‘Aprende a usar la razón para gestionar la emoción’ – Recursos para aprender y enseñar...

 

[Familia – Niños – Adolescentes / Tendencias]

 

Ferran Salmurri, autor de ‘Libertad emocional’, nos habla de ‘Aprende a usar la razón para gestionar la emoción’, un libro para cambiar las estrategias con las que gestionamos nuestras vidas y las de nuestros hijos.

Salmurri es psicólogo clínico, estudioso y aventajado practicante de la corriente de la psicología cognitivoconductual, un enfoque cuyos beneficios se ha comprometido a trasladar desde las consultas y las aulas hasta la cotidianeidad de la vida de la gente de a pie.

Está convencido de que la felicidad puede «aprenderse» y «enseñarse» y de que la sociedad necesita, y merece, una mejor educación en el ámbito emocional que le ayude a evitar sufrimientos innecesarios o a combatirlos con recursos mejores. Con ‘Razón y emoción’, ha satisfecho sobradamente ambas aspiraciones

Los seres humanos no hemos puesto la inteligencia al servicio del progreso emocional y aún vivimos sometidos a principios primitivos que nos convierten en esclavos de nuestras propias emociones.

La ciencia ha demostrado que, en lo referente a gestión de las emociones, el ser humano apenas ha avanzado nada en más de mil años. Ferran Salmurri defiende que un mundo con siete mil millones de habitantes que, al igual que en la Prehistoria, se rigen por el egoísmo y la emocionalidad descontrolada, es del todo insostenible.

Esta es una obra clara y didáctica que nos enseña cómo utilizar la razón para gestionar mejor nuestras emociones y para entender por qué actuamos, pensamos y sentimos como lo hacemos.

Nos ofrece recursos para aprender y enseñar a autocontrolar la conducta y las emociones, para vivir (y convivir) más libres y felices, mejorando nuestra autoestima, asertividad y gestión del estrés.

razon-emocion-rba-3Ante la eficacia de los tratamientos psicológicos del malestar del estado de ánimo y del dolor emocional es fácil sentirse atraído por la idea de divulgar los conocimientos que puedan ser útiles para prevenir el sufrimiento emocional de las personas. De ahí al otro extremo, es decir, a divulgar métodos para sentirse mejor, solo hay un paso. Y es que todos los seres humanos deseamos disfrutar de un mayor bienestar emocional. Sabemos que es posible mejorar nuestra manera de hacer, pensar y sentir. «Fue el interés por hablar de estos temas en un contexto diferente al de las aulas de las facultades de psicología y de las consultas de los psicólogos clínicos lo que me movió a escribir mi anterior libro ‘Libertad emociona’l. Estrategias para educar las emociones (Barcelona, Paidós, 2004). Creo que aún queda por divulgar mucha información que sigue en cerrada en los ámbitos universitarios y clínicos, especialmente en lo que concierne al campo cognitivo Este interés divulgativo es la razón que me ha llevado a escribir el presente libro», comenta el autor.

El beneficio individual inmediato ha dominado, constantemente, las acciones de los hombres y mujeres del planeta. Al mismo tiempo y por los siglos de los siglos se ha creído y se nos ha enseñado que los seres humanos somos los «animales racionales», se supone que en comparación con los demás seres del reino animal. Nada más lejos de la realidad. Puede que nos cueste aceptarlo, pero los seres humanos estamos tan dominados por las emociones como cualquier otra especie del reino animal. Heredamos una manera egoísta de ir por la vida y, a pesar de que nos ha permitido subsistir como especie, hoy en día ya no puede sostenerse como motor del andar humano. En un mundo de más de siete mil millones de personas ya no es sostenible la idea de «si lo quiero y puedo, lo he de tener», puesto que aunque podamos lograr lo individualmente ya no es soportable ni conveniente para el colectivo humano.

Necesitamos una nueva cultura, lejos de los parámetros primitivos bajo los que vivimos y convivimos en la actualidad. Y es necesario que este cambio se realice con urgencia y de forma generalizada en el mundo global del siglo XXI. Y necesitamos una sociedad en la que las diferentes personas, sin perder la individualidad, aprendamos y ejercitemos una forma más
humana y menos primitiva de pensar, sentir y actuar. No podemos permitirnos seguir patrones y valores anticuados que solo nos conducen a la autodestrucción y a la extinción de los humanos como especie. Necesitamos utilizar la razón para una gestión más adecuada de nuestras emociones. Y también necesitamos liberarnos de muchos prejuicios y, de este modo, dejar de convertir la vida en un juicio permanente o de transformar la normalidad del ser humano en una medicalización creciente, en lugar de aprender a cambiar aquello que sabemos, podemos y debemos cambiar. No podemos seguir escondiendo la cabeza bajo el ala mientras la tormenta no nos afecte directamente. Una sociedad que se dice civilizada no se puede permitir un silencio cómplice que conduce indefectiblemente al sufrimiento y, en último término, a la decadencia. Hoy disponemos de conocimientos suficientes para revertir esta situación, herramientas útiles para cada uno de nosotros y para que tanto nosotros como nuestros hijos dejemos de ser esclavos de nuestras emociones más primarias.

