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  29/08/2008
 

 Algo

 

S

iempre he sentido que me faltaba algo. Nada concreto: algo. Los niños saben lo que es y ellos no tienen que darle más vueltas al asunto. Un niño se para en la acera, se suelta de la mano de su madre y sin preocuparse de nada más grita: “¡Quiero algo!”. Los padres, avergonzados e inquietos, pretenden que el niño convierta ese algo en una palabra, en un deseo enunciable. Pero el niño no está para bromas léxicas y continúa rígido como una estatua vociferante. Los padres quieren que ponga una palabra tras cuya fachada se esconda cualquier cosa de esas que anuncian en la tele, un tren eléctrico, un helado de tres sabores, un vídeo juego o un balón de reglamento firmado por Zidane. Entonces la madre, que sabe de oquedades, le acaricia y promete al niño que tendrá ese algo.

La promesa de la madre, muda, nutricia, anterior a la palabra. La edad te centra y te obliga a ponerle nombre al algo. No importa, el que sea, una palabra, cualquiera. A veces el nombre es un yate, el sillón de la presidencia de un banco, un bombón helado, un himno nacional o una mujer. Y aunque parezca lo contrario no estoy hablando de yates ni de sillones presidenciales ni de bombones helados ni de partituras y banderas ni de mujeres ni de hombres esbeltos. No, hablo de palabras, esas palabras que nos calman al disfrazar el algo con una máscara de realidad. Nombres que entretienen y cobijan, palabras que acunan y susurran, casi tan efectivas como la madre que se agacha en la acera y con su caricia balsámica acalla nuestro berrinche existencial.

Yo no aguanté mucho tiempo sin ponerle nombre al animal feroz y escurridizo. Confieso aquí que en mi adolescencia pensé que ese algo se llamaba Paloma. En el mundo había una mujer, sí, de carne y hueso, con ese nombre. Con ese nombre y unos dientes pequeños y una mirada casi irresistible de ojos verdes. Sí, pero ése era otro asunto que nada tenía que ver con los berrinches: la mujer real de nombre Paloma.

Ella nunca lo supo. Este tipo de cosas es mejor mantenerlas en secreto, así es mucho mejor, uno arrastra la cruz de sus aceras de llanto sin implicar cirineos de carne y hueso. Así, con un nombre, el algo se hace familiar y suave como un peluche. Así es más fácil invocarlo. Dices: “¡Oh, Paloma!”, y la ternura, y la tristeza adoptan una forma. Será por Paloma –me engañaba— y entonces no podía aguantar el tumulto ciego que sembraba ese nombre dentro de mí. Me entraban unas ganas infinitas de correr. Y dejaba lo que estuviera haciendo y me ponía a correr. “Hay que ver esta juventud”, imagino que pensaba mi vecina cuando a cada poco –y cada vez más rápido– me veía pasar frente a su balcón dando vueltas a la manzana.

El atletismo, pensé entonces, era la salvación, era lo que me haría olvidarme de aquel nombre. Corría, cronometraba los tiempos. Me alimentaba y corría. Paloma se diluía en mis carreras: se desfiguraba el trazo seductor de su nariz respingona, sus ojos verdes y la sonrisa indulgente de los que se sienten bellos, inaccesibles, deseados. Y yo corría hasta que el nombre de Paloma se enredaba en los postes que yo iba dejando atrás a golpe de zancada. El aire entraba entonces con violencia en mis pulmones, como si el algo fuera el aire y mis pulmones la concavidad llamada a recogerlo.

Dura poco la asfixia de los que siguen vivos. Y entonces me creí que lo que en realidad quería no era otra cosa que una medalla. Medalla. Y el sonido marcial de los himnos y el ondear de las banderas. Una medalla, ahí, junto al esternón, brillando en el lugar visible para el mundo. Una medalla que durante unos instantes ha servido de espejismo, como el barro fresco del alfarero que adopta formas y más formas. Siempre fresco. Mi algo, la medalla. Y casi te lo crees, por unos instantes. Pero lo peor de todo no son los músculos doloridos, el viento en la cara, el olor de los cuerpos y el sudor, el tiempo perdido en los entrenamientos, el tendón que duele al rebotar el pie en el tartán, la oscuridad en plena tarde, el murmullo avariento de las gargantas en las gradas, el disparo anunciador, lo infinitos que pueden llegar a hacerse cien metros, los bufidos de los corredores a derecha e izquierda, los pulmones que estallan, los cuerpos, los cuerpos. No, lo peor no es eso. Ni las mujeres ceremoniosas que portan sobre cojines rojos los trofeos (tan bellas o más que Paloma), ni el himno que ocupa el aire desde los altavoces del estadio, ni las lágrimas.

Lo peor es cuando te retiras besando la medalla y notas todo el frío de los metales del mundo en tus labios y no puedes gritar como un niño en pleno berrinche: “¡Quiero algo!”. Ellos ya están entretenidos con otros velocistas.
 
 

Alfonso Fernández Burgos
Artículo publicado en el nº 186  Primavera 2002  de la Revista muf@ce www.map.es/muface/

Fotografías:
mujeraldia.com
dinaserver.com

 

 

 

 

 
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