
Por Cristina Fallarás
El incidente de ayer me ha hecho pensar en un par de cosas. La primera, en cómo se acostumbra una a las agresiones de ese tipo, en cómo te acostumbras a que te llamen puta por ejemplo. Porque ayer me dio igual que aquel individuo me llamara puta y todo eso, y sólo se desató la violencia, las ganas de hacerle daño, daño físico, cuando se dirigió a mi hija. La segunda cosa ha sido recordar la cantidad de veces que me ha sucedido algo similar.
La primera vez que un hombre se sacó la polla delante de mí fue en un tren de cercanías. Era media mañana y subí al tren en la Estación de Francia para ir a Masnou. Tenía 18 años y acababa de llegar a Barcelona, todavía sentía la emoción de vivir sola, de empezar una carrera, ese tipo de cosas. El vagón iba prácticamente vacío y, en el último momento entró un hombre de cuyos rasgos no me acuerdo bien. No recuerdo bien su cara pero sí su polla. Yo iba sentada en la ventanilla de la derecha mirando hacia Masnou y él se colocó en la ventanilla de la izquierda mirando hacia Barcelona, es decir, frente a mí pero a unos cuatro metros de distancia.
No tardé en darme cuenta que el tipo no me quitaba ojo. Me concentré en el paisaje hasta que algo, seguramente un movimiento extraño, yo qué sé, me llamó la atención y lo miré. El hijodeputa se había bajado la cremallera del pantalón y tenía en la mano un trozo de carne blancuzco ni muy grande ni muy erecto. Me miraba con los ojos muy abiertos. Sentí un asco desconocido, asco sórdido, pero no fue ese el sentimiento que se impuso. El sentimiento más fuerte fue el de una vergüenza tan grande que me aflojó los músculos y me anudó la garganta. En aquella ocasión me quedé petrificada, incapaz de moverme. Tendría que haberme levantado, tendría que haberme largado a otro lugar, tendría que haberle gritado guarro, cerdo, impotente, me dije luego. Pero no hice nada de nada, nada más que volver a mirar el paisaje sin verlo y dejar que las cosas sucedieran unos metros más allá.
Otras veces me ocurrieron cosas parecidas, en el metro, en la Ciudadela, en el camino de la riera de Calafell, en la playa… y siempre la parálisis y la vergüenza infinita, el latido del corazón acelerado en las sienes, el estómago y el pecho, la flojera en las extremidades. Luego quedaba una sensación de suciedad que, incomprensiblemente, me incluía a mí también.
No creo ser distinta. Me refiero a que no creo ser una excepción, a que estas cosas suceden y suceden y suceden. Pienso ahora en Pepa, claro.
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