 

Falta de evolución en la gestión de sentimientos

El primitivismo y la falta de evolución en la gestión de los sentimientos y las emociones ante las cambiantes circunstancias de la vida nos conducen indefectiblemente, como primera consecuencia, a un creciente padecimiento emocional, y en último término a sucumbir como especie. La necesidad de disponer de unas habilidades emocionales más adecuadas y de mejores competencias sociales es imperiosa. Ello nos lleva a la también imprescindible tarea de aprender, para poder enseñar a nuestros menores todo aquello que les tenga que ser de utilidad en este sentido.

 

El ejemplo: Las zapatillas están en el comedor

En casa de la familia Puig viven los padres, Mariona y Esteve, con sus dos hijos. Júlia tiene siete años y Sebastià quince. Hoy, Mariona ha llegado a casa después de su jornada habitual. Ha ido al trabajo, no sin antes haber dejado la casa recogida, a sabiendas de que hasta bien entrada la tarde no volvería al domicilio. De camino a casa, en su cotidiano trayecto en autobús, va repasando lo que aún le queda por hacer antes de poder descansar unos minutos. Cuando llega a casa y entra en el comedor observa con fastidio que está todo desordenado y fuera de sitio. ¡Con lo que se había esforzado en recoger y ahora vuelta a empezar! «¡No soporto este desorden, pero con estos hijos no hay nada que hacer!  pensaba, mientras su enfado iba subiendo de tono. ¡Sebastià, quieres recoger tus zapatillas del comedor! ¡No hay derecho! ¡Cada día estamos igual! ¡Siempre te tengo que estar diciendo lo mismo! ¡Estoy harta de tu desorden!».

A Mariona la invade una sensación de desespero e impotencia. En el mejor de los casos es consciente de que «siempre estamos igual», pero no cae en la cuenta de que, si esto es así, su enfado y su mensaje son altamente ineficaces a la hora de lograr el objetivo de que su hijo adquiera unos hábitos de orden adecuados. Es más, no solo no le conduce a nada positivo,
sino que los aspectos negativos son de gama amplia, tanto para ella como para el niño. En su caso, el grado de infelicidad que a diario sufre, la subida de tensión, la enorme sensación de no saber educar a sus hijos, con el consiguiente sentimiento de frustración, culpa e impotencia y, a menudo, soledad, son algunas de las consecuencias que la afectan día tras día.

Sin duda, la situación también afecta negativamente a Sebastià. Los reproches de su madre, a veces a gritos, no le sirven para recordar al día siguiente su obligación de colaborar en el orden comunitario. Esta escena cotidiana le lleva, en no pocos casos, a experimentar sentimientos de culpa, afecta su autoconcepto, rebaja su autoestima y lo aleja afectivamente de su madre, complicando la posterior comunicación con ella; y, en fin, quizás un día de estos se le ocurra echarle la culpa al perro, con tal de evitar una nueva bronca.

Esta escena, en casa de la familia Puig, sucede un día sí y otro también. En ciertas ocasiones, Mariona se siente algo aliviada cuando escucha de alguna amiga o vecina que lo mismo ocurre en sus casas, pues ya tiene compañera de viaje con quien compartir sentimientos. Así ha llegado a la conclusión que lo que sucede es cosa de niños o de la edad. Incluso, no siendo el caso de Mariona, hay madres que se consuelan con un pensamiento clave: «Cuando sea mayor y tenga pareja ya lo arreglará ella, o en todo caso ya se espabilarán». De lo que Mariona quizás no es consciente es de que situaciones como la suya se producen todos los días, en casi todos los hogares de su localidad donde viven menores de treinta años y, en algunos casos, incluso mayores. Es más, no sabe que en la Polinesia también ocurre lo mismo, ¡como en todo lugar donde haya zapatillas!

Y, sin embargo, cuando nos dirigimos hacia nuestra casa, aquí o en la Polinesia, deberíamos ir pensando «¿Dónde estarán las zapatillas cuando llegue a casa?». Pues, ¡en el comedor! ¡Dónde van a estar, si no, si hace dos mil años que están ahí!

