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  11/02/2012
 

 IX - Mater Magistra

  

Como la madre suele ser quien pasa más horas con su niña o con su niño, también le toca ser la maestra en todo. Es cierto que hoy en día muchos padres se hacen cargo al menos de parte de esta educación no académica pero totalmente imprescindible para la criatura, pero el contacto que éstos mantienen y la instrucción que imparten son bastante limitadas.  Desde el uso de la bacinilla hasta los deberes del colegio, pasando por las comidas, la socialización en casa y fuera, las horas de diversión (con tele o sin ella) y un larguísimo etcétera, la madre se encarga de llevar la batuta como si estas labores fueran parte de la "inclinación maternal" natural. Esta terminología debería sustituirse por "inclinación cultivada". Esto es: lo normal es que tanto el padre como la madre deseen lo mejor para su criatura y aprendan la mejor manera de conseguir ese "lo mejor". Para ello, el instinto y el sentido común puede que ayude, pero hay que cultivar las inclinaciones y, a veces, dejar las inclinaciones del todo y ocuparse de aprender cosas nuevas. Las nuevas tendencias educativas han dado al traste con el cachete, el soplamocos o cualquier modo punitivo físico que antes se consideraba natural y necesario. Ya hace bastantes años que se lleva el "método" de la persuasión, el diálogo, la sugerencia, la distracción alternativa, etc.  Estoy totalmente en contra de la violencia de cualquier tipo, mucho más cuando se trata de niños, pero estos principios civilizados no funcionan en todos y cada uno de los casos y circunstancias que se dan en la educación de una criatura.
           
No voy a proponer aquí un retorno a la bofetada torera, de ninguna manera, como método de persuasión para que la niña haga su pis en la bacinilla y no en la alfombra del salón, pero sí voy a explorar lo que siente y piensa la madre ante situaciones cuyo control se le escapa física y psicológicamente por muy "a la page" que esté en cuestiones de puericultura.
            
Desde que existen los pañales desechables, el entrenamiento de la bacinilla ha dejado de ser una prioridad para convertirse en una cuestión de números. Los ecologistas proponen la vuelta al pañal lavable porque, dicen, no genera basura y es más económico. Es verdad, un pañal tradicional y las gasas tradicionales se usan y vuelven a usar docenas de veces, pero hay que lavarlos, blanquearlos, tenderlos o secarlos a máquina, plancharlos o doblarlos de manera apropiada. En horas de trabajo y energía eléctrica no son tan económicos, a no ser que se considere el tiempo de quien se ocupa de ellos "barato" o simplemente no cuente en términos económicos. Creo que la campaña de los Verdes debería orientarse más hacia una conveniencia real y económicamente factible (en dinero y en tiempo) que hacia la culpabilización de quienes generan basura y provocan deforestaciones por usar pañales desechables.
           
Personalmente no me dediqué al entrenamiento de la bacinilla ni un minuto, pero conozco a muchas madres que se han pasado horas y horas de "entrenamiento" y que han llegado casi al paroxismo de la felicidad cuando sus niños o niñas por fin han entendido para qué sirve la bacinilla. No puedo decir lo mismo de padres, porque no conozco a ninguno que se haya dedicado a estas labores.
          
