
mujer, cuando discutimos, suele recriminarme lo de las alfombras. Aprovecha cualquier ocasión para recordarme que en las casas de todo el mundo hay alfombras, y aunque no padezca ningún trastorno compulsivo que la lleve a desear cientos de ellas yo sé que le gustaría tener, como tiene todo el mundo, un par de alfombras; de esas coloridas para ponerlas en el salón y dejar que a las visitas se les hundan los zapatos entre sus mullidas lanas orientales. Pero las pistas de carreras, los puentes y los hangares no les dejan sitio.
Cuando nuestras discusiones suben de tono ella nunca me amenaza con pedir el divorcio ni con irse a vivir a casa de su madre, no es de ésas, sino que me mira por debajo de las plataformas sobre las que discurren los cochecitos de carreras y con todo el odio –poco– que pueden desprender sus ojos azules me dice en tono de sentencia firme: “Qué se puede esperar de alguien que odia las alfombras”.
Yo callo ante estas injustas afirmaciones, porque no es bueno para la convivencia echar leña al fuego, pero tengo que confesar que yo no odio las alfombras, al contrario, me gustan, me gustan mucho. Caminar sobre una alfombra espesa y muelle es como pasearse por un cielo rectangular y pequeñito, por un paraíso doméstico de flecos tejido a nuestra imagen y semejanza. Callo con la mejilla pegada al parquet mientras mi mujer va haciendo contorsiones para salvar los obstáculos que hay en el pasillo, con mucho cuidado de no pisar las pistas por las que, veloces, se desplazan los bólidos en miniatura. Cuando la veo así me recuerda a Catherine Zeta Jones en la película La trampa esquivando los enmarañados haces de células fotoeléctricas. Es una lástima que sea rubia.
De verdad, de buena gana tendría un par de ellas. Pero todas las ventajas que acumulan las alfombras no son, empero, suficientes para que tome la decisión de desarmar mi scalectric.
Hay deseos tan fuertes que dejan una rambla profunda y seca en la experiencia y luego uno no tiene bastante con una vida para llenar su cauce. Tal vez por eso soy un acalorado creyente en la reencarnación y procuro llevar una conducta intachable para que en mis vidas posteriores siga siendo una persona y no una sabandija, una alimaña o un animal de compañía. Sólo de esta manera podré continuar mi colección de cochecillos y de pistas; sólo así podré saciar el surco amargo que me dejó el no tener un scalectric en la niñez.
Y no es que no hiciera intentos. Mis cartas a los Reyes Magos y mis plegarias a lo largo de años para que los niños del colegio de San Ildefonso sacaran la bolita con el número de lotería que había comprado mi padre. Ni los unos ni los otros. A los segundos todavía los odio y me siguen pareciendo una especie de porteros de finca urbana jibarizados en todo su ser. A los Reyes los he ido perdonando desde la noche de enero en que me empezaron a dejar cochecitos nuevos para mi scalectric.
Yo ensamblo los carriles, cuido con esmero las miniaturas, dejo que mi imaginación teja de bucles de pistas toda mi casa como si de una tela de araña tridimensional se tratara. Pero sé que nada de esto es suficiente. Y aunque mi casa es una casa espaciosa no lo es tanto como para llenar esa rambla sedienta que dejaron los odiosos niños de San Ildefonso. Los cientos de tramos de carretera que apenas permiten moverse por mi casa y que en inverosímiles trenzados llegan hasta el techo y se retuercen por los rincones, los miles de cochecitos que ocupan los armarios o los surcos metálicos por los que se desplazan no son suficientes para calmar esa sed de scalectric que todavía hay en mí y que probablemente me dure unas cuantas vidas. Es apenas una tormenta de verano que el cauce seco absorbe en un santiamén.
En ocasiones me entristece ser consciente de esta verdad. Preferiría no darme cuenta, creer que en cualquier momento ese deseo de cochecitos diminutos va a terminar de una vez, y que voy a contar con el coraje de tirar las pistas que ya están viejas o los bólidos destrozados por los derrapes. Me gustaría creer que eso es posible y que incluso podrían dejarme espacio para colocar un par de alfombras en el salón y que cuando discutiera con mi mujer me amenazase con pedir el divorcio o con irse a casa de su madre, como todo el mundo. Pero ella también parece estar, al menos en esta vida, condenada a moverse entre los escasos huecos que dejan las pistas del scalectric como una Catherine Zeta Jones. Aunque sea rubia.
Alfonso Fernández Burgos
Artículo publicado en el nº 191 Verano 2003 de la Revista MUFACE. www.map.es/muface/