
La Navidad abre las puertas sin complejo alguno al kitsch: gigantescas bolas transparentes que giran mientras la nieve cae en su interior iluminado; monumentales abetos de falsas hojas de purpurina; enormes figuras inflables de Papá Noel; copos de nieve, lunas y estrellas de luces parpadeantes de todos los colores; y guirnaldas de plástico brillante que caen en cascada cubriendo paredes enteras a las que se superponen tiras de luces que dibujan renos cargados de enormes paquetes. Al tiempo, la megafonía recién instalada en las calles no deja de atormentar nuestros oídos con empalagosos villancicos escuchados mil veces con puntualidad previsible cada mes de diciembre.
A todo esto, en los últimos años, y a un ritmo de implantación alarmante, se ha sumado la moda de balcones y ventanas abarrotados de luces chillonas, a poder ser intermitentes, que permanecerán encendidas día y noche indicando el camino a incansables papá noeles trepadores con sus regalos que, desafortunadamente, no lograrán jamás llegar a su ansiado destino.
Pero en el colmo de lo hortera de esta orgía de formas y colores extraídos de una tienda de ofertas hay que destacar la decoración de los árboles de rotondas y parterres, que en estas fechas se ven recubiertos de cientos de bombillas fluorescentes de color marrón en el tronco, verde en las ramas, y rojo en las copas, simulando la fruta madura. El otro día, en un cambio de rasante, fui a dar con una de estas rotondas y me dí un terrible susto. Pensé que estaba frente a un platillo volante y que los alienígenas se habían presentado para abducirme. Pero la cuestión es mucho más sencilla. En Navidad, simplemente, nadie se plantea racanear en luces.
Y es que ya no basta el clásico árbol. En lo que es una carrera sin sentido hacia el falso lujo, gracias al derroche de fantasía e imaginación que invade el espacio, cuantas más bombillas se enciendan para este cometido, mejor. Todo vale, sea cual sea su precio, si de celebrar la Navidad se trata.
No es necesario reflexionar sobre las consecuencias medioambientales. Aunque el uso de bombillas de bajo consumo servirá para ahorrarnos un importante porcentaje de energía y tranquilizar nuestras conciencias, la factura medioambiental en forma de cambio climático, lluvia ácida, o contaminación la pagará todo el planeta.
Pero si algo es cierto es que la Navidad es un momento propicio para el desarrollo del kitsch: se articula en función del consumo, el sentimentalismo, los clichés de la tradición, y la constante pretensión de que una vida mejor y más noble se pueden obtener sólo con estar cerca de los seres queridos. También es cierto que el hombre kitsch desea llenar su tiempo libre con la máxima excitación a cambio de un mínimo esfuerzo y que por esta razón el kitsch puede definirse como un intento sistemático de huir de la realidad cotidiana. Pero lo que realmente molesta es tanto mal gusto en esta época en la que el estilo kitsch, si es que puede denominarse estilo, trasciende más allá y se convierte en el placer de lo horrendo, elevando a los altares todo aquello que nos duele a la vista.
Publicado por el administrador de Agitación Cultural desde la Periferia, 12-20-2009
Enviado por Agitación Cultural desde la Periferia
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