Sueños X – Ramón, estirpe de relojeros

 

[Relatos

 

Por Marisa Ferrer P. 

 

Es el mejor relojero que he conocido. No soy una experta, por supuesto, pero sí una amante de los relojes antiguos, afición que me ha llevado a peregrinar por decenas de relojerías con mis pequeñas máquinas de medir el tiempo en busca de quien se atreviera con reparaciones imposibles. En ocasiones, y después de aguantar estoicamente las miradas de conmiseración del tipo “cómo se le ocurre querer reparar esta quincalla” o “le va a costar más el collar que el perro”,  tropezaba con buenos profesionales que a pesar de lo farragoso del encargo se esforzaban por complacerme y durante un tiempo conseguían que mis relojes funcionaran más o menos bien. O, por el contrario, alguno que otro que en vez de decirme de entrada que no podía repararlo, me entretenía con excusas de lo más peregrinas que me hacían perder la paciencia.

Hasta que un día, vagando por el barrio de Gracia, en Barcelona, me acerqué a una relojería que me llamó la atención por los escaparates, por el logotipo de su fachada y por las letras de su rótulo. Apenas hice ademán de entrar cuando se abrió la puerta y me encontré con unos intensos ojos azules, bajo unos cabellos blancos y sobre una amable sonrisa ribeteada por un bien recortado bigote. Un caballero de porte elegante, con cuello duro, corbata y un bien planchado traje me estaba invitando a pasar.

Fue como retroceder a mi infancia. Por aquel establecimiento no había pasado el tiempo; se conservaba tal y como fue inaugurado en febrero de 1933. A un lado, los mostradores encristalados, de madera oscura, en cuyo interior refulgían anillos, pendientes o cadenas de oro y plata; detrás, en la pared, las vitrinas a juego que exhibían las grandes piezas de orfebrería y cristal. Enfrente, el pequeño banco de trabajo, protegido por una mampara de cristal, con sus lupas, pinzas, destornilladores, prensas… en el mostrador, relojes de pulsera, correas… y en las paredes o arrimados a ellas, relojes, relojes y más relojes: de péndulo, de cucú, de pie, de sobremesa, de carrillón… que seguían acaparando el espacio de una estancia contigua, empleada más como taller. Y la mayoría ¡funcionando! Era lo que antes se llamaba una joyería relojería platería.

Y me había franqueado la entrada su dueño y fundador, el señor Ramón. Una vez en el interior, me hizo sentar en una de las banquetas que se hallaban junto a los mostradores, y cuando supo que iba de relojes, me rogó que esperara a que su hijo pudiera atenderme aduciendo la poca utilidad que tenían ya sus ojos para esos menesteres.

Mientras aguardaba, mi mente me llevó a los años en que acompañaba a mi madre de compras, cuando aún se conservaba la costumbre de disponer asientos para los clientes, que unas veces eran sillas o butacas y, otras, como era el caso, banquetas, mis preferidas porque podía encaramarme a placer.

Ya no recuerdo con exactitud para qué necesitaba entonces los servicios de un relojero, pero sí que salí de allí con la sensación de haber sido muy bien atendida por profesionales del oficio, en un ambiente donde reinaba la amabilidad y el deseo de servir a los clientes quienes, en ocasiones, se enzarzaban en conversaciones interminables con el dueño, su esposa, su hijo o quien se pusiera por delante, mientras esperaban ser atendidos o incluso una vez ya finalizada la transacción que los había llevado allí.

La tienda se hallaba en los aledaños de la plaza de la Vila de Gracia, nombre que recibía antes el municipio que acabó siendo parte de Barcelona a finales del siglo XIX, después de diversas idas y venidas como municipio independiente. Allí, Ramón padre guió a Ramón hijo cuando éste inició su andadura en el oficio, orientándole para que pusiera en práctica lo que había estudiado y, aunque en el exterior la fisonomía urbana y la de los comercios iba cambiando con el paso de los años, ellos se mantuvieron fieles a la estética inicial. La fachada seguía con el estuco planchado y el esgrafiado que habían realizado Estucos García, S.L., una familia de maestros artesanos originaria del barrio, que lleva ya cuatro generaciones dedicándose al oficio. Las letras del rótulo, que tanto me habían llamado la atención, salieron de las manos de Gimó, un ebanista graciense que siguió el diseño de José M. Camps Arnau, insigne vecino y acreditado escultor, autor de un sinnúmero de imágenes repartidas por iglesias y plazas. Entre ellas, la de Ruth, el personaje bíblico que preside la fuente inaugurada en 1949 en la cercana plaza de la Virreina, otra de las muchas que dan su carisma al barrio, llamada así por la casa que el marqués de Castellvell, virrey del Perú, construyó en el siglo XVIII para su joven esposa. Me convertí en clienta asidua, lo que planteaba no pocos problemas a padre e hijo quienes, sin inmutarse, encontraban siempre la manera de solventar la dificultad que presentaba mi encargo.

Después de algunos años, los fundadores murieron y su hijo se quedó solo al frente del negocio, para seguir batallando con volantes, coronas, espirales y áncoras, arreglando cualquier reloj que le confiaran quienes, como yo, sabían qué era capaz de hacer este maestro relojero frente a una esfera con manecillas y engranajes, sin importarle si era de pulsera o de cuco, nuevo o antiguo. Una de sus últimas obras de arte fue resucitar mi primer reloj que, después de sobrevivir a los desprecios de la adolescencia, al escepticismo de la juventud y a las modas de la edad adulta, apareció de nuevo algo deteriorado y un mucho anticuado pero, por eso mismo, más valioso a mis ojos.

La zona, que a pesar de los escasos rastros hallados parece poder afirmarse que ya estaba habitada antes de la presencia romana, no ha parado de transformarse. Desde que la agricultura fue desplazada por la industria, a su vez desaparecida sin dejar más testimonio que alguna orgullosa chimenea o restaurada nave industrial, sigue siendo sede de pequeños talleres donde se desarrollan muchos oficios distintos. Sin embargo, Casa Sal se ha visto obligada a desaparecer del paisaje de sus calles. Había estado dando servicio hasta junio de 2011, con el único intervalo de cierre durante la guerra civil. Su clausura originó un verdadero desfile de vecinos y amigos que querían testimoniar su afecto y agradecimiento al heredero de un establecimiento paradigmático del barrio. Después de casi ochenta años, el local de Gracia ha debido cerrar sus puertas, pero el espíritu del buen hacer de su fundador  sigue vivo en su hijo y en el nuevo emplazamiento que Ramón ha encontrado a más de 40 km de Barcelona. Y así como antes los barceloneses iban a la villa de Gracia a veranear, tan lejana estaba, hoy en día no representa ninguna dificultad cubrir una distancia aún mayor para acceder al lugar donde un maestro relojero sigue haciendo magia con todas las piezas que llegan a sus manos.


Todas las fotografías: ©2012  Marisa Ferrer P.

 

 

 

 

 

 

1 – 04-05-2012