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| 17/03/2010 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Cosas que suceden – II
Por Cristina Fallarás
Una noche el tipo aquel que me seguía habitualmente lo hizo delante de mi hermana, quiero decir que delante de mi hermana se sacó la polla y empezó a meneársela y eso fue ya demasiado. Era un hombrecillo enclenque, menudo, pelirrojo y con ojos de besugo que empezó a aparecer por el bar donde yo servía copas de verano hacia mediados de julio. Se sentaba en un taburete, me miraba y babeaba muy pegado a la barra. Luego empezó a seguirme en coche. Yo salía del local a las tres de la mañana y él me seguía por la calzada lentamente, al ralentí, yo sin mirarle. Al volante de su pequeño automóvil recorría los trescientos metros que mediaban entre aquel garito y el túnel que comunicaba el pueblo con mi casa por debajo de la vía. Nada más. De lo que ocurría dentro del coche yo no sacaba conclusiones. Pero molestaba, claro. Su presencia molestaba aun cuando yo tenía sensación, casi la certeza, de que él no iba a abandonar su refugio. El canijo era una polilla asquerosa protegida del aire fresco de aquel verano de mis 19. Me seguía de madrugada y al día siguiente volvía a la barra como si nada. Una noche me di cuenta de que estaba tan pegado a la barra porque se masturbaba. Me acerqué a él, agarré el tubo de cerveza que se estaba tomando y, sin mediar palabra, se lo eché a la cara. Él se fue muy corrido. Los clientes me miraron con extrañeza, pero estaban demasiado apiñados y demasiado beodos para procesar aquello. Mi jefe no me dijo nada. Mi jefe se callaba porque a veces se arrodillaba detrás de la barra y lloraba declarándome su amor eterno. Era asqueroso, era alemán y era un payaso, pero sobre todo daba lástima. Esa noche en la que le tiré la cerveza a la cara al microimpotente salí del bar y me dirigí a la Policía local del pueblo. Les expliqué lo que sucedía y sonrieron. Que si me había tocado o empujado o intentado violar: no. Que si me había amenazado verbalmente con hacerlo: no. Que si tal que si cual: no. Me dijeron que entonces no podían hacer nada y, como querían ser amables, se ofrecieron a seguirme ellos un par de noches a modo de advertencia. Bueno, durante un par de noches me siguieron dos hombres en lugar de uno. En cuanto desaparecieron ellos, reapareció el besugo pelirrojo y esa fue la noche en la que dije basta. Mi hermana pequeña me había venido a buscar para volver juntas a casa. ¡Mi hermana pequeña! Y era la primera vez que lo hacía. Yo elegí un camino por dentro del pueblo, aunque era más largo que la carretera paralela a la vía, por ver si nos librábamos. Pero no nos libramos. Enseguida me di cuenta de que teníamos el coche unos pasos detrás de nosotras. No debí hacerlo, pero cuando el sietemesino aquél se puso, en contra de su costumbre, a nuestra altura y pudimos ver su cabeza de rana por la ventanilla le dije algo, yo qué sé qué, le dije algo para romper la complacencia y que se fuera. Entonces salió del coche. Por primera vez en los cerca de veinte días que llevaba siguiéndome salió del coche. Tuvo mala suerte, claro, porque fue a elegir el único día en el que mi hermana pequeña, venciendo algunas reticencias, había venido a buscar a su hermana estrambótica para volver juntas a casa. Salió del coche con el pantalón desabrochado, colgando por debajo del culo y una picha como un pequeño trozo de fuet sobresaliendo entre los bajos de la camisa. Mi hermana estaba allí. Mala suerte, enano. Llamé a un amigo poco recomendable y le invité a que viniera a la noche siguiente al bar. Yo sabía que el infradotado volvería a la barra, a pegarse allí, a sudar como un batracio enfermo frente a su cerveza. Cuando aquel amigo entró, le dije “es ése”, y señalé al pequeño masturbador. Le había explicado lo que me pasaba y sólo le dije que no quería que me pasara más. No pasó más. Por eso, por agradecimiento, yo fui años después a visitar a aquel amigo a la Modelo cuando lo encerraron entre otros integrantes de la banda de los Centuriones por diversas razones que se quedaron en nada. También años después me reencontré con el retaco impotente de aquel verano. Un aspirante a novio me invitó a comer a un bonito restaurante en El Vendrell con otra pareja. Se acercó el camarero a traer las cartas y era él. Nos miramos -aquellos ojos de sapo, húmedos, que amenazaban futuras cataratas- e inmediatamente supe que no se movería. “Este tío me seguía en el coche haciéndose pajas hace unos años”, dije en voz alta como quien pide un vino. Los otros tres de la mesa me miraron azorados, mudos. Lo repetí: “Este tío me seguía en el coche haciéndose pajas hace unos años”. Siguieron callados un momento. Ellos y el masturbadorcito de marras. Hasta que aquel aspirante a novio me dijo “Cristina, por favor, qué cosas tienes” y pidió el vino. A él no he ido nunca a verle a ningún sitio, ni cárcel ni palacio. Todo esto no es agradable, claro. Todo esto pertenece a las cosas que no se cuentan. Es desagradabl de contar, de leer, de saber. Pienso que a lo mejor tengo demasiadas cosas desagradables de contar.
e-mail: cfallaras@diarioadn.com Imágenes:
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