Fiestas de Gracia – La gracia está en la fiesta


Fulgencio duda. Su indecisión le hace permanecer plantado en el cruce de dos calles del barrio y abordarnos cuando estamos a punto de rebasarlo, en nuestro camino de vuelta a casa:

—Disculpen, ¿ustedes son de aquí?

—Del barrio, no; pero lo conocemos bastante bien…

—Es que ahora me he desorientado y no sé hacia dónde cae la plaza Rius i Taulet…

Y así ha comenzado una breve pero jugosa conversación. Nosotros le hemos resituado al explicarle que esa plaza, llamada ahora de la Vil·la, está solo dos calles más abajo. Si presta atención, le decimos, oirá la gralla que anuncia la erección de un nuevo castell en medio del jolgorio festivo que desborda por sus cuatro esquinas. Parece que su memoria vuelve a funcionar bien, después de un pequeño fallo quizá debido a los ochenta y cinco años que se apresura a declarar que tiene. O, quizá, a algún pequeño accidente que podría denunciar el pequeño apósito casi oculto por la gorra que lo protege del sol. O no…

El caso es que el buen hombre nos ha obsequiado con una simpática charla, salpicada de humor, aún incrédulo ante esa momentánea confusión después de que cuatro de sus ocho hijos hayan nacido en la vecindad. Sí, ha tenido ocho hijos, y respondiendo a un comentario chistoso sobre el buen trabajo hecho, responde que quien ha trabajado en realidad ha  sido su mujer, una sonriente señora con expresión decidida que nos contempla desde la pequeña foto del llavero que el anciano nos muestra. Nos despedimos de él con pesar; nos ha contado alguna anécdota de su antiguo barrio y seguro que nos hubiera contado muchas más, pero se nos ha impuesto lo avanzado de la hora.

Hemos pasado la mañana deambulando junto a nutridos grupos de paseantes-visitantes por las engalanadas calles de Gracia, un barrio que a pesar de alguna interrupción y varios altibajos, viene celebrando su Fiesta Mayor desde mediados del siglo XIX. Durante una semana, la ya de por sí activa vida del vecindario se incrementa con la presencia de forasteros armados de cámaras fotográficas, abanicos, sombreros o refrescos, dedicados a contemplar el resultado de muchas horas de ocio dedicadas a diseñar, planificar y realizar la ornamentación de sus calles. La fiesta está presente las veinticuatro horas durante una semana, con la esperanza de que no acabe pasada por agua como ha sucedido a veces y de que los visitantes sepan disfrutar sin destrozar como también ha pasado en otras ocasiones.

El tiempo acompaña; la temperatura es alta sin ser agobiante y luce un espléndido sol mañanero. Un hormiguero de gente de toda edad y condición pasea, cámara o cerveza en mano, acompañando a los hijos o a los padres, a la novia o al novio… todos pendientes de qué calle queda por ver y especulando sobre cuáles se llevarán los premios. Como cada año la competencia es dura; hay varias que acostumbran a llevarse algún premio pero quizá esta vez surja la sorpresa.

Una niña que justo acaba de aprender a andar, escucha perpleja las explicaciones de su padre que no acierta a hacerle entender cómo es que hay un coche colgado en esa casa;  otra, se deleita con el simpático payaso que la saluda desde lo alto de un balcón. No muy lejos padre e hijo están enfrascados en averiguar cómo se mueven unos ingenios de madera que parecen juguetes de gran tamaño. Ajenas a su entorno, laboriosas gallinas empollan sus huevos. Unas coquetas ovejas otean el horizonte mientras un poco más allá, el fondo marino ofrece sus tesoros de coral y peces de colores. Y para que no falte de nada, hasta el humor negro se apodera de alguna ventana. La plaza del Ayuntamiento acoge a los aficionados a las evoluciones de los castellers,bajo las golosinas gigantes que se balancean sobre sus cabezas. Hasta Mafalda ha querido estar presente este año. Y, aunque increíble, entre la barahúnda de sonidos, colores e imágenes, se llegan a percibir los pequeños detalles colocados en rincones discretos, como apartados del barullo general pero que están ahí, se ven y se aprecian.

Bares y restaurantes rebosan de clientes desfallecidos, aunque no falta quien acarrea la fiambrera o el bocata casero. Habrá quien haya decidido pasar allí todo el día, y esperar a que llegue la noche, cuando la música se vuelve protagonista y, si quedan fuerzas, bailar a su son.

Es sorprendente la habilidad desplegada para aprovechar al máximo los recursos disponibles, menores en tiempos de crisis pero igualmente lucidos. Cuando se desvelan los nombres de las calles ganadoras*, se cierra un ciclo, que volverá a iniciarse antes de que pase demasiado tiempo. Un día, alguien sacará el tema: Y el año próximo ¿qué haremos?

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto y Fotografíss ©2013 Marisa Ferrer P.

Barcelona, 18-08-2013

 

 * La calle Progrés, que recreaba «Jurasic Park», ha ganado el primer premio de decoración de las fiestas de Gracia, y el segundo premio lo ha conseguido la calle Verdi con una decoración inspirada en el fondo del mar.