© María Donapetry
curaré en salud declarando que, en principio, me parecen estupendas las relaciones amorosas acordadas entre dos adultos sean éstas del cariz que sean.
Ahora bien, no deja de sorprenderme lo poco que han evolucionado las cosas con respecto al hombre de mediana edad que se lía la manta a la cabeza (y alguna cosa más) con una moza de veinte, abandona esposa y descendencia, y decide aquello de “a la mierda abanico, que se acabó el verano” de modo unilateral. La moza en cuestión suele ser soltera, sin compromisos que no pueda zanjar con una llamada telefónica, y siente la excitación de la aventura, el frenesí que debe de dar la exploración de un continente con historia, casi como un museo, al que su sola presencia vigoriza.
Cuando esta relación, tan rayana en el tópico de “cuanto más viejo, más pendejo”, se da entre un profesor y una de sus alumnas de una universidad (pongamos por caso), la discreción y el secreto se hacen imposibles y se impone solventar cuestiones de honor: el profesor controla a su alumna porque es quien da las notas, la alumna puede en un momento dado declarar que el asunto es un caso de acoso sexual. Así que los dos, si la cosa va en serio,
tendrán que presentarse ante las autoridades competentes para declarar sus buenas intenciones amorosas y, de esta manera, prevenir futuros entuertos. Hasta aquí una bonita historia de amor entre el recién vigorizado varón que ronda la cincuentena y la inocente aprendiz de bruja (de magia blanca, por supuesto). Lo malo es que esto es el cuento de nunca acabar.
Sí, a lo mejor, y con buenísimas intenciones por todas partes (incluyendo las de la ex-esposa y descendencia) la relación llega a santificarse con el sacramento del matrimonio civil; y el vigor y el frenesí duran toda una vida, incluso las dos de los miembros de la pareja. Creo, sin embargo, que no sería mala idea algo de reflexión por ambas partes. O, por lo menos, por parte del hombre maduro. Al fin y al cabo lo de “maduro” no sólo se refiere al número de años que tenga el sujeto sino también al juicio y aplomo presuntamente adquiridos con la edad. Casi sólo con excepciones que se pueden contar con los dedos de una oreja, la estudiante joven carecerá de ese juicio y aplomo mientras que le sobrarán energía y capacidad de asombro. Se puede entender la atracción mutua y momentánea; lo que no se entiende tan bien es que el galán añoso prescinda de juicio y aplomo, que deje que el halago juvenil de una cara boquiabierta ante sus proezas intelectuales le convierta en Tarzán de las aulas. El cromosoma Y y su manifestación externa más obvia no sólo distinguen al varón de la hembra sino que también han “justificado” durante siglos su superioridad física y cerebral. Siendo así, no debería confundirse (la manifestación externa del cromosoma Y) con un churro que se moja aquí y allá hasta que se queda blandurrio. Aunque, ahora que lo pienso, a lo mejor ésa es la explicación. Exaustas las neuronas de trabajar a destajo y arengadas las hormonas por una joven adoradora, el cerebro empieza a tener fugas.
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1ª P. 12-07-2005