Diarios de viaje – Damasco / Oriente – El embrión de la cultura occidental


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Podría decirse que la cena de la última noche me reconcilió con la ciudad. Desde la terraza del Leila’s, al pie del minarete de la mezquita Omeya de Damasco, a la luz de los focos que la iluminan y entre el murmullo de los comensales transportado por la cálida brisa nocturna, me pareció sentir la magia de Oriente.

Nada que ver con las sensaciones de la llegada cuando, de madrugada, aterrizábamos en su aeropuerto y al entrar en la sala de recogida de equipajes, un espectáculo insólito me dejó claro dónde me encontraba. Las luces de neón rebotaban en las blancas paredes iluminando generosamente un espacio donde las  siluetas de numerosas mujeres envueltas en negros ropajes destacaban con fuerza. Estaban sentadas en el suelo al estilo oriental, algunas agrupadas, otras solas, erguidas e inmóviles, silenciosas, mientras los hombres con sus blancas chilabas, tocados con el tradicional pañuelo blanco y rojo de los beduinos, se afanaban a su alrededor recogiendo bultos y colocándolos en los carros para transportarlos al exterior, al tiempo que parecían increparse a voces que no pude discernir si eran agresivas o sólo excitadas.

El huso horario se nos había engullido una hora y las que nos quedaron no llegaron a enjuagar el cansancio del viaje, por lo que el primer contacto del día siguiente con la gran urbe, formada por cuatro millones de almas, fue de todo menos relajante. Además, un viento caliente que parecía surgir directamente del centro de la tierra contribuía al calor sofocante ya de buena mañana. Percibía el tráfico urbano como el más caótico de los que he conocido; los transeúntes se me antojaban guerreros intrépidos en disputa constante con manadas de bestias metálicas de polvoriento pelaje y agudos bramidos de aviso o desafío. Y entre ellos, cuatro forasteros intentando llegar indemnes al otro lado de la avenida… para rebasar la antigua estación ferroviaria de Hejaz, que ahora ejerce de “Book Fair” según un rótulo a su entrada, y encarar la rue Annasr que nos llevaba directamente a la ciudadela Qal’aat Dimashq, uno de cuyos lados es la rue Souq Al Hamidiyen, que da nombre al gran zoco al que se accede después de emerger del paso subterráneo que nos permite salvar otra riada de vehículos.

Por suerte, el centro de la vida comercial de la ciudad vieja está cubierto por un techo metálico taladrado por los orificios de metralla francesa que permiten a la luz del sol colarse en forma de finos rayos que bañan mercancías y transeúntes, dando una falsa sensación de frescor que desaparece al instante cuando al agobio del calor se suma el de la gente, unos en su papel de compradores y otros en el de vendedores, un tumulto de voces, olores, movimiento… una algarabía con música de fondo orquestada por las bocinas de taxis, camionetas y motos que comparten a regañadientes el escaso espacio libre que dejan las personas. Y en mitad del paso, un niño en cuclillas y ajeno a todo el ajetreo reinante, se concentraba en apilar un montón de nueces con sumo cuidado y dedicación (parecía estar entre paréntesis…).

Al final de la ruta estaba nuestro primer objetivo: la Gran Mezquita Omeya. En el precio de la entrada va incluido el alquiler del “uniforme” obligatorio para las extranjeras que se aventuran en su interior, una especie de gabardina larga y con capucha que nos cubre, unifica y distingue a todas. Grupos de apariencia variada deambulaban entre los hombres en actitud devota y los que parecían tomarse un descanso de la canícula exterior, más interesados en la observación de los visitantes que en sus deberes de rezo.

Seguimos avanzando con el día, ocupados en las visitas típicas y tópicas: mausoleo de Saladino, palacio Azem, templo de Júpiter… hasta que llegó la esperada hora del ocaso solar, cuando esperábamos que con su desaparición nocturna el astro rey nos daría un respiro por lo que a temperatura se refiere. Vana esperanza. Cálidas bocanadas nos acompañaron en la búsqueda de un restaurante donde cenar para, después, seguir en nuestra compañía hasta el oasis que la modernidad nos deparaba en forma de aire menos caliente, que no frío, en la habitación del hotel.

Un primer día que quedó relegado en la memoria a la vista de las posteriores maravillas que visitamos por todo el país, aptas solamente para “aficionados a las piedras” como me dice un amigo. Eso y un perceptible descenso de las temperaturas –o quizá una adaptación a ellas- me permitieron en la segunda y tercera visitas a la capital disfrutar de lo que la ciudad ofrece.

Con los ojos de la imaginación pude ver a Saulo en la iglesia de San Ananías, a los romanos construyendo el templo de Júpiter, a los mercaderes haciendo un alto en el caravansar, para dejar las mercancía y descansar, o a los súbditos del califa Al Walid asistiendo a la construcción de la mezquita alzada sobre la iglesia cristiana que, a su vez, fue sustentada por un templo grecorromano … y, con los ojos de hoy, contemplé la algarabía de sus zocos, los brillos de sus luces y la vitalidad de sus gentes. 

La visita del último día al Museo Nacional rellenó, con las maravillas que expone, los huecos que dejaron en mi mente los restos arqueológicos visitados en los días anteriores. A pesar de que las obras de restauración no permitían el paso a todas las salas, las piezas que pude contemplar compensaron la falta de otras. La minúscula tabilla encontrada en Ugarit, con el primer alfabeto; las delicadas estatuillas de Mari o Ebla son solamente algunas de los muchos tesoros expuestos.

Quizá cuando haya digerido lo que vi y aprendí, podré volver para tratar de asimilar algo más de todo lo que aún queda en Oriente para recordarnos dónde surgió el embrión de la cultura occidental y quienes fueron sus forjadores.

 

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Texto y fotografías Marisa Ferrer P.

 

 

 

 

 

 

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