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  25/05/2012
 

 “La Virgen Caminante” (Walking Madonna)

 

Para Harriet

 

H

asta hace unos días no se me había ocurrido pensar en la Virgen María de otra manera que no fuera la que la iconografía católica me había enseñado. Quiero decir que, cuando se me ha ocurrido imaginarme a la Virgen, casi siempre ha sido con la cara en éxtasis mirando al cielo, como la mayoría de las estampas de su Asunción, o con la cara bañada en lágrimas mirando hacia arriba, hacia un horizonte impreciso o postergada y cabizbaja. Es verdad que también puedo traer a la mente otras posturas y caras de la Virgen. La Pietá de Miguel Angel, por ejemplo; o la Virgen en el portal de Belén mirando a Jesús. Sin embargo, por mucho que me esfuerce, siempre la imagino estática, nunca en movimiento. Y la cosa es que estoy segura de que, como mujer de carne y hueso, tiene que haberse movido una barbaridad. De hecho, los Evangelios (San Lucas en particular) nos cuentan muchas de sus idas y venidas con sus padres, con San José, con Jesús, con San Juan; pero no hay pinturas ni esculturas que reflejen esos movimientos.

Por otra parte, creo que la Iglesia, a la que nunca le han faltado talentos que trabajasen en el arte sacro, se debe de haber empeñado a lo largo de los siglos en fijar la imagen de la Virgen precisamente como modelo de pasividad femenina. El rasgo que parece definir a la Virgen en su iconografía es la conversión en algo plástico del concepto de obediencia absoluta: “Hágase en mí según tu palabra”. Para alguna mujer de cierto brío y creyente tiene que resultar difícil acercarse a las imágenes tradicionales de la Virgen y no sucumbir a la resignación total del modelo. Pero hace unos días conocí a una párroca (sí, una párroca con a) protestante a quien cierta imagen de la Virgen la había inspirado. Dado que la párroca de la que hablo es una mujer joven, madre de cuatro hijos, enormemente activa en su casa, en la iglesia y en el mundo académico, me entró curiosidad por saber qué imagen de la Virgen podría haberle servido de estímulo. Me dijo que se trataba de una escultura que había en la catedral de Salisbury. Como no podía en ese momento plantarme en Salisbury y ver la estatua en vivo y en directo, hice lo que hacemos todos, me fui a Google, surfeé la susodicha catedral y di con la “Walking Madonna” (la Virgen Caminante). Allí estaba, al aire libre cerca de la entrada a la catedral. Y efectivamente, es una Virgen caminando pero no de paseo a no hacer nada en particular, no, sino caminando a algún sitio a hacer algo, con la mirada al frente, adondequiera que vaya, con intención. La escultura lleva ropa larga, pero el aire de su movimiento hace que la ropa se le pegue al cuerpo y lo realce precisamente en su movimiento. Después de mirarla bastante tiempo, me di cuenta de que llevaba una especie de escarpines cerrados, atados con cordones y sin tacón. Se trata, sin duda, de una mujer con mucho que caminar y, por lo tanto, práctica en cuanto a calzado se refiere.

El siguiente paso en mi surfeo me llevó a buscar quién había hecho la escultura. Sospechaba que sería una mujer y acerté. La escultora fue Elisabeth Frink (1930-1993) y hay dos “Walking Madonnas” suyas: la de la catedral de Salisbury (1982) y otra en los jardines de Chatsworth House en Derbyshire. ¿Que por qué sospechaba que tenía que haber sido una mujer la escultora? Pues porque es más fácil que una mujer piense en cómo se representa a las mujeres en el arte, particularmente en el arte sacro, y no pueda ni quiera identificar a una mujer de verdad en lo que ve. Y no es que Elisabeth Frink decidiera traspasar a bronce una mujer normal y corriente, ni mucho menos. Pero es obvio que se molestó en pensar que un cambio en la iconografía de la Virgen merecía la pena. Que la mujer que representa por excelencia lo femenino en el mundo cristiano no tenía por necesidad que perpetuarse en el éxtasis, el dolor y la resignación, sino que cabían otras posibilidades: la del movimiento, la de querer hacer y no sólo adorar o ser adorada. Creo que Frink creó una imagen alegórica de la Virgen que es capaz de hablar de sí misma y de inspirar algo más que la voluntad de obediencia y resignación.

El tercer paso que yo misma di en este asunto fue hacer la excursión a Salisbury a ver la escultura in situ. No sólo no me decepcionó sino que me impresionó mucho más que la fotografía que había visto. Allí estaba, en pleno césped, a la intemperie, con la pierna derecha adelantada y el pie izquierdo a punto de levantarse para dar el siguiente paso. A primera vista sus proporciones parecían sacadas de cualquiera de las esculturas de Giacometti pero de cerca su volumen, aun siendo ligero y estilizado, apenas sobrepasaba en un quinto el tamaño de una persona de mediana altura. Creo que fue la sombra que proyectaba en la hierba lo que le hacía parecer más alta y alargada. La cara estaba definida sólo a grandes rasgos. Miraba hacia donde iba. No había ni sonrisa beatífica, ni lágrimas; quizás se pudiera interpretar lo sencillo de las formas de la cara esculpidas en bronce como fuerza de voluntad o conciencia de propósito. Entré luego en la catedral y me resultó fría en comparación con los brillantes verdes de los alrededores. Fui a la tienda de souvenirs a ver si había alguna reproducción, por muy hortera que fuera, de la Virgen Caminante pero me encontré con las estampitas de siempre y no compré nada. Eso sí, a título nominal, prendí una vela en su honor. Al salir de la catedral y dejar Salisbury pensé en la párroca que me había hablado de la escultura y de los efectos que había tenido en ella. Tenía razón: da gusto verla, un gusto cómplice y silencioso por romper con restricciones milenarias que han glorificado la inacción y el sufrimiento como señas de santidad e identidad femenina.

 

María Donapetry

MD004747@pomona.edu

 

Fotografías:

Virgen andando-Salisbury Cathedral.mht

 

1ª. Pub. 23-10-07


 

 

 

 
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