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| 06/01/2009 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Surrealismo a la carta ![]()
Tardaré en olvidar, si lo llego a hacer, la cena de nuestro primer día en Palermo. El estado de ánimo con que viví la experiencia fue fruto, sin duda, de las últimas urgencias laborales, tan cercanas en el tiempo y tan lejanas en la mente por obra y gracia de los “pájaros de acero”. Su consecuencia, una agudeza en la percepción de un ambiente que en otro momento quizá no me habría parecido tan excepcional.
Recuperado el aspecto humano que una buena ducha y algo de reposo rescata de una dura jornada turística de pleno verano y a una latitud más cercana del Ecuador que del Polo, salimos del hotel en busca del restaurante seleccionado para esa noche el cual, según la recepcionista, estaba junto a la iglesia de San Domènico. Encontramos la plaza sin dificultad pues el templo fue de los primeros que pudimos admirar a la llegada: una hermosa basílica barroca pintada de blanco y amarillo. Mi imaginación entrevió fugazmente al príncipe de Salina apeándose de su carruaje para arrodillarse al paso del Viático, antes de seguir su camino hacia el gran baile de los Ponteleone.... Hasta ahí bien, pero el dichoso restaurante se resistía a dejarse ver. Coincidimos con un grupito de ingleses que también lo buscaban y juntos conseguimos encontrarlo. Un estrecho callejón medio a oscuras desembocaba por su extremo contrario a la plaza en otra menor y parcialmente escondida por un edificio de viviendas. Justo en esa esquina, varios parasoles de madera y lona color crema protegían, y no precisamente del sol, una docena de mesas arremolinadas junto a una puerta abierta que parecía evitar su dispersión, con la ayuda de varias macetas que las rodeaban.
Los coches empezaron a desfilar hasta desaparecer pero las motos, no. Iban y venían, pero ya mi atención se había centrado en la difícil elección de unos platos a cual más seductor. Al levantar la vista vi a un niño de unos seis o siete años de edad, enfrente del contenedor de basuras colocado junto a la valla del edificio en obras. La altura del artefacto, por cierto tan lleno ya que casi desbordaba su contenido, sobrepasaba con generosidad la estatura de la criatura pero eso no la amilanaba; una y otra vez saltaba al tiempo que blandía su paquete de deshechos con la pericia de quien está más que acostumbrado a hacerlo. Y la demostración fehaciente de su maestría fue que, al fin, su aportación quedó perfectamente colocada en equilibrio, eso sí, inestable, en la cumbre de los desperdicios. Esquivando con desenvoltura las motos que pululaban a su alrededor, se marchó con aire satisfecho, desapareciendo por una esquina.
Las imaginativas ensaladas y creativos antipasti a base de sardinas con los subsiguientes Durante un rato el protagonismo lo recuperó la sabrosa y sofisticada cena que ya iba por el tonno a la palermitana y la pasta con frutti di mare, hasta que me llamó la atención un nuevo grupo de vecinos que se habían bajado sillas y taburetes para contemplar, a su vez, el panorama de los comensales. Serían los exquisitos postres o los efectos del excelente vino, pero tuve la sensación de que nosotros pasábamos a ser los observados y por un instante, intenté ponerme al otro lado del espejo... Ya he acabado de cenar, y como en la televisión pasan los mismos programas estúpidos y las manidas películas de siempre, elijo bajar a la calle con mis convecinos para, mientras digerimos los tallarines a le vongole, comentar si hoy la clientela de ese restaurante tan ridículo, que solamente tiene una docena de mesas en la calle y ninguna en el interior como sería lo normal, donde solamente sirven raciones minúsculas de viandas irreconocibles, será la de españoles, ingleses y franceses de siempre, o habrá también alguien venido de algún otro lugar del mundo. Si eso no es surrealismo, que baje Fellini y lo vea. Fotografías:
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