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  07/09/2008
 

 Infierno


Visto lo visto, toca cuento


 

La

mujer lleva las uñas pintadas de rojo mercromina, como si hubiera sufrido un accidente. Da la sensación de que tiene las puntas de los dedos heridas, y sus ojos llorosos, verdes e irritados, bien podrían dibujar el gesto de haber soportado un tremendo dolor. Flequillo hasta las pestañas. Un flequillo no como el de Betty Page, qué bruta, sino más bien un flequillo hija joven de presidente norteamericano años 50 qué pena que la niña nos haya salido tan puta, qué pena lo del alcohol, qué se le va a hacer, nada de escándalos ahora, déjala que haga lo que quiera, más adelante ya se verá.

Cuando levanta la cara, el camarero se da cuenta de que no es tan mujer, de que efectivamente, es la hija de un presidente, aunque sea el presidente de una multinacional, allá arriba.

Detrás de ella, la gorda Caterina pasea la barra como si estuviera buscando algo, o porque está buscando a alguien, un resto de clientela, esperando que alguien le lance un gesto. Y es la hija herida del presidente de algún rascacielos la que se vuelve, vamos al baño, ¿no?

Y la gorda Caterina, sin sus dientes delanteros, con sus pelos en el bigote, cepillo, y con el culo encallecido, con toda su historia a rastras, la gorda se estremece. Nadie entraría en el baño con una mujerniña que tiene las uñas pintadas con mercromina, cabeza de heredera y ojos de demente insomne.

...

El hombre que entra en el bar no tiembla. El tío éste no tiembla, piensa el camarero, y tiene que pensarlo, porque en el hombre que entra todo indica que está temblando, sus manos adelantadas con los dedos separados, los ojos muy abiertos con las cejas enarcadas, la boca con el labio inferior húmedo colgando, el pelo que reluce mojado, la frente goteada de sudor.

Se acoda en la barra y se peina el flequillo como quien da la mano a un cuervo. Quizás el primer sonido que emite es un graznido, pero suena hacia adentro y, además, suena detrás de la muralla que sus brazos forman ante el rostro.

El segundo sonido es un gemido que cruza el bar. Alguien con los poderes necesarios habría visto cómo a través de la boca del hombre y sus fosas nasales sale una espiral violácea, cómo vuelve a peinarle en azul el ala brea del flequillo, cómo recorre la barra, pasa entre las mesas rozando las nucas grises de los yonquis habituales, llenando de inquietud el alma de los insectos que proliferan bajo las mesas, cómo llega hasta las puertas batientes del baño, las cruza dejándolas vibrantes y traspasa el tablón que separa el váter de chicas del resto del cubículo agrio, cómo sube hasta el techo, se arremolina allí y baja para envolver la cabeza inclinada de la heredera del imperio absoluto justo en el momento en el que ella, echando la cabeza atrás, asimila la dosis exacta de veneno a través de las vías respiratorias para seguir jugando. Arggg.

...

Ya estás aquí, susurra la mujerniñaheredera de quién sabe qué mundos al plantarse ante el hombre que un minuto antes, sólo un minuto, ha expirado aquel gemido violeta y turbulento. Él la mira y va a decir ¿quién coño eres?, pero en cambio baja del taburete, se abraza al cuerpo menudo de ella, la envuelve casi, y se deja sacudir al fin por los sollozos que lleva demasiado tiempo guardando en la caja de los horrores.

Ella alarga la mano pintada de mercromina, dolorosísima, hasta la mejilla afilada bañada en lágrimas. Se sorbe él las palabras con los mocos y las babas y las lágrimas: tengo un alma que vender.

Alguien con los poderes necesarios habría podido ver cómo la mano de ella deja el rostro surcado por hileras de microgotas de mercromina que penetran la piel y luego penetran la sangre y podría haber visto cómo los globos oculares del hombre al fin se secan hasta quedar completamente negros, dos bolas de azabache que permanecerán así hasta el fin de sus días, cuando muera tirado en un rincón de cualquier calleja.

 

Cristina Fallarás

e-mail: cfallaras@diarioadn.com
cristinafallaras.blogspot

 

Fotografías:
usma.ac.pa
pbase.com


 

 

 

 
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