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| 08/10/2008 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Carmen en el infierno
por María Donapetry
Como iba diciendo, hablo desde la eternidad. No tengo más principio que la profecía de mi muerte y ni siquiera me dejan escoger el cómo: tiene que ser a navajazos, como si se tratara de una cuestión de honor. ¡De honor! ¿El de quién? ¿Por qué nunca me dan a mí una buena faca? ¿Por qué quería José que yo fuera de otra manera si, dicen, se volvió loco por mí tal y como me conoció? Le enseñé a hacer el amor o, por lo menos, lo intenté. Se le iban las fuerzas nada más verme desnuda y gemía y lloraba como un niño porque quería verme satisfecha. Yo no estaba acostumbrada a aquello. Algunos hombres son muy brutos, otros saben lo que se hacen, pero José ni era bruto ni sabía nada de nada, ni me parece a mí que quisiera aprender. Cuando por fin dejó el ejército o, más bien, el ejército lo dejó a él, se quedó con el cielo y la tierra. Sin galones, sin dinero y sin destino, fui yo quien lo recogió y se lo llevó al monte con los míos. Pero no valió para nada. Había vivido demasiado cómodo para ajustarse a la vida de bandolero. Demasiado viejo para aprender trucos nuevos, demasiado joven para entender que no tenía marcha atrás. Carne de cañón con modales de soldadito. Allí mismo me regaló un anillo. No estaba mal, lo confieso, pero yo sabía que ese anillo no estaba pensado para mis dedos. Era un seguro de fidelidad, una señal de para mí te quiero y para mí solo te tengo. Algo teníamos en común, que los dos éramos vascos, y para de contar. Yo ni me acuerdo de donde nací y, además, ¿en qué me puedo parecer yo a las mujeres del pueblo de José? En nada. Seguro que por allí se levantan con las gallinas, ordeñan a las vacas, salen a plantar o a recoger algo del campo, trabajan como mulas de carga y mantienen su honra bien cubierta de refajos para que sus Josés, y sólo ellos, las dejen preñadas una año sí y el siguiente también. Allí querría ver yo al francés de visita. Pero para qué iba a ir a Navarra el gabacho a pasar frío, monte arriba y monte abajo y viendo mujeres que sólo hablan cuando las hablan. El anillo de valor sentimental. ¡Menuda fortuna! Lo que José sentía por mí lo sé yo muy bien: ganas, unas ganas rabiosas de demostrarse a sí mismo que él era el macho del manojo, que estaba por encima de mí y que acabaría por convertirme en su cordera. Pero el francés ya había anunciado que mis ojos eran de lobo y José que mis movimientos de gato. Animales y más animales. ¿Y José?, ¿de qué tenía ojos José? Los tenía de color mapa, entre castaños y verdosos, ¿pero de qué animal? Porque andaba rígido, pero no se me ocurre compararle con ningún animal, mucho menos con una fiera. Y en la cama, sus gemidos de niño bueno. Luego lo de mi marido. Lo único que quería ese desgraciado era desahogarse después de estar en la trena una buena temporada. Y ahí estaba yo, sin remilgos pero sin ganas, a su disposición. Ese no gemía; bramaba o gruñía hasta vaciarse y luego se quedaba dormido roncando con el resuello que le quedara. Olía a bestia. Y a José le daban los celos. ¿Celos de qué? Celos de que a mi marido lo único que le interesara fuera un coño bien dispuesto y nada más, sin dar ni pedir amor, sin sentirse desgraciado ni afortunado porque fuera yo y no otra la que recibía sus embistes. ¡Qué harta me tenían los dos! Pero había que pasar por el aro, como siempre, abriéndome de piernas a cambio de nada. Porque eso es la fidelidad por la que tanto piaba José.
El francés salió bien parado, vivió para contar el cuento del cuento. Y aún le quedó tiempo para hablar de la raza calé, como si de verdad le interesara la cosa. Lo que le interesaba era el morbo. Ahora mi nombre anda por ahí, en boca de cualquiera que se quiera acercar al demonio y al fuego pero sin quemarse. Siempre dispuestos a oír la misma historia, siempre seguros de que no hablaré yo, conversaciones entre hombres de esos que se empalman y se acaloran con sólo hablar de lo que harían o con escuchar lo que otros hacen. Si después de oírme a alguno le quedan redaños, que venga a verme. Aquí los espero.
Fotografías originales: 1ª Pub. 20-02-07
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