Angelus – El ángel San Gabriel se me presentó

 

[Relatos]

 

Por María Donapetry

 

El ángel San Gabriel se me presentó y me dijo algo como que yo era bendita entre todas las mujeres y que Dios me había escogido para ser la madre del Mesías. Todavía no se me ha quitado el susto. Porque está muy bien eso de creer en los ángeles y que se le aparezcan a los profetas y gente así, pero a mí me pilló completamente por sorpresa. Yo estaba a lo mío, pensando en cuándo llegaría José del taller y tal; en fin, cosas de la casa, normalitas. Menos gracia me hizo lo de que me fuera a quedar embarazada sin intervención de mi marido. José no iba a tomárselo bien así como así y el pitorreo del vecindario iba a ser de campeonato. Ya, ya supongo que el ángel se encargaría de aclarar las cosas, pero así, de pronto, no lo tenía yo muy claro. Como mis padres me habían hablado del libre albedrío (aunque no supiera yo muy bien qué era eso del albedrío), se me ocurrió preguntarle al ángel que si podía yo escoger. Vamos, que si aunque la elección viniera directamente de Dios, yo podía decir que no y que escogiera a otra. Y el ángel se quedó un poco perplejo. Supongo que nadie le había dicho que no antes. Pero conservó la serenidad y me dijo que sí, que tenía libre albedrío (otra vez con lo del albedrío) y que podía decir lo que quisiera. Yo tampoco quería decir que no sin más, así que le dije que si podía hacerle algunas preguntas antes de dar mi sí o mi no definitivo. Porque yo entonces era muy joven y, la verdad, no sabía qué iba a implicar un sí o un no. A lo mejor me condenaba desde ese mismo momento o me salvaba de un destino terrible.

A ver, le dije, si digo que sí y todo va bien (lo digo porque el rey Herodes anda muy mosqueado con las profecías y este rey no se anda con chiquitas), ¿qué le va a pasar a José? No sé, pero por mucho que me asegures que él está dispuesto a acatar lo que yo decida, no es justo que él tenga que fiarse de mi palabra completamente sin que se le aparezca ningún ángel ni nada. Parece como si su libre albedrío (ya puestos a usar expresiones exóticas yo no iba a quedarme atrás) no contara en estas circunstancias. Además, lo de ser madre del Mesías me parece una responsabilidad enorme. Y no sólo porque ahora mismo estemos con los romanos encima dale que te pego insitiendo en que seamos ciudadanos de su imperio, que ya está bien, sino porque ¿Cómo vamos a tratar a un niño como un niño normal sabiendo que es el Mesías? ¿Con qué autoridad voy yo a decirle al niño “ve a la tienda, tráeme un litro de leche y date prisa”? ¿Y si nos sale obediente y nosotros no sabemos cómo educarle? Son demasiadas las oportunidades de hacer mal las cosas por muy buena voluntad que le echemos. Y cuando se enteren los romanos de que el Mesías ha llegado, entonces qué. Porque no se van a quedar quietecitos mientras los judíos hacen peñas y grupos cada vez más grandes con su Mesías, ¿verdad? No es fácil la decisión, compréndelo. Sabes que soy de naturaleza dócil y obediente, pero no contaba con esto. Y tanto el sí como el no me dan mucho miedo. Hombre, el sí, me imagino, es lo que Dios quiere y yo debería querer lo mismo. Pero me has dicho que puedo escoger, ¿o no? Y claro, ahí está la cuestión. Porque si no pudiera, pues, dijera lo que dijera, no tedría mérito. Me pones en un aprieto muy gordo. Para mujeres que escogen lo que no deberían escoger, ya está Eva. Menudo castigo de mujer. Pero, a lo mejor, lo mío no tendría mayor transcendencia. Quiero decir que, si no obedezco y digo que no, que no estoy yo preparada para eso, pues se elige a otra y ya está. ¿O no? No me digas que si digo que no, entonces no viene el Mesías. Eso hay que advertirlo por adelantado, hombre. Si me lo pones así, lo del libre albedrío puede que siga siendo albedrío pero lo de “libre” no tanto. O sea, que si digo que no, que esta vez paso, no sólo me quedo sin ser la Virgen madre sino que fastidio a todos. Pues menudas opciones me das. Yo ya estaba hecha a ser la mujer de un carpintero, sin más aspiraciones. A mí no me importa que nadie más que mi marido me adore. Además, las profecías sobre el Mesías, o sea mi hijo, no son nada apetecibles. A cambio de decir que sí, la verdad, voy a llevar una vida de perros, y mi hijo mucho peor. Liberar a mi pueblo y a toda la humanidad suena fenomenal, grandioso, divino, pero ¿Por qué tengo que ser yo y no otra, vamos a ver?  

 

 

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