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| 06/01/2009 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Decadencia del cinismo ![]()
Tan actual y tan antiguo. Así me sonó el discurso del Obama ya presidente electo. Claro, a mí me lo dicen hace nada, y me troncho. Si hace un tiempo -ahora mismo, como quien dice- algún político se hubiera atrevido a decir lo que él soltó, con toda su flema y sin sonrojo -"en que cada uno echa una mano y trabaja más y se preocupa no sólo de sí mismo sino el uno del otro"-, le habrían tachado de utópico, alejado de la realidad e incluso peligroso. La política, desde hace años, es y sólo es posibilista. El tiempo de los grandes discursos, de las grandes esperanzas, del we can, parecía haber terminado en los setenta. Pero hete aquí que un señor negro, un candidato inverosímil, en Estados Unidos se larga con una soflama dedicada a los inocentes, a los que creen que se puede cambiar el mundo, uf, a los libres (o hartos) de cinismo, y prende. Vaya si prende. Más allá de si será capaz de cumplirlo o si se lo van a permitir, el discurso de Obama es profundamente actual y por ello interesante, muy inteligente. Porque para que prenda como ha hecho, hace falta no sólo que exista una población famélica, con un hambre de esperanzas que no veíamos, ya digo, desde los setenta, el hambre que mata la reticencia y el desengaño al que estamos acostumbrados. Hace falta además que el orador se lo crea. Ésa es la principal diferencia entre, por ejemplo, la anciana Ann Nixon Cooper de Atlanta y la niña de Rajoy. Decadencia del cinismo. No es momento para cenizos. Not yet.
Cristina Fallarás e-mail: cfallaras@diarioadn.com Fotografías:
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