VII – Hogar, dulce hogar

 

© María Donapetry

 

      

cap7Después de la feliz estancia en el hospital, todas estamos deseando volver a nuestras casitas y, si es posible, tener a alguien de la familia echándonos todas las manos que tengan disponibles. Necesitamos ayuda físicamente y psicológicamente. La depresión postparto nos ronda de manera alarmante. Mi experiencia quizás sea extraña: no tuve tiempo literalmente de que me diera una depresión a su tiempo debido. La tuve, pero mucho después. No tuve tiempo porque no había ni horas, ni minutos en el día que no estuviera o agotada o haciendo todo lo posible por ser la “madre según los libros”. También me encontré con que la reacción de mi marido ante mi maternidad y su paternidad no era la que me esperaba ni remotamente.

Dicen que la depresión postparto tiene una causa hormonal, que los cambios repentinos que sufre el organismo de una mujer (de haber estado embarazada nueve meses a no estar embarazada en cuestión de horas) provoca un maremoto que indefectiblemente repercute en el cerebro, en el humor y en la disposición de la nueva madre. Explicado así, resulta perfectamente comprensible. Lo que ya no resulta tan comprensible es por qué no existe ninguna prevención o tratamiento efectivo para esa depresión tan común. También me pregunto si las causas de la depresión postparto son exclusivamente hormonales o tienen algo que ver con causas externas. Si hubiera alguna medicina o tratamiento para la regulación hormonal después del parto, ¿dejaría de existir la depresión? Supongo que sería difícil encontrar la panacea, porque cada mujer responderá de maneras distintas a sus cambios hormonales y a los no hormonales. Lo que sí sé es que los cambios no hormonales serían suficientes para provocar una depresión o momentos depresivos en cualquier persona.

Incluso cuando la mujer vuelve al hogar-dulce-hogar, teóricamente sus dominios, las actividades del día van a guardar poca relación con las que se daban antes de tener un bebé. Las instrucciones que haya podido recibir para el buen cuidado de su bebé exigen una dedicación intensa e intensiva en tiempo y energía que difícilmente va a dejar márgenes para cuidarse a sí misma. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, muchas madres se creen en la obligación de ser ellas y sólamente ellas quienes materialmente se ocupan del bebé las 24 horas del día. Supongo que muchas, ante la inseguridad que supone hacer algo de lo que depende el bienestar de un bebé, creen que la combinación de su naturaleza maternal y los manuales que se han leído convertirán las labores del cuidado del bebé en “naturales y lógicas”. De ahí, quizás, que rechacen la ayuda que se les ofrece con más o menos ganas. De ahí, quizás, que consideren cualquier ayuda como una sustitución de segunda clase para su bebé de primerísima clase.

Pero, ¿qué hacer cuando una se encuentra sola ante el peligro? Quiero decir, cuando se espera la colaboración personal y social y resulta que no hay nadie.  Después de horas y horas de oír el llanto de un bebé, de intentar primero adivinar cuál es el problema y, después, tratar de solucionarlo sin éxito muchas veces, la madre no puede sentirse sino perdida, desolada, cabreada, triste, o quizás se ponga a mirar hacia la ventana más próxima dudando entre si tirarse por ella o tirar al bebé. Exagero, ya lo sé, pero menos de lo que cabría pensarse. Debe de haber algo en la naturaleza física y hormonal de la mujer que, a la vez que la deprime, la sostiene en pie (y sin tirar o tirarse por la ventana), a pesar de las demandas físicas y psicológicas que se impone o le impone la cultura y la realidad tangible.  No admitir que las presiones a las que se ve sometida la madre son poco menos que aniquiladoras es preparar el camino para una depresión mucho más aguda y larga, y menos controlable, de lo que se podría predecir.  El trabajo para corregir o paliar esta situación tendría que hacerse sobre varias personas: la propia madre, el marido o compañero, los familiares y amigos, los médicos.

Si la propia madre no está convencida de antemano de que el bienestar de su criatura depende exclusivamente de ella, de que ella es la única responsable de todo y que, por lo tanto, tiene que decidirlo todo, la sensación de “inútil” o de “incapaz” que le pudiera entrar al no poder hacerlo todo ni decidirlo todo, sería menos devastadora. Dejaría que la ayudaran, que alguien le diera un biberón en mitad de la noche a su bebé, que alguien lo bañara o sacara a pasear, que alguien se ocupara de llevarlo al pediatra, que alguien fuera a comprar los pañales y la crema, que alguien se los cambiara y aplicara la crema, que alguien acunara o consolara al bebé cuando llora. Eso significaría delegar su autoridad y su control sobre la criatura y dejar que ese “alguien” asumiera parte de las responsabilidades. Desgraciadamente, como ya insinué al principio, la sociedad y muchas mujeres mismas insisten en que la “buena” madre no delegue nada.

El compañero o marido “moderno” podría perfectamente cambiar su estilo de vida al ser padre y meterse de lleno en la crianza de su bebé. No puede darle de mamar, pero puede hacer casi todo lo demás. Sólo tiene que lanzarse a experimentar. Al fin y al cabo, lo de la naturaleza maternal no afecta el cambio de pañales, ni el paseo, ni las compras, ni las horas y horas de cuidado pasivo que el bebé necesita, ni preparar y dar un biberón. Al revés, la participación de este tipo ya  no es simplemente una “ayuda”, es asumir el cambio que la paternidad conlleva. Pero pocos son los que se ofrecen: es incómodo, cansado, aburridísimo. En las últimas décadas en España la participación del padre en las labores de paternidad (excluyendo el coito) deben de haber subido un 0’0025%, mientras que las madres se han incorporado al mundo laboral después de parir, y si trabajaban ya  anteriormente, en más de un 75%.

La mayoría prefieren disfrutar del bebé cuando está limpio, sonriente, dormidito, juguetón, simpático, etc. También las madres lo preferirían así todo el tiempo, no nos engañemos.  Por otra parte, si el marido se ofrece y no encuentra la aprobación de su mujer, dejará de ofrecerse y se irá a ver el partido de la tele, a leer el periódico o a encerrase en algún sitio para tratar de entender por qué se rechaza su oferta de buena fe.  ¿Que la mujer ha estado todo el día sin hacer otra cosa que ocuparse del bebé y el marido está cansado del trabajo de la oficina, el despacho, el aula, la tienda, etc.? Pues precisamente por eso se necesita un cambio para los dos.

Los papeles de nueva madre y nuevo padre son eso: nuevos para los dos. Del entendimiento entre los miembros de la pareja y de lo que cada uno entienda que es su papel depende el desarrollo de la relación entre ambos y la satisfacción de ser padres. Los maridos o compañeros son los primeros en reflejar aprobación o desaprobación con respecto a lo que la madre hace o deja de hacer. Y lo mismo ocurre con las mujeres. Sin embargo, la aprobación y la desaprobación se manifiestan en cada caso de maneras muy distintas. Cuando es el hombre quien desaprueba los métodos o actividades de la mujer, suele ser en términos comparativos con su propia madre (la de él). Como esa madre es más que probable que no le haya dicho nada de lo que significó parirle, cuidarle y criarle, el hombre mantendrá en su mente la idea de que su madre es “la” madre. Las mujeres de hoy, salvo excepciones de las que no tengo noticia, no tienen un modelo de padre moderno real. Sus propios padres delegaron todas las decisiones, responsabilidades y control a las manos de la madre y, por mucho que piense que su madre lo hizo de maravilla, ella sabe que está en circunstancias distintas, que la sociedad es distinta, que aspira a una vida social y laboral distinta; por lo tanto, espera también un compañero con actitudes distintas a las de su padre, por muy bendito que su padre le parezca o, de hecho, sea. 

La desaprobación de la mujer, si se manifiesta, suele darse en foma de reproche malhumorado o humorístico: “¡eres un desastre, hombre, mira que olvidarte de ponerle los polvos talco!” o “¡quita, quita, inutilín, que ya lo hago yo!, pero esto es pecata minuta comparado con el resentimiento que nace y crece a lo largo de la infancia de la criatura cuando tanto un miembro como otro de la pareja no cumplen con las expectativas respectivas. Personalmente creo que las mujeres han avanzado mucho más y más rápidamente con respecto a sus nuevos papeles sociales que los hombres. Estos siguen pensando en sus labores paternales como “ayuda” frente a lo que se cree es el rol biológico, natural e instintivo de la mujer. Mientras exista este desequilibrio, las madres llevan todas las de perder y, en consecuencia, la relación de la pareja también va inexorablemente camino del desastre.
           
Algunos pediatras también podrían empezar a cambiar sus actitudes. Me refiero, por ejemplo, a la de un pediatra en Lanzarote que al ver a una madre angustiada por el llanto de su bebé no se le ocurrió nada mejor que comentarle a la madre: “el bebé percibe tu rechazo, tu falta de amor por él y por eso llora”. Otro genio de la medicina infantil, esta vez en Oviedo y en una consulta privada, al recibir a una madre que le comentó lo muy deprimida que se encontraba y que, creía ella, por eso se le había retirado la leche, le contestó con una frase lapidaria: “le has quitado a tu hijo lo mejor que tenías para ofrecerle”. Son sólo palabras, ¿verdad?, pero en el estado de vulnerabilidad de la recién parida este tipo de palabras bien puede ser la gota que colma el vaso o el gatillo que dispara una depresión descomunal. Como estos pediatras, por desgracia, hay muchos y todavía no se ha dado ningún caso en el que la madre en cuestión proteste a las autoridades pertinentes sobre la incompetencia de estos médicos, su falta de ética, su colaboración directa en provocar o empeorar la depresión posparto, su deshumanización de la madre, su desinterés e insensibilidad hacia ella o, en palabras simples, su burramia. Si añadimos estas circunstancias al cambio hormonal, creo que veremos que la depresión postparto, en realidad, no es totalmente hormonal sino que sus causas son muchas y de muy distintas naturalezas.

 

 

mdonapetry@yahoo.com
 

Ilustrador: Juan Moreno
e-mail: beloncio@inicia.es

 

Página de origen de la imagen:
mujerafrodita.blogspot.com

 

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1 – 25-05-2003