 

Vivir sometidos a la esclavitud de los sentimientos desarrolla una actitud egoísta

Los seres humanos tenemos tendencia a vivir sin tener excesiva conciencia de lo que hacemos. Lo que decidimos, lo que comunicamos o lo que pensamos está fuertemente influido y mediatizado por nuestras emociones. Con frecuencia hemos considerado aquello que sentimos como aspectos del ser humano que hay que esconder y negar, algo de lo que hay que avergonzarse. Y, de este modo, no hemos reparado o no hemos querido reconocer que nuestra vida es primordialmente emocional. El problema es que a menudo hemos estado y estamos dominados por nuestras emociones negativas, nuestros miedos, inseguridades, celos, envidias y demás. En aras de conseguir mayores cuotas de seguridad y menores miedos, los seres humanos hemos intentado poseer más y más sin pararnos a pensar si poseer más nos proporciona mayores cuotas de seguridad o si nos ayuda a sentirnos mejor. Hemos vivido y seguimos viviendo sometidos a la esclavitud de los sentimientos y las emociones, sin más. Así, hemos desarrollado una fuerte actitud egoísta.

El egoísmo ha sido el motor del andar humano. El egoísmo, consustancial a todos los seres humanos, ha sido el gran motor del quehacer de las personas. Esto puede haber sido válido, útil y necesario para la supervivencia en los albores de la especie, pero en la actual situación de la vida en nuestro planeta esta realidad se vuelve absolutamente en contra nuestra.

 

Enseñar la autoaceptación

La autovaloración de los aspectos positivos personales, junto a la práctica de la empatía, son de suma importancia para una adecuada evolución socioemocional. Aprender y enseñar autoaceptación, es decir, sentirse cómodo con lo que se es, se debe practicar en lugar de anclarnos en conductas, comentarios y consignas que están caducas y obsoletas en sus objetivos.

Es la percepción positiva de uno mismo lo que debemos fomentar.

razon-emocion-rba-2Una vez más se evidencia la necesidad de poner la razón y el conocimiento al servicio de una mejor gestión de las emociones. Hacer y repetir pensamientos, creencias y conductas sin plantearnos su idoneidad actual únicamente nos conduce a la esclavitud emocional.

Cierto es que podemos pasar toda nuestra vida sin ser conscientes de cuál es nuestro objetivo vital. Parece como si hoy estuviéramos vivos simplemente porque ayer no morimos. Y ayer vivimos porque anteayer no morimos. Sin embargo, en esa inconsciencia, también con gran frecuencia, partimos de creencias e ideas falsas. Por ejemplo, vivimos persiguiendo el beneficio más inmediato, convencidos de que hacer o tener inmediatamente lo que uno desea nos puede llevar a la felicidad. Esta idea nos convence de que ese es el camino que hay que seguir, sin reparar en que en esas situaciones los sentimientos y emociones placenteros son perecederos en poco tiempo. No tienen continuidad, lo que nos lleva a reinventar continuamente motivos temporales.

No es lo mismo estar contento, incluso estar feliz, que sentirse mayoritariamente bien y de forma estable a lo largo de los días y de cada uno de los momentos presentes. En este último caso el sentimiento de satisfacción y bienestar es más permanente.

La persecución del beneficio más inmediato no suele conducir al objetivo vital de los seres humanos.

Con extraordinaria frecuencia buscamos la felicidad en el exterior de nuestra piel. Esperamos que elementos, circunstancias o eventos nos proporcionen el bienestar emocional. La creencia de que hay situaciones o posesiones exteriores que nos harán felices nos conduce a una actitud errónea ante la vida. Y ya sabemos que hay creencias que se llegan a mantener toda una vida y que incluso afectan la vida de las siguientes generaciones. La famosa discusión de si el dinero da la felicidad, o si no la da pero la compra, es ya una asignatura superada.

 

Educación de los hijos: Tener más estudios no hace más felices a las personas

Muchos padres esperan que sus hijos sean estudiosos, buenas personas, cultos e instruidos. Es más, algunos adultos creen firmemente que en la vida lo más importante es tener formación y conocimientos sin más, en el convencimiento de que sin estudios no se llega a ninguna parte. Establecen un estrecho paralelismo entre estudios y felicidad. En cambio, es bien conocida la
insignificante relación entre nivel de estudios y felicidad. Hay quien incluso establece relaciones entre felicidad y nivel académico, y valor y categoría de la persona, quizás por aquello de igualar bienestar económico y bienestar emocional. Sin duda alguna, estos pueden ser deseos bienintencionados. A pesar de ello, si lo pensamos un poco llegaremos todos o casi todos a la misma conclusión: debemos reconocer que lo que esperamos y deseamos para nuestros hijos es idéntico a lo que deseamos para nosotros mismos: que sean felices. Nos ayuda a sentirnos bien ver felices a los hijos y nos solemos sentir afectados negativamente cuando los vemos afligidos o poco felices.

Así pues, el objetivo como padres es la felicidad de los hijos. Por tanto, la función de los padres es enseñar a los menores a que aprendan a ser más felices, a sentirse bien con ellos mismos y con lo que les toca vivir. Pero antes de entrar en cómo lograr este objetivo, es importante tener claros algunos conceptos previos.

La función de los padres es enseñar a los hijos a ser más felices.

 

Las pautas pedagógicas que aplicamos a nuestros hijos son subjetivas y, por tanto, falibles

Hay un dicho que reza: «Quien bien te quiere te hará llorar». Suele emplearse para justificar alguna conducta de los mayores. Uno de los principales errores educativos consiste en creer que cuando intervenimos pedagógicamente lo hacemos convencidos de que las pautas, las actitudes y el trato que dispensamos están basados en principios de justicia, razón y conveniencia para el menor. La verdad es que nada más lejos de la realidad. No podemos dudar de la buena fe, aunque sí hemos de aceptar que el error es considerable. Todas nuestras decisiones están fuertemente influidas por nuestras propias emociones: compramos
caramelos a los niños porque nos hace ilusión verlos contentos; nos enfadamos y reñimos (incluso «rallamos») al adolescente cuando llega a casa con una nota de expulsión temporal de la escuela porque nos da rabia comprobar que no es el angelito que creíamos; intervenimos en las discusiones y peleas entre hermanos porque nos da miedo de que se hagan daño o no podemos soportar que una cosa así suceda ante nuestros ojos. Eso sí, siempre con la convicción que lo hacemos todo por el bien del menor.

Solemos educar en función de nuestras emociones y no de la conveniencia para el menor.

 

El error de diferenciar constantemente lo bueno de lo malo

Ha existido y existe la tendencia, en todos los rincones donde se da la presencia de seres humanos, de diferenciar lo bueno de lo malo. Todo o casi todo se polariza en estos términos. Incluso el comportamiento de los niños. Y como si esto en sí no fuera suficiente barbaridad, incluso se juzga y se divide en buenos y malos a los niños mismos. Se cataloga a los niños en aquellos que se portan bien y los que se portan mal, o lo que es todavía más grave, en niños buenos y niños malos.

Hay que recordar que los valores bueno/malo son términos utilizados en los juicios morales y, por tanto, no aplicables a los menores o a sus comportamientos. Una vez más, es de la máxima importancia recordar que los problemas humanos
se generan en función de que somos personajes altamente imperfectos. Y esa imperfección se halla en lo que no sabemos, y no en lo que somos.

Nuestros errores nos demuestran que somos humanos, no fracasados ni culpables.

 

Compararse para ser mejor o peor

Siempre, por supuesto, con la mejor de las motivaciones, es decir, con la intención de medir nuestra valía, con harta frecuencia recurrimos al nefasto vicio de compararnos los unos con los otros. Buscamos un referente para atribuirnos más o menos valor en función de lo que pensamos que los otros son, hacen o piensan. En esa comparación suelen dar se dos posibilidades. La primera, que veamos a los demás como superiores a nosotros, lo que lejos de suponer un motivo de mejora o superación suele conducirnos a sentimientos de insatisfacción personal, culpa e inferioridad, en incluso provocar celos y envidia. La segunda posibilidad consiste en que nos veamos mejores que los otros, lo cual puede conducirnos a sentirnos superiores y a experimentar sentimientos de falsa seguridad y perversa satisfacción, puesto que ni somos superiores ni puede ser auténtica la satisfacción de sentirnos superiores a aquellos que consideramos inferiores. ¡Cuántas y cuántas veces los adultos hemos utilizado la comparación a la hora de intentar motivar a los menores, con el único resultado de disminuir su autoestima!

La comparación con otros seres humanos nos lleva al racismo, al machismo y al narcisismo, aunque también a los sentimientos individuales o colectivos de inferioridad e incapacidad. Se debería aceptar que no hay dos seres humanos iguales, de la misma manera que la diferencia entre nosotros no nos hace superiores ni inferiores.

Cada uno de nosotros somos individuos únicos, diferentes, singulares y no comparables.

 

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2 – 08-05-2016
1 – 18-01-2015