
Por Cristina Fallarás
Ahora trabajo en la zona alta. En fin, más o menos. Esta semana entré a una mercería de la calle Mandri.
Quería comprar un conjunto de ropa interior. En la mercería, tres personas: un septuagenario de corte catalán con cena de tortilla viuda, una septuagenaria de corte esposa de septuagenario del textil y una sexagenaria paralítica con manta. Ante el trío expectante dije:
- Quiero un conjunto de braga y sujetador.
Dije braga después de esa décima de segundo en la que una tiene que decidir si dice braga o braguita.
El septuagenario se retiró con cierta gravedad lúbrica al mostrador donde la paralítica pasaba el rato. La septuagenaria entonces me miró de arriba abajo y me contestó:
- Aquí no vendemos fantasía.
No obstante, se fue hacia una estantería y extrajo una gran caja de cartón. Dentro, alineados, decenas de sujetadores de cuello alto pedían a gritos incineración.
- Esto es lo que tenemos.
Dijo la muy puta, y sacó una prenda en cuyas copas se podían servir sendos platos de paella.
- Muchas gracias, no me interesa.
Contesté y salí a la lluvia intensa que a esa hora barría la zona para seguir con toda su mugre hasta donde yo vivo, allá abajo. Miré a mi alrededor y entendí mejor esa estela triste que dejan las mujeres rubias que veo ahora. Incluso las embarazadas.
Octubre 2009
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