
Por Cristina Fallarás
Los padres de Lucas nos separamos cuando él tenía 3. ¿De verdad tú fuiste novia de mi papá?, me pregunta con regocijo a veces.
Luego su madre, yo, decidió convivir con un hombre de la edad de su abuela, mi madre.
Luego su padre decidió convivir con una mujer madre de dos hijos, de 13 y 16, más o menos.
Su madre no sabe cantar ninguna de las canciones que acompañan el paso del tiempo en el colegio, desde La lluna, la pruna o El gegant del Pi hasta el himno del Barça. Además, detesta la televisión, trabaja como una bestia todas las horas del día y desde el principio dejó claro que los niños juegan solos.
Su padre no consigue asimilar los horarios escolares, se mueve en moto, no le interesa el fútbol y perdió la madre cuando Lucas, el nieto, tenía 5.
Lucas se pasa la vida buscando la normalidad.
Ahora, a punto de cumplir 7, ha decidido que la normalidad consiste en que le guste el fútbol y en creer a pies juntillas la historia de Adán y Eva.
“Pero no puedo, mamá”, me dice, “¿dónde está el meteorito, y dónde están los monos...? Porque nosotros venimos de los monos, ¿no?”.
19 de septiembre de 2009
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