
Por Cristina Fallarás
Subo en el metro con el cochecito de Pepa y me sitúo junto a la puerta, apoyada en la barra de los asientos. Delante de mí, un tipo de unos treintaytantos me mira fijamente. Es moreno y viste jersey de lana y pantalón de chándal. Al principio me parece que está cansado. En cuanto partimos de la estación de Universitat empieza a murmurar algo que no oigo. Luego se calla y cabecea. Me doy cuenta de que no cabecea de sueño, de que se ha metido un chute de algo, seguramente heroína. Hay más heroína últimamente en Barcelona. Ahora se pueden ver otra vez yonquis en los portales, como hace un par de décadas, mujeres flacas y desdentadas tambaleándose, hombres en chándal que tiemblan con las uñas negras. La calle Sant Pau, por ejemplo, se ha convertido en un lugar muy desagradable. Cuando llegamos a la estación de Rocafort el tipo abre los ojos y empieza a murmurar en un tono más alto y un poco violento, sólo un poco. "Te crees algo, puta, te crees algo y eres una mierda", dice. Se dirige a mí. "Puta de mierda". Pienso que yo recordaba más pacíficos a los yonquis, metidos en su colocón, más aislados. A éste le molesta que yo no le haga caso y no le mire, que ni siquiera me inquiete. "Eres una zorra y lo sabes", dice de forma más inteligible y ya lo puedo oír con claridad. Yo y el padre con hijo que viajan un poco más allá. No me molesta porque sé que tendría dificultades para moverse y eso me tranquiliza. Entonces, mira a Pepa, que desde su cochecito observa los colores de un día laborable, imagino que los colores. Mira a Pepa y le dice "tu madre es una puta y me la voy a follar, ¿me oyes? me la voy a follar porque es una puta de mierda". De golpe, una rabia con dolor me sube desde el estómago, consigue sonrojarme y me provoca un deseo de violencia desconocido. El padre que viaja cerca me mira con cara de póquer. Encaro al tipo y lo que me gustaría de verdad es acercarme a él, empujarle al suelo, seguro que caería, apenas se sostiene en pie, y allí darle una patada en los cojones, hacerle daño. En cambio, agarro el cochecito y pisando como si pateara basura me voy a la otra punta del vagón. Cuando, un par de paradas después, bajo del metro, todavía me late el corazón en la garganta.
e-mail: cfallaras@diarioadn.com
cristinafallaras.blogspot
Imágenes:
2ea14e92394ca4be.spaces.live.com
notas.megacolordigital.com