Diarios de viaje – Irlanda – El legado celta – Tara y Loughcrew

 

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Ante todo eran guerreros. No concebían la vida sin pelear, sin conquistar o defender. Habitaban las regiones septentrionales de Europa, inhóspitas, frías, hostiles para la vida humana. Y, sin embargo, ellos no solo sobrevivieron sino que se expandieron, dejando tras de sí un rastro intangible que ha llegado hasta nuestros días. Fueron los Celtas.

Llegaron a Irlanda hacia el año 500 a.C. En el ‘Libro de las Conquistas (Leabhar Ghabhald)’, manuscrito datado del s XII, se recoge la historia de la isla y, según se relata en él, se produjeron cinco invasiones sucesivas de pueblos procedentes del continente. La última fue la de los primeros pueblos celtas, de los cuales dice la leyenda que provenían de España y fueron los llamados hijos de Mil, un rey perteneciente a una larga saga de monarcas descendientes de Noé, que desde Oriente se fueron desplazando hasta recalar en el noroeste de España y, desde allí, llegar a Irlanda. Una de las tantas leyendas referidas a los tiempos antiguos y sus protagonistas.

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Fotografías: ©2018 Marisa Ferrer P.

Relatos que cuanto más nos remontamos en el tiempo,  más se oscurecen y diluyen; más se confunde la historia con la leyenda, a falta de registros escritos. Las escasas inscripciones celtas existentes están realizadas con los signos de otras lenguas como el latino o el ibérico; aunque existen restos de la que podría ser la lengua de los celtas, las ogam, la mayor parte en Irlanda, un extraño alfabeto a base de grupos de líneas agrupadas de distintas maneras que por sus características no admitían textos largos; solo se podían formar hasta veinte letras.

La mitología dice que este alfabeto fue ideado por el dios Ogma, poseedor de una espada que relataba sus hazañas durante la batalla de Mag Tured, librada por los tuatha dé dannan contra  los fir bolg, antiquísimos pobladores de la isla que prefirieron luchar antes de ceder a los invasores la mitad de su territorio.

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Fotografías: ©2018 Marisa Ferrer P.

Por su contacto con la cultura grecorromana, los celtas entraron en los registros históricos a partir del s IV a.C. Considerados bárbaros, es decir, extranjeros, no civilizados, durante varios siglos fueron oponentes terribles para los organizados romanos. Julio César, además de combatirlos, los estudió, describió sus costumbres, sus ritos, su forma de vida.

Base de su organización social, los miembros de la familia o fine, compartían techo, agrupándose en clanes que formaban a su vez tribus, cuyos jefes surgían de entre los jefes de cada clan, teniendo las mujeres un papel notable. Agrupaban sus chozas en torno a la principal, a menudo fortificada, y no era raro proteger el recinto con fosos y vallados de piedra.

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Fotografías: ©2018 Marisa Ferrer P.

Acostumbrados a desplazarse, no eran muy apegados a la tierra, aunque practicaron la agricultura y la ganadería y la posesión de tierras y cabezas de ganado distinguía a los nobles—de entre los que se elegía al rey— de la plebe. Elección que no siempre era pacífica.

Para que durante su reinado la tierra fuera fértil, el ganado fecundo y el pueblo feliz, el candidato debía someterse a un ritual oficiado por los druidas. Una de sus variantes incluía la Piedra de Fal (Lia Fáil), uno de los cuatro talismanes llevados a esas tierras por los tuatha dé dannan. Este monolito mágico enclavado en la colina de Tara, el lugar más sagrado de la tradición celta irlandesa, era un sitial donde había una huella en la que el elegido debía colocar un pie; un rugido de la piedra confirmaba su legitimidad y a continuación el monarca, desarmado y provisto de una vara blanca, debía rodearla varias veces mientras el druida le enunciaba las leyes y le tomaba juramento.

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Fotografías: ©2018 Marisa Ferrer P.

Es probable que esta colina se erigiera encima de uno de los muchos túmulos de época megalítica existentes en la isla, como los de Loughcrew. Estos montículos servían de tumbas y eran del tipo de pasadizo, con una entrada que desemboca en la cámara donde se depositaban las cenizas. Los petroglifos que decoran las paredes son motivos en forma de espiral, líneas en zigzag, hojas, discos… Estas construcciones no se colocaban al azar, sino que estaban orientadas de tal manera que el sol naciente iluminara el interior en los equinoccios de primavera, llegando hasta el fondo y haciendo visibles los signos grabados en las piedras, como la del fondo del túmulo T, desde cuyo exterior, se disfruta de una amplia panorámica de 360º de los alrededores.

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Fotografía: ©2018 Marisa Ferrer P.

En el exterior y orientada hacia el norte se halla la ‘Hag’s Chair (la silla de la bruja)’, objeto de un poema medieval calificado como de muy notable, ‘The Lament of de Old Woman of Beare’, sujeto a diversas interpretaciones: la anciana era una bruja? Una sacerdotisa? La misma Irlanda?

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Fotografía: ©2018 Marisa Ferrer P.

Brujas, magos, espadas mágicas… todo forma parte del imaginario colectivo que el paso de generaciones va adaptando y que, verdad o leyenda, sigue presente en la Europa actual. Las investigaciones acaban descifrando antiguos enigmas, pero no borran las ganas de fabular sobre antiguas fábulas para irlas adaptando según la imaginación de cada fabulador.

 

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Marisa Ferrer P.

 

VER:
Irlanda – El legado celta – Las cruces de piedra 
Irlanda – Los acantilados de Moher    
Dublín o ‘Baile Atha Cliath’ – Lo mejor de la ciudad irlandesa  

Necrópolis etrusca de la Banditaccia (Italia) – El legado etrusco – El pueblo etrusco era culto, refinado y hedonista, con gran dominio de las técnicas metalúrgicas  
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