La enseñanza de una personita pequeña suele articularse en términos imperativos: "No hagas eso","haz esto", "ven", "duérmete", etc.  Hay niños que responden al tono de voz y el gesto que se pone cuando se dan esas órdenes, pero los hay que se divierten mucho más contradiciendo la misma orden. No creo que lo hagan con ánimo de fastidiar. Puede que no entiendan lo que se les dice o que no puedan de ninguna manera comprender por qué no se puede o debe escupir lo que no les gusta. Sea como fuere, en estos casos dudo mucho que el diálogo y los métodos de persuasión retórica funcionen. Lo que sí suele suceder es que a la cuarta vez que la papilla de frutas entera sirve de decoración de las paredes, el niño no la ha probado y está llorando de desesperación o riéndose triunfalmente, la madre está rondando una crisis y tiene que tomar una decisión: darse por vencida, meterle la papilla al niño en plan batalla campal a ver quién gana (suele ganar el niño), dialogar con la pared un rato y esperar a que conteste algo razonable, alimentar a su niño por vía intravenosa, en fin, que lo mejor es no dejar que las cosas lleguen a crisis pero no es fácil. Antes el baño se consideraba una necesidad higiénica. Hoy se trata como una función social y una oportunidad de diversión tanto para el bebé como para la persona adulta que se ocupa de ello. De ahí que la bañera esté abarrotada de muñequitos o de barcos y patos, de jabones especiales y de champús con olores tropicales. La mística de la aromaterapia se encuentra con el circo y las fieras. Mientras los bebés son de pocos meses, la función del baño es cuestión de minutos y suele resultar satisfactoria tanto para el bañado como para la bañadora.  En cuanto se pueden sentar y sostener solos empieza otra historia. Como con la comida y el uso de la bacinilla, el baño puede convertirse con asombrosa facilidad en una batalla de voluntades. Un consenso diplomático, creo, es lo único que funciona sin tener que recurrir ni al manual de instrucción de los marines norteamericanos ni a convertir todo el cuarto de baño en un circo acuático para que ni el baño, ni la papilla, ni las bacinillas se conviertan en el tema central de las conversaciones de la madre con su psiquiatra.
  
Lo que quiero decir con estos ejemplos tan prosaicos es que la labor "magistral" de la madre no es fácil ni física ni psicológicamente y que, en realidad, puede compartirse perfectamente con el padre. No requieren "una inclinación maternal" para nada sino unas dosis masivas de paciencia y buen ánimo y la imprescindible "inclinación cultivada" de compartir todo lo que supone tener un hijo.
                 
Creo que los nuevos métodos de persuasión en la manera de "educar" a nuestras criaturas está produciendo niños y niñas sin miedo, con carácter y sentido de la importancia propia, y un fuerte sentido de seguridad. Estupendo en muchos sentidos, definitivamente mejor que la infravaloración que se inculcaba a las niñas sistemáticamente hace años, pero este tipo de educación también trae responsabilidades que tarde o temprano van a tener que asumir los padres. Es cosa común ver hoy en día cómo un niño que viene a jugar con tu hijo a casa, se propone destruir el video o las begonias o pintar una obra de arte en la pared, o jugar al fútbol usando la tele de portería y los progenitores del tal rorro ni se inmutan, dejando que seas tú quien ponga orden, si te atreves.  Estos padres han pasado del tractor al mercedes o del mercedes al tractor sin considerar que puede haber algo entre uno y otro. El abandono de la chuleta, en este caso, ha cedido paso a la pasividad absoluta basándose en que la política de no intervención (como en otras guerras) es la que va a funcionar para el cese de hostilidades psicológicas o de otra naturaleza.  El resultado de esta "política" suele ser que el niño o la niña se desmanda cada vez más y que los amiguitos huyen de él y de sus padres como si tuvieran la peste bubónica.  En lugar de tener una niña con un autoimagen maravillosa, lo que acaban teniendo es una petarda insufrible que acabará diciéndole a su terapeuta que la culpa de su incapacidad para vivir en sociedad la tienen sus papás. Y, hasta cierto punto, la tienen.  Y digo "la tienen" porque el absentismo del padre en estas labores es parte del problema: ocuparse de una criatura, entre otras muchas cosas, también significa vigilar y corregir lo inaceptable. Si la madre se ha pasado horas y horas en este tipo de actividad, necesita un relevo. Y si el relevo no aparece o aparece sin ganas, el panorama sólo puede empeorar para todos los implicados.

             

© María Donapetry

e-mail: md004747@pomona.edu

 

Ilustrador: Juan Moreno

e-mail: beloncio@inicia.es

 

Nota:

Dada la extensión de este ensayo, se publicará en diez secciones de aparición quincenal.

 

 

 
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