El coñomando

 

[Mujeres Hoy]

 

Así, de golpe, “coñomando” suena soez. Por lo menos a mí me sonó soez la primera vez que oí la palabra porque  quien la había dicho era mi hermano Juan. Cuando me enteré de a qué se refería, empecé a darle vueltas al asunto y, qué voy a decir, pues ya no me parece tan soez. En realidad ahora creo que es una expresión de lo más acertada. Lo de “mando” viene por asociación con el mando de la tele, del vídeo o de cualquier aparato eléctrico. Estos mandos controlan a distancia el aparato que sea a base de pulsar ciertos botones: encender, apagar, rebobinar, adelantar, programar, etc. Cuando mi hermano dijo “ya estamos con el coñomando”, supongo, se refería al hecho de que su mujer, en vez de decir expresamente lo que quería o necesitaba (que él se ocupara de traer o llevar a sus niños a algún sitio), simplemente dijo: “Juan, los niños”, mientras ella estaba ocupada en otro asunto. Este fue el origen de mis meditaciones. Empecé entonces a pensar en porqué algunas mujeres tienen y usan el coñomando y otras no, cómo lo hacen y desde cuándo existe este concepto.

 

A pesar de la forma de la palabra, el coñomando no es biológico, no es una característica física que se de en todas las mujeres desde que nacen, no. Es algo que se adquiere, que se aprende y que acaba por formar parte de la vida de algunas mujeres tanto como la habilidad de cocinar o la de cantar una nana, una especie de segunda naturaleza “femenina”. La adquisición del coñomando, el aprendizaje de su funcionamiento depende en gran medida del entorno y las relaciones que la mujer ha tenido con los hombres en su vida. Me explico: si desde pequeña una niña ha visto y oído a su mamá musitar con voz plañidera no exactamente lo que quiere o necesita, sino una insinuación de su propia incapacidad para manejar cualquier asunto que le resulte engorroso, pesado o simplemente inconveniente, y ha visto y oído también cómo esta actitud o retórica surte el efecto deseado en el papá, puede que reaccione de varias maneras: quizás considere que esa es la naturaleza “femenina” (las mujeres no hablan directamente ni expresan lo que quieren o necesitan), puede que piense que qué lista es su mamá (porque sabe que su mamá está jugando la única baza que le deja el machismo de su papá), o a lo mejor se opone no tanto a que su madre haga malabares emotivo-retóricos para conseguir algo sino a las implicaciones que lleva el uso aceptado de esos malabares por ambas partes.

 

Si la mujer cree que lo único que posee y controla es su vagina (para satisfacer a su pareja o para procrear), que sus opiniones no van a tener peso, que lo que ella quiera será siempre relegado a lo que el hombre considere oportuno, es más que probable que aprenda a usar en su beneficio (muy limitado, por cierto) las preconcepciones que algunos hombres tienen sobre las incapacidades de las mujeres: debilidad física, irracionalidad, hiper-emotividad, pasividad, etc.  Así planteado el asunto, a la mujer le acaba resultanto casi instintivo proponer una constante disyuntiva: “haz tal y cual por mí porque yo no puedo (o no quiero) o te quedas sin lo que realmente quieres de mí”. Naturalmente la mujer nunca se expresaría con tal crudeza, pero no cabe duda de que hasta la más tenida por tonta e incapaz sabe que tiene la exclusiva del coñomando.

 

El coñomando es parte de una tradición histórica que no tiene visos de desaparecer uno de estos días. He de confesar que, después de todo y aunque no he desarrollado un claro instinto para usar el coñomando, no estoy libre de pecado. Recuerdo perfectamente cómo una vez que fui a renovar el ITV de mi coche de enésima mano pulsé todos los botones que se me ocurrieron. Según me iba acercando al taller del ITV, la voz de mi conciencia me advertía que usar mi voz normal con el revisor, dar a entender que era una conductora con experiencia o simplemente sobrellevar con paciencia la revisión sin darle demasiada importancia provocaría de la manera más negativa al genio de las revisiones de ITV. Fue así que decidí cumplir al pie de la letra con las expectativas que el susodicho genio tenía de las conductoras: cara de despistada, voz de plañidera, ataque de nervios. Si el paisano me pedía que encendiera el motor, yo le preguntaba que si quería que le diera a la llave. Si me decía que acelerase, yo le preguntaba que si con el pedal derecho, y apostillaba cada frase con un sumiso “bueno, yo no sé. Ud. dígame lo que tengo que hacer y yo lo hago”. Pasé la revisión en un tiempo récord. Puede que el revisor prefiriera deshacerse de una descerebrada como yo cuanto antes, puede que funcionara el coñomando abstracto que decidí usar ese día.

 

Pero esta anécdota es pecata minuta comparada con la que me relató mi hermana sobre una de sus aventuras con la grúa. Había aparcado mi hermana en un lugar no permitido en plena ciudad porque estaba a la espera de que llegara su hija en autobús desde otra ciudad. Ese día por casualidad se había llevado con ella a su hijo pequeño y a un sobrino de la misma edad.  Salieron del coche y paseaban por allí mientras esperaban cuando, sin que ella se diera cuenta, la grúa había enganchado su coche. Presa de desesperación, cogió a los niños uno por cada mano y se acercó al paisano coñomando en ristre: “Oiga, por favor, no me lleve el coche, que se lo cogí a mi marido sin permiso y me mata si se entera. Además ya me dijo él que mi hija podía coger otro autobús, pero yo no iba a dejar a mi hija aquí tirada, y tengo a los niños conmigo, por Dios, qué voy a hacer yo ahora….” A todo esto, las lágrimas ya empezaban a querer caérsele de los ojos. El paisano de la grúa se convenció de que estaba haciéndole una canallada a aquella señora, así que le dijo que por él no tenía inconveniente, pero que tenía que llamar a un policía municipal.  Apareció el policía municipal con aire marcial. Mi hermana no se arredró: vuelta a contarle al policía los horrores que la esperaban en casa, muchos “Dios míos” y “mis niños”, lágrimas ya desbordadas por todo el maquillaje, y la autoridad escuchando mientras escribía la multa. Por fin, levantó la mirada del papelito y se encontró con la cara trágica de mi hermana que musitaba con voz plañidera: “ ¿y la multa?” Ante tales demostraciones de debilidad y vulnerabilidad femenina, el policía respondió: “Ha tenido Ud. suerte, señora”, mientras rasgaba el papelito con gesto de magnanimidad. Fuese y no hubo nada.

 

Es obvio que el coñomando funciona. Pero no deja de ser peligroso porque sólo funciona cuando el desequilibrio de poder es absoluto. Usar el coñomando implica admitir que la mujer no tiene criterio alguno, ni sabe vivir en sociedad sin la mano protectora de los caballeros andantes que pueblan y gobiernan esa sociedad por derecho divino. Salvo en anécdotas parecidas a las que he contado, que tienen que ver con la picaresca o el ingenio para manipular situaciones adversas, la mayoría de las “victorias” conseguidas con el coñomando son pírricas. El coñomando seguramente tienda a desaparecer, pero sólo lo hará cuando la sociedad entera abandone la idea de que es lo único que tenemos las mujeres.

 

 

 

© María Donapetry

e-mail: mdonapetry@yahoo.com 

 

 

Página de origen de la imagen:
peru.com

 

 

 

 

2ª Pub. 15-10-2010
1ª. Pub. 26-06-2003