
mina la nigeriana vivirá, no será lapidada. Un tribunal islámico de su país, tras recibir toneladas de peticiones de todo el mundo, decidió que la condena por adulterio era injusta, que el juez que la condenó en primer lugar no había seguido los procedimientos debidos y que el adulterio no había sido demostrado. Me alegro, aunque sé que habrá otras Aminas de las que no tendremos noticia y a las que sí lapidarán porque la ley que castiga el adulterio con semejante condena no ha sido derogada.
Al hilo de esta historia sobre una mujer que me parece remota por su raza y su cultura pero que como víctima no me resulta tan ajena, hay cuestiones que no he podido resolver en mi propia mente de mujer española. Verán: el agosto pasado, en el pueblo donde paso el verano, hubo un día especialmente dedicado a recoger firmas precisamente para protestar contra la sentencia que se le había impuesto a Amina. Ese mismo día El País publicaba un artículo sobre la violencia doméstica en España: para mediados de año las cifras de mujeres que recibían palizas o eran asesinadas por sus maridos, amantes, “compañeros sentimentales”, etc. habían subido más de un 25% con respecto al año anterior. Fue tal la ira y el descorazonamiento que sentí, que cuando alguien en una tienda me pasó la hoja de firmar para protestar contra el caso de Amina, dije que no iba a firmar hasta que no me pasaran una hoja para protestar contra la violencia doméstica en España, hasta que no me pasaran una hoja con el nombre de cualquiera de las mujeres que ya habían sido sentenciadas y “ajusticiadas” por cuenta propia de algún animal, y hasta que no me pasaran otra hoja para pedir la justicia más elemental: que ser mujer no signifique ser víctima.
Se me ha pasado el primer momento de ira ciega, pero no las ganas de repasar el caso de Amina y establecer comparaciones. La primera vez que tuve noticias del caso, como casi todo el mundo, pensé en la barbarie que aún existe en algunos países, pensé en lo atroz que es una religión que fanatiza a la gente hasta el punto de justificar y convertir en ley lo que en Occidente consideramos inaceptable por inhumano. Puse entonces mi firma en todas cuantas peticiones llegaron a mis manos con la esperanza de cambiar el destino de Amina. A la vez que firmaba, me sentía superior. Quien firmaba, yo, era una mujer blanca de un país civilizado y democrático pidiendo a un país del Tercer Mundo que cambiara sus costumbres y sus leyes o que, por lo menos, hiciera una excepción con Amina. Lo que pedía era que pensaran y actuaran como si estuvieran en mis condiciones y no en las que realmente están. A la vista del artículo de El País, sin embargo, me di cuenta de que ser blanca, española y vivir en un país mayoritariamente católico y democrático, no es garantía de que mi elemental derecho a no ser agredida o asesinada por formar parte de una pareja se respete. También me di cuenta de que mi superioridad y ventaja con respecto a Amina es del todo relativa. Sé que todos los partidos políticos se han puesto últimamente los zapatos de correr a ver si atajan, por lo menos sobre el papel, este síntoma de “tercermundismo” y barbarie que es la violencia doméstica. Sé también que el pasado 2 de agosto entró en vigor la orden de protección inmediata contra la violencia doméstica. Desgraciadamente también sé que a los políticos se les está yendo de las manos el control porque no están pensando en las causas de esa violencia, sino en los paños calientes que puedan limpiar su cara política. Las causas de esta violencia empiezan y acaban en la discriminación a la mujer por ser mujer, por no ser varón. Por mucho que nos satisfaga momentáneamente no pertenecer a una sociedad que consideramos inferior y bárbara, acabamos por darnos cuenta de que en todas las así llamadas “culturas” el Standard de humanidad es el hombre, y la mujer es algo parecido pero menos, de menor categoría y relevancia social, política e, incluso, moral. En cuanto este ser “sub-standard” entra en una relación de pareja con un varón, se produce el consiguiente tratamiento de la mujer como propiedad privada sobre la que se actúa y de la que se abusa como si el orden natural y divino lo hubiera establecido así. La manifestación más abyecta de este principio de superioridad humana varonil son las palizas y el asesinato, ese “la maté porque era mía” tan carpetovetónico y tan vigente aún hoy día.
Amina se libró de morir apedreada porque su caso se convirtió en una causa pública exótica sobre la que opinamos conscientes de nuestra “distancia cultural” y de nuestro poder como ciudadanas de países del Primer Mundo. Pero no nos engañemos: Julia, Luisa, Isabel, Pepa, Marta y muchas más mujeres españolas no se van a convertir en causa pública, nadie va a pedir firmas para que sus respectivos maridos, amantes o novios dejen de pegarlas o para evitar que las ejecuten sumarísimamente, sin juicio previo, sin derecho a defenderse. Hasta que esta manera de percibir a la mujer no cambie, todas seremos Amina sin saber ni por qué ni de dónde nos lloverán las piedras y, lo que es peor, sin otra esperanza que la de tener cicatrices.
© María Donapetry
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