II – ¡Estoy embarazada! Pues mira que bien


© María Donapetry

 

Cuando una mujer se queda embarazada voluntariamente y lo confirma, bien en casa con un test de los que se compran en la farmacia, bien con un análisis que hace el ginecólogo, suele ponérsele cara de sorpresa, como si le hubieran regalado algo, y de asombro ante el funcionamiento de su cuerpo. Al progenitor se le suele poner cara de logro viril. En muchos casos, éste demuestra un genuino interés por el desarrollo del embarazo, la salud de la mujer y la de su futura descendencia. Hay el que llega al paroxismo de la identificación con su pareja y suelta memeces como “estamos embarazados”, pero este último es rara avis y, por el momento, no me voy a ocupar de él.  También existe el espécimen que pasa de todo porque “eso” es cosa de mujeres, como si su intervención primera fuera la única que le concerniera.  Este último, más adelante, se considerará con derecho a la patria potestad, a ser la autoridad última y a que sus decisiones sean inapelables. O, y esta es otra historia, seguirá desentendiéndose de su mujer y de su prole porque sí, como en el mus.

Volviendo a la noticia del “estoy embarazada”, todo el mundo celebra la buena nueva con “enhorabuenas” y “parabienes”, y empiezan las sesiones de consejos y artes adivinatorias.  Muchas mujeres, además de escuchar a su médico con atención, se compran los libros y las revistas que tratan de lo último en embarazos. Si tienen a su madre cerca, preguntan algo, pero cada embarazo afecta a cada mujer de distinta manera, así que va a tener que tocar su música un tanto de oído además del otro tanto de genuina información. El material impreso sobre el embarazo suele empezar por describir los síntomas comunes a muchas embarazadas: náuseas, mareos, sueño a deshora y aumento de peso. Hay quien sufre de todos estos síntomas a la vez y de manera violenta, hay quienes no tienen ninguno y quienes sufren permutaciones de los tres. Se entiende que la náusea es simplemente ganas de vomitar aún con el estómago vacío.

En mi caso, las náuseas me las provocaban olores de comidas, de habitaciones y de personas. No vomité nunca, pero tampoco sabía nunca cuándo un olor iba a revolverme y llenar de repulsión no sólo el estómago sino todo mi cuerpo. Por discreción o por lo que sea, cuando se sienten náuseas, una se va al baño, vomita o se refresca y vuelve adondequiera que tenga que estar. Si hay algún testigo, le pregunta a la que sufre de náuseas si está mejor. Se responde que sí hasta el numerito siguiente, que puede ser en cinco minutos o en cinco horas.

El mareo y el sueño repentino pasa algo parecido: no se sabe nunca cuándo va a ocurrir. Si la embarazada pasa la mayor parte de su tiempo en casa o sin horario fijo de trabajo, la solución para no convertir sus síntomas en un espectáculo es fácil. Si está trabajando, sin embargo, va a sentirse mal por doble partida: sigue sintiendo las náuseas, los mareos y esos sueños que le ponen cara de resaca después de una noche de juerga descontrolada, y no puede hacer su trabajo con la normalidad que querría. Pocas serán las que protesten o dejen de hacer lo que les toca por varios motivos. Unas querrán demostrar que su vida sigue como si nada, otras se negarán a darle una sola oportunidad a los machistas circundantes para que digan: las mujeres, en cuanto se quedan embarazadas (como si se “quedaran embarazadas” por arte de birli-birloque) no dan una, y otras, la mayoría, se callarán y aguantarán porque todo lo que sienten es “natural” y, además, es parte del proceso que han escogido. La política del silencio, se da por sentado, es la única que funciona para la mujer moderna. En vez de tratar de cambiar un sistema laboral profundamente misógino, las embarazadas en bloque (tanto si nos sentimos bien como si no) ponemos cara de póker y tiramos para adelante confirmando y afianzando tácitamente ese mismo sistema que nos discrimina.

La cosa debería plantearse desde otra perspectiva. El argumento para no contratar a mujeres en edad fértil o ya embarazadas, hacerles contratos basura o pagarles menos que a un hombre por el mismo trabajo, es que su rendimiento es o puede ser deficiente. El contra-argumento bien puede ser el siguiente: no sólo cumplimos con la labor que se nos encomienda en el despacho, el aula, el hospital, la tienda, etc. sino que estamos en pleno proceso de crear a otro ser humano que, por cierto, jefe, va a trabajar también y a pagar su jubilación (la suya, jefe). Así que denos el respiro que nos merecemos, no vaya a ser que el que se quede sin aliento sea usted, jefe.  Quien piense que “esto ya no ocurre en España” sólo tiene que echarle un vistazo a los periódicos de hace menos de un año y repasar las declaraciones que cierta asociación de empresarios hizo con respecto a las mujeres embarazadas. ¿Recuerdan aquello de que las propias mujeres embarazadas deberían pagarse su excedencia por maternidad? El que la propuesta no tuviera ningún éxito no quiere decir que no fuera una clara manifestación de la corriente de “pensamiento” dominante entre empresarios: las mujeres embarazadas son una carga insoportable por deficitaria para las empresas.

La idea de que la mujer embarazada está enferma, porque tiene síntomas asociados con distintas enfermedades, es un arma de múltiple filo que, por el momento, usan los poderes fácticos para justificarse en una manera de describir y prescribir la maternidad que afecta a la mayoría de la población de manera negativa.  España tiene uno de los niveles de natalidad más bajos del mundo occidental y los políticos se preguntan el porqué, piensan en incentivos para que las mujeres tengan más de un hijo, se devanan la sesera tratando de encontrar una solución y las mujeres siguen diciendo que na-nai del Paraguay.

Una mirada a nuestro alrededor y veremos qué hace el estado y las empresas para persuadirnos a superar el índice de natalidad del 1,7%: anuncios en la tele y carteles enormes en las calles. El cupón de la ONCE se anuncia con un cartel particularmente sugerente: una mujer joven con cuerpo de modelo que aparece desnuda tapándose el pecho con la mano y con un embarazo avanzado es la imagen escogida para asociar las posibles ganancias de jugar al cupón con la idea de “ganarse una vida”. Una marca de coches reúne a varias mujeres jóvenes y atractivas para asociarlas al “chic” combinado con lo “práctico” de sus últimos modelos. Y muchos más que glamorizan el embarazo con una superficialidad asombrosa.  No hace falta ser un águila para entender que, por mucho que las embarazadas se callen y acepten el status quo discriminatorio y por mucho anuncio con embarazada “chic” con el que nos atiborren, las mujeres son conscientes de que se les están apretando las tuercas con saña en su “combinación” de papeles de futura madre y mujer profesional. A ver quién es la guapa que se queda embarazada otra vez así, por las buenas, con el panorama físico, psicológico y laboral que se le presenta.

Y sigamos con el panorama físico. Desde los años sesenta se puede ver un feto sin que veamos el cuerpo de la mujer embarazada de ese mismo feto. ¡Albricias!, la tecnología científica ya puede detectar, y en algunos casos resolver, posibles problemas del feto. Es, sin duda, estupendo eso de poder ver a tu bebé antes de que sea bebé. Incluso te pueden decir, si quieres y si lo ven, el sexo. En este aspecto, todos deberíamos congratularnos.  Y no sólo se puede ver, sino que también se puede hacer un análisis del líquido amniótico para decirte si el feto tiene, por ejemplo, el síndrome de Down (mongolismo). Recuerdo bien que, cuando le pregunté a mi ginecólogo si debería hacerme esa prueba, ya que tenía entonces 35 años, me dijo que podía pero que no era estrictamente necesario y que la propia prueba podía provocarme un aborto. Siete años después una de mis hermanas, también embarazada a los 35 años por primera vez, me preguntó que qué pensaba yo sobre si hacerse o no la amniocentesis. Le contesté con otra pregunta: si te la haces y te dicen que tu bebé tiene el síndrome de Down, ¿abortarías?  En el mes de febrero pasado se descubrió en EE.UU. que se ha abusado de la amniocentesis para detectar ciertos problemas que podrían haberse detectado con un análisis de sangre.

Muchas de las pruebas y tests que se le hacen a una mujer ya embarazada o que quiere quedarse embarazada son de naturaleza invasora y, por el momento, la comunidad científica ni siquiera ha empezado a plantearse los efectos que tienen en la mujer esas invasiones. Se justifica cualquier punción, pinchazo o introducción de aparato en los órganos reproductores de una mujer en aras de los magníficos resultados obtenibles. No se dedican a encontrar otros métodos de detección porque se minimiza o desestima lo que pueda sentir la mujer.
        
Está claro que los avances tecnológicos y científicos son precisamente eso: avances. Pero una debe ser consciente de que los conocimientos traen consigo decisiones y responsabilidades de largo alcance, y de que el hecho de que la tecnología pueda hacer algo no significa que deba hacerse necesariamente. En el caso hipotético de saber que tu feto tiene una enfermedad incurable, la decisión de abortar o no hacerlo es una montaña física y moral.  Ningún ser humano está específicamente preparado para afrontar esa escalada solo. Se necesita algo más que la “opción” de abortar o no abortar, para escoger libremente. Se necesita un genuino apoyo social (pareja, médicos, familia, entorno inmediato, instituciones, religión, leyes, etc.) para que la decisión que se tome, sea cual fuere, no se convierta en una condena a cadena perpetua.

La imagen de la mujer embarazada, por mucho que las revistas y los libros especializados digan que es luminosa y radiante y que tiene un “no sé qué” de atractivo, se ha tratado y se sigue tratando como algo distinto a una mujer normal. Me explico: son pocas las mujeres que se ven a sí mismas o que son vistas por los demás como “sexy” mientras están embarazadas.  Recuerdo bien la portada de Vanity Fair a finales de 1990 en la que salía Demi Moore desnuda, con tacones altos y con su ostensible y orondísima barriga a la vista. Y recuerdo también el escándalo que produjo por todas partes. Creo que el problema estaba precisamente en la yuxtaposición o asociación de dos conceptos que suelen mantenerse convenientemente separados: maternidad obvia y cuerpo sexual.

En nuestra cultura, que yo sepa, sólo se ha dado una mujer que se quedara embarazada por acción del Espíritu Santo. Las demás nos quedamos embarazadas por métodos mucho más prosaicos, pero, cabe esperar, mucho más placenteros también.  Uno de los libros que yo leí u ojeé cuando estaba embarazada fue La Guía Prenatal. Las cosas que hay que saber, hacer y decidir, cuando se va a tener un hijo (1990). No habla prácticamente de la imagen física de la mujer salvo en un pequeño apartado que se titula “Vestuario y canastilla”, y cito: “Por si alguien lo ignorara todavía, conviene recordar que no existe indumentaria que no haya sido estudiada y resuelta para la mujer embarazada, o que la mujer embarazada no pueda permitirse”. ¿De verdad? ¿Eso es en Milán, en Nueva York, en Madrid, en Barcelona?, ¿o también rige para Cée, Ubeda o Villarino? Que ahora las mujeres embarazadas tienen a su disposición ropa más cómoda y más variada, y probablemente más económica, me lo creo. Que “no existe indumentaria que no pueda permitirse” no me lo creo ni se lo cree casi nadie, entre otras razones porque se separa a la embarazada del resto de las mujeres por su aspecto y por la asociación de su aspecto con virtudes paradójicamente virginales.  La mayoría de las embarazadas siguen vistiéndose como muñecas, con lacitos y floripondios, o como tiendas de campaña de mayor o menor capacidad.

Es verdad, algunas artistas aparecen por la playa con bikini y lucen su garbo más o menos gentil, pero son pocas y suelen ser conscientes de la cantidad de flequillos que se erizan a su paso. Por otra parte, cuando una persona siente náuseas, mareos, tiene paño en la cara y, probablemente, los tobillos hinchados, hay pocas probabilidades de que la susodicha tenga ganas de vestirse como no sea de mesa-camilla. Pero, en fin, a mí sí me apetecía variar tanto de la mesa-camilla look como del look Laura Ashley, y me imagino que a muchas otras también. La oferta, sin embargo, es muy limitada, y lo es por varias razones: falta de imaginación y prejuicios sobre la imagen de la embarazada.  Estar orgullosísima de la barriga no significa que una esté avergonzada de ser una mujer. Lo cortés no debería quitar lo valiente. La imagen de la embarazada, como he dicho, se suele asociar a la de la Virgen María y no a la de Marilyn Monroe. Tan descabellada me parece una idea como la otra en cuanto a ideas generales se refiere. No propongo, ni sugiero que las embarazadas se vistan de coristas del Folies Bergeres (aunque no me quitaría el sueño que alguna lo hiciera), sino que la oferta se adapte a cualquier estilo y que esté tan al alcance económico de cualquier bolsillo como el resto de la ropa “normal”. Me molesta, confieso, la automática asociación entre embarazo y no-sexy. Una mujer embarazada sigue siendo mujer y a muchas nos gusta que nos vean como tales antes de, durante y después del embarazo. Tiro mi guante a la cara de las fábricas de ropa, a ver si hay suerte y alguna se toma el reto en serio.

Me parece como si ahora mismo estuviera oyendo a alguien una objeción a mis comentarios en términos de “respeto” al cuerpo y a su imagen, como si desexualizarse fuera la manera de hacerse respetar. Vamos a ver si aclaramos este asunto: el respeto presume una capacidad de apreciación en quien respeta a otro y no sólo una conformidad a una imagen preestablecida en quien es o quiere ser respetado. Si para que alguien respete el cuerpo, la imagen y la persona toda de la mujer embarazada, ésta tiene que “ganarse” el respeto a base de contradecir las necesidades, imagen y personalidad que le son propias, hay algo que no funciona. Y esto suele ocurrir cuando la capacidad de apreciación de quien respeta (o no) es mínima o nula.

Recuerdo que hace tiempo salió un médico en la tele hablando de la mujer “provocadora”, de las que llevan un escote pronunciado, caminan contoneándose, van más pintadas que un coche, etc. Después de hacer este tipo de descripciones, comentó que, aún en el caso de suponer que esta mujer quisiera provocar a los hombres, esto no significaba que quisiera provocar o que estuviera dispuesta a aceptar con agrado reacciones concretas de individuos concretos. Puede que Mengana vaya “pidiendo guerra”, pero es más que probable que no se la esté pidiendo a Zutano Pérez sino a Robert Redford. Creo que lo que el médico quería decir es que no es socialmente aceptable creerse con derecho a asaltar a una mujer (verbal o físicamente) simplemente porque esta mujer sea o parezca atractiva. Como diría Forges, aunque a Pepe le parezca que a Susana le va el matarile, a lo mejor a Susana lo que le apetece es el matarile de Juan. Dado que en nuestra sociedad y nuestras leyes se da por sentado el respeto a las personas, va siendo hora de que ese respeto se extienda a las decisiones de la mujer embarazada con respecto a su imagen.

En cuanto a engordar durante el embarazo, la cosa es complicada porque cada cuerpo responde a su manera y a su metabolismo. Si antes se seguía la máxima de “comer por dos”, ahora se sigue la de “no engordar” pase lo que pase. Las mujeres ya vivimos constantemente asaltadas por un ideal de cuerpo que rara vez podemos ver en la calle y mucho menos en nuestras propias personas. Se nos felicita cuando perdemos peso y no cuando lo ganamos. Una mujer gorda no puede sino sentirse acomplejada y, encima, culpable. Muchas  mujeres al quedarse embarazadas sienten lo que podríamos llamar “ataques de hambre”, unas ganas de comer que rayan en la voracidad y muy difíciles de controlar a base de voluntad pura y dura. Dado que se ha establecido una manera “correcta” de llevar el embarazo, cualquier desvío de esta manera se considera substandard y el peso (engordar), que es visible y perceptible no sólo para el médico de turno, sino para todo el mundo incluida la propia embarazada, se considera un síntoma de embarazo “mal llevado”.  Ya que en los tres primeros meses de embarazo el cuerpo de la mujer tiene que producir y bombear en un tercio más de lo normal su circulación de sangre, producir toda una serie de órganos y su desarrollo en el feto, mantenerlo y nutrirlo etc. etc. la magnitud de energía que necesita su cuerpo debe proceder de alguna fuente material, i.e. comida.  Pero héte aquí que a muchos médicos les repatea que la embarazada engorde y que el feto también engorde “de más”, porque también hay una medida standard del tamaño del feto.

Según dicen, el parto es más difícil si el feto engorda mucho. De acuerdo hasta cierto punto. No todos los kilos ganados son perjudiciales para la salud. Una cosa es peso en “exceso” o sea, no necesario, y otra muy distinta “excesivo” o pernicioso. Lo que sí es “excesivo” es el rigor dietético que se recomienda a muchas embarazadas (un kilo por mes de embarazo) revestido de los valores morales que conlleva el “buen embarazo”.  Conozco a muchas mujeres que han engordado un “exceso” de kilos porque tenían un hambre canina y luego los han perdido o no pero han seguido tan fuertes y saludables como antes del embarazo. También conozco a cretinas, como yo misma, que se privaron de cualquier cosa para no engordar, pasaron meses de hambre innecesaria y tuvieron que ganar peso después para recuperarse del desgaste.  Dejo a la imaginación de la lectora el qué se puede hacer con respecto a este tema.

 

I. Sola (y callada) ante el peligro

 

mdonapetry@yahoo.com

Ilustrador: Juan Moreno
e-mail: beloncio@inicia.es

 

Página de origen de la imagen:
belelu.com/2011/03/post-natal-de-seis-meses-igual-salimos-perdiendo/guata-2

 

 

 


3 – 17-04-2016
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