La película «Agua» de la directora Deepa Mehta cuenta historias de viudas indias

 

 

[Cultura – Artes visuales]  

 

© María Donapetry
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Agua (2005) es la tercera película de la trilogía encabezada por Fuego (1996) y seguida por Tierra (1998). Deepa Mehta, directora india afincada en Canadá, empezó a filmar Agua en el año 2000, pero, como ya había pasado con Fuego, lo controvertido de los temas que desarrolla en su trilogía provocó la furia de los sectores más conservadores de la India. Esta vez no se limitaron a vandalizar los cines donde se ponía la película, entre otras cosas porque Agua todavía no se ha estrenado allí, sino que la chusma destrozó los decorados y quemó en efigie a la directora. Para rodar Agua, Mehta tuvo que abandonar Benarés y las orillas del Ganges e irse a Sri Lanka. Allí, y después de cinco años, por fin pudo filmar su película sin mayores contratiempos. Agua se ha estrenado en Canadá, en Estados Unidos y en algunos países europeos (en España se estrenó el 3 de marzo de 2006) y la crítica fue prácticamente unánime en sus alabanzas a esta obra de Mehta. Por supuesto, todas las críticas dan buena cuenta de las dificultades que tuvo la directora y la oposición manifiesta y violenta en su país natal.

En el caso de Fuego, el tema que aparentemente resultó incendiario fue la relación lesbiana de las protagonistas. Según las fuerzas vivas (y definitivamente ultraconservadoras) de la India, eso no existe en su tierra y es un ultraje a su sociedad y buenas costumbres que una película “glorifique” este tipo de relación. Personalmente creo que la relación lésbica (discretísimamente visualizada) no fue lo que provocó las reacciones más virulentas sino el hecho de que las dos protagonistas se pusieran ciertas tradiciones por montera y decidieran seguir su propio camino al margen de sus respectivos maridos.

 Agua, siguiendo con el tema del papel de las mujeres en su sociedad y a lo largo de la historia, figura ocurrir en 1938 (época en la que Mahatma Gandhi empezó a movilizar la liberación y la independencia de la India) y se centra en la vida de un grupo de viudas indigentes que viven en un ashram (algo parecido a un asilo) en la ciudad santa de Benarés. Según la fe hindú, la mujer que se casa se convierte en la mitad de su marido. Cuando el hombre muere, la esposa tiene tres opciones: arder en la pira funeraria de su marido, casarse con el hermano menor de su esposo o llevar una vida de pobreza y abnegación enclaustradas en un ashram. La primera viuda que se nos presenta es Chuyia (Sarala), una niña de 8 años que acaba de casarse y de quedarse viuda. Su padre la lleva al ashram a la vez que lleva el cadáver del marido para que arda en una pira al lado del Ganges. Una vez allí, y sin que ella sepa por qué se le afeita la cabeza y se la abandona,  la niña tiene que empezar la  difícil tarea de adaptarse a su nuevo y ominoso destino. En un lenguaje cinematográfico que combina narrativas occidentales fáciles de reconocer (amores trágicos como el de Romeo y Julieta, desesperación y desesperanza como las de Ofelia, el abuso de los huérfanos como Oliver, etc.) con una visualización fuertemente atada al lugar, la cultura y las circunstancias de la India, Mehta consigue que cualquier espectadora pueda cruzar las barreras del idioma, de la cultura y del tiempo aun cuando sea perfectamente consciente de que se le estarán escapando multitud de detalles. Incluso teniendo que alternar entre la lectura de los subtítulos (los diálogos están en hindú en la versión original) y las imágenes y los sonidos de la película, no se nos escapa ni la belleza ni la profundidad de las historias que cuenta. Además de ver cómo se desarrolla el drama de Chuyia y su incapacidad de comprender por qué la entierran en vida, seguimos también la historia romántica de la joven viuda Kalyani (Lisa Ray), a quien la más veterana del ashram prostituye para conseguir ingresos, con el también joven abogado bramaní Narayan (John Abraham). Sin embargo, es la historia de Shakuntala (Seema Biswas), la que resume en sí misma y pone en jaque la situación de estas mujeres en la película. Shakuntala hace las veces de madre de Chuyia, libera a Kalyani cuando la castigan y, en general, tiene un profundo sentido de lo que es injusto. Es una mujer devota y constante que cumple con las exigencas de su religión. Cultiva su fe incansablemente pero no deja de ver los conflictos internos que ella misma tiene entre lo que la religión determina (que su viudedad la condene al ostracismo) y su conciencia (sus deseos de vivir). Como el agua del Ganges, la fe limpia y purifica pero, como el agua del Ganges, también ahoga. Después de oír hablar a Gandhi, Shakuntala rompe las normas del ashram y “libera” a Chuyia proporcionándole un futuro quizás incierto pero, precisamente por ello, más abierto del que la niña podría tener en el ashram.

La película Tierra figura ocurrir durante la división de lo que había sido la India en dos países: Pakistán y la India. El título hace sin duda referencia directa al elemento material sobre el que ponemos los pies, también a lo que significa pertenecer a una tierra determinada, a una nación, pero sobre todo a los sentimientos más “terrenales” o menos “celestiales”: el deseo, los celos, la venganza, la guerra o el asesinato como máscara y justificación de patriotismo. Cada una de las películas de la trilogía nos hace ver la ambivalencia de los elementos que se convierten en sus títulos. Todos ellos –fuego, tierra y agua—se conciben como símbolos de virtudes a las que aspirar. Sin embargo, Mehta desgrana las metáforas en lo que afecta a las mujeres y nos hace conscientes del peligro de sucumbir a los símbolos sin cuestionarlos, particularmente cuando éstos esconden bajo la apariencia de orden divino un control y opresión férrea sobre las mujeres.

Al final de Agua aparece por escrito en pantalla que la situación de las viudas en la India no ha mejorado mucho ya que todavía hoy en día hay millones de viudas indigentes viviendo en ashrams. Hace ahora ya mucho tiempo que la India es un país soberano, que se liberó de la colonización británica gracias, entre otras cosas, a las actitudes e ideas de Gandhi. Por desgracia, y como ha ocurrido y sigue ocurriendo en muchas partes del mundo, los sistemas patriarcales no parecen dispuestos a que las mujeres participen y disfruten de esta liberación. Cuando se trata de imaginar la nación y sus virtudes, las alegorías suelen tomar forma de cuerpo de mujer: la libertad, la democracia, la justicia, la madre patria, etc. Cuando los cuerpos de las mujeres de carne y hueso se niegan a funcionar como simples alegorías y se expresan con toda la complejidad y autonomía de un ser humano, quienes han imaginado la nación como algo inmutable y siempre bajo su control se incomodan. Los elementos naturales han sido siempre parte de todas las tradiciones como fuerzas creativas y, por lo tanto, se han asociado con lo divino. Lo que Deepa Mehta hace en su trilogía fílmica es cuestionar los discursos morales y políticos generados a partir de esos elementos y hacernos ver que se pueden y se deben cambiar (y no sólo en la India, por cierto). 

 

 

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1 – 01-06-2006