Diarios de viaje – Irlanda – El legado celta – Las cruces de piedra

 

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Monasterboice

Muchos han sido en el devenir de la historia los pueblos provenientes de tierras ignotas, cuyo recuerdo ha permanecido disuelto en la niebla de lo misterioso e incognoscible. Uno de esos pueblos es el celta. Su rastro, indetectable por la falta de palacios o templos y la ausencia de registros escritos, solamente adquiere relieve por lo que de ellos escribieron griegos y romanos, aprendido mientras guerreaban.

Un halo de misterio los envolvía; eran habitantes feroces de lugares lejanos, sombríos y húmedos. Herodoto los llamó keltoí (celtas), y fueron relacionados cuando no confundidos con los hiperbóreos, los cimbrios  y los cimerios, tribus todas ellas habitantes del norte, desplazadas hacia el sur por la climatología o la presión de otros pueblos. La cultura grecorromana, devenida en imperio por obra de los romanos, colisionó con ellos en su común afán de conquista y expansión, dando lugar a crónicas que, aunque parciales, desvelan algo de las costumbres y formas de vida de sus oponentes.

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Imagen de Wikipedia

Se consideraban gentes libres y asumían el coste de su condición con orgullo, siendo todos los miembros de cada clan guerreros feroces. Creían en el valor individual y carecían de temor a la muerte por su creencia en otra vida. En tiempos de guerra la iniciación de los jóvenes guerreros consistía en cortar la cabeza a un enemigo, quizá porque, según sus creencias, la cabeza humana es la esencia del ser, simboliza la divinidad y es donde reside el alma; en tiempos de paz, robaban ganado. Nunca formaron un estado que los unificara, pero sus lazos eran de sangre; las familias formaban clanes y los clanes tribus, de las que si alguno era expulsado se convertía en un paria sin honor. Nunca dispusieron de un ejército estable y organizado; a pesar de ello consiguieron llegar hasta Roma, Delfos y la península de Anatolia.

Ganaron su primer embate contra los romanos, la batalla de Alalia, que les franqueó la entrada a Roma. Su estruendosa preparación para el combate, haciendo sonar cuernos y trompas, su estremecedora apariencia con escudos tachonados de hierro, cabezas de animales a modo de cascos, largas melenas y vestimentas multicolores, impactaron en la moral de los supersticiosos soldados de Roma que debieron creerlos invencibles. Hasta que reaccionaron y los expulsaron. Siguieron siendo una amenaza hasta mediado el s I a.C., cuando Julio César acabó la conquista de la Galia y emprendió la de las islas del otro lado del Canal.

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Habitadas desde época neolítica, Gran Bretaña e Irlanda fueron el crisol donde la cultura celta se amalgamó con la de los tuatha dé dannan, sus inmediatos predecesores en la invasión desde Europa, asimilados por los celtas para convertirse en dioses y antepasados.

Entre las huellas del pasado celta irlandés destacan las famosas cruces de piedra, uno de cuyos emplazamientos más conocidos se halla en el conjunto de ruinas de Monasterboice (Mainister Bhuithe), sito en el condado de Louth y fundado por un discípulo de San Patricio, San Bhuithe. Datadas como del s X, las cruces son más antiguas que las dos iglesias del recinto, construidas a finales del s XIV.

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Fotografía: ©2018Marisa Ferrer P.

La torre circular de 30 m, que se levanta junto al cementerio, parece haber ejercido de campanario, además de contener en su interior las posesiones del monasterio, según se deduce del relato de su destrucción en 1097, cuando el fuego se llevó no solo parte de la estructura sino también todos los libros y tesoros de la comunidad.

Muy cerca de ella se encuentra la esbelta cruz del Oeste, o Cruz Alta, calificativo aplicado por sus 6,5 m de altura, más que ninguna de las existentes. En sus representaciones se pueden observar, entre otras, escenas de la Resurrección de Cristo y de la Crucifixión. Se dice que la costumbre de lucir grandes mostachos extendida entre los celtas, se traslada a los personajes representados en piedra.

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Fotografías: ©2018Marisa Ferrer P.

La cruz del Sur, más conocida como cruz de Muiredach, por uno de sus abades, Muiredach mac Domhnaill, muerto hacia 923, está mucho mejor conservada y es posible apreciar con más detalle los relieves tallados en toda su superficie de escenas del Antiguo y Nuevo Testamento. El objetivo de estas representaciones podría haber sido ilustrar las enseñanzas de los frailes.

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Fotografía: ©2018Marisa Ferrer P.

Esos bárbaros, como se les denominó entonces para referirse a ellos como extranjeros, distintos, se extendieron por buena parte de Europa y su influencia quedó registrada en múltiples aspectos de la vida europea de los siglos siguientes, siendo rescatados del olvido en el s XIX con el auge del romanticismo y de los nacionalismos, que condujeron a una mejor investigación y estudio de sus escasos vestigios.

 

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Marisa Ferrer P.

Ver: 
Irlanda – Los acantilados de Moher
Dublín o ‘Baile Atha Cliath’ – Lo mejor de la ciudad irlandesa   
Necrópolis etrusca de la Banditaccia (Italia) – El legado etrusco – El pueblo etrusco era culto, refinado y hedonista, con gran dominio de las técnicas metalúrgicas