hondonada quizá excavada por los duendes de las montañas, donde el padre de Nuria decidió instalarse con su horno hace más de sesenta años y donde hoy, en estos tiempos de urgencias y desapegos, se siguen elaborando de manera artesanal esas piezas de pan dorado y crujiente que han debido sufrir un proceso de más de cinco horas antes de estar listas para el consumo de vecinos y caminantes hambrientos.

Cuando llegué era pleno verano y la primera impresión, una vez traspasada la barrera vegetal que aísla del asfalto el jardín delantero de la casa, fue de frescor, debido quizá al murmullo del riachuelo o a la sombra proyectada desde considerable altura por las copas de venerables pinos, atentos vigilantes de mesas y macetas que comparten el espacio a sus pies. Es en esa época del año, después del letargo invernal, cuando el local está al máximo rendimiento porque, además de seguir expendiendo pan, el bar restaurante acoge a quien desea empezar la jornada con un buen desayuno, reponer fuerzas en la hora de más calor o tomarse un refresco al final de la jornada. Es el reino de una mujer singular; una mujer que no se limita a regentar el negocio sino que, además, está al tanto de lo que ocurre a su alrededor porque ella es, también, periodista.

Entrar en ese local es irrumpir en otro mundo; su mundo, hecho a su medida pero, a la vez, abierto a todos quienes penetran en él. Un visitante fugaz, apremiado por sus quehaceres o por sus pensamientos, solamente verá un maremágnum de papel, pero quien tenga algo de tiempo y un poco de curiosidad, discernirá al momento que la aparente confusión no es sino una recorrido por la historia reciente que asoma en imágenes, artículos, citas, notas… Importante o anecdótico, todo tiene cabida en esa especie de gran pizarra enriquecida día a día con nuevas aportaciones, las cuales, durante un breve periodo, atraen la atención del observador por su brillo de papel nuevo, libre aún de la pátina característica que le da el paso del tiempo. Una colección de objetos de lo más curioso completa la abigarrada decoración. Un pillete cabalga una estrella desde donde contempla una luna menguante y dorada que orbita un gran corazón de roja tela, mientras el tictac de un antiguo reloj lleva el compás de las conversaciones que se entablan junto a la veterana balanza o al lado de la cafetera cuya única parte visible sustenta las blancas tazas y platos que la identifican como tal. 

Entre ese ordenado caos destaca la presencia de Nuria. Su concentración en lo que hace da la impresión de seriedad; está pendiente de los mil y un quehaceres que el negocio conlleva, es amable con todo el que llega a sus dominios, comedida en su trato con los forasteros y más afable con aquéllos que la conocen desde siempre. Atenta a los detalles, no ahorra energía para que nada falte y todos se sientan a gusto; de vez en cuando parece abstraerse, su mente vuela por otros derroteros. Se está preparando para la noche.

Y, como una de las damas de agua que vagan por los bosques, cuando las pizpiretas lucecitas de los cielos recuperan su territorio, ella se transforma. La oscuridad es completa, el silencio, total. Sólo una ventana iluminada indica que alguien no se ha acostado aún. Ella se dispone a escribir su nuevo artículo para el periódico; es otra persona. Se sienta frente al ordenador, revisa sus apuntes, apunta sus pensamientos, piensa en cómo transformarlos en palabras y vierte éstas en el teclado. Al igual que con las crujientes hogazas, habrán de pasar varias horas antes de que los lectores puedan disponer de su relato con el que, si conviene, van sus fotografías.

Resulta inevitable establecer cierto paralelismo. Con su actividad, Nuria alimenta el cuerpo y nutre la mente ¿mera casualidad? es muy probable, aunque tampoco hay que descartar la posibilidad de que algún geniecillo de ésos que sólo ven los niños hubiera influido en su ánimo cuando, de adolescente, decidió seguir ese camino, del que aún le queda tanto trecho que recorrer como para desviarse por cualquier ramal inesperado y sorprendente.

 

Ver más:  ELFORNDELLESP

 

Todas las fotografías: ©2011 Marisa Ferrer P.

 

 

Otros sueños:

Sus sueños I – La farmacéutica Maite 

Sus sueños II – Lupe Arroyo y sus pinturas 

Sus sueños III – ‘Casablanca’ una boutique en la ‘Blanca Subur’

Sus sueños IV – Àngels Arroyo – Cuando el oficio se convierte en arte     

Sus sueños V – Sofía Alonso diseñadora gráfica        

Sus sueños VI – Kima Guitart entre sedas y anilinas

Sus sueños VIII – Ca la Manuela 

Sueños IX – Dulce maquillaje – Su ‘in Sweetland’

 

 

1 – 27-02